CAFÉ PARISINO PARA ESCRITORES COLOMBIANOS

09 enero 2019

 En la entrada que está pintada de un color vinoso hay un letrero que dice: Chez Georges. Vinos para llevar. Desde 1952i . Adentro, como hace veinte años, están los eternos pasajeros de este hermoso café enclavado en el barrio 6 de París que en medio del ruido de copas conversan solos o cuentan sus proyectos literarios al cliente que acaba de desembarcar de la República Checa, de Colombia o de Argentina. Es verano y el alcalde de la ciudad inauguró las playas sobre Sena que han sido un éxito total. Pese a esto, algunos pasajeros del café Chez Georges aún llevan el abrigo que han llevado durante meses. En la barra, entre los pasajeros anónimos que hablan solos alrededor de unbalóni de vino rojo, encuentro a Eduardo García Aguilar y Julio Olaciregui, los últimos escritores colombianos de la generación sin cuenta que ante el mito de París optaron por el exilio voluntario y decidieron quedarse en la Ciudad Luz. Busco detrás del mostrador al viejo Georges, que era el anfitrión y ya no está. Eduardo me dice que el viejo murió y Jorge, el barman argentino que era su empleado de confianza, se jubiló. Ahora el café está en manos de su hija y de su nieto. Recorro con mi memoria la vieja barra curvada de madera y entonces vuelvo a ver como en una película en sepia a la vieja generación que vino tras las huellas del boom latinoamericano. Que vino tras las pisadas eternas de Horacio Oliveira. Tras la sombra furtiva de la Maga, que todavía se pasea por el barrio Le Marais: Oscar Collazos y Oswaldo Soriano. Alfredo Bryce Echenique y Saúl Yurkievich. Julio Ramón Ribeyro y Marvel Moreno. Luego desembarcaron Luis Caballero, Darío Morales, Saturnino Ramírez, Carlos Mayolo, Hernán Toro, Germán Cuervo, Hernando Guerrero y Gustavo Reyes, entre otros. García Aguilar y Julio Olaciregui son los últimos mohicanos que se quedaron en París. Así como se quedaron en España y Alemania Consuelo Triviño, Ricardo Cano Gaviria, Luis Fayad, Jaime de la Gracia generación sin cuenta nació en el contexto de la revolución cubana y fue una generación soñadora que creció bajo el influjo de la literatura, la música y el cine latinoamericanos. Si vas a hacer una antología, me dice Eduardo, tienes que hacer una antología que incluya a todo el país literario, para no caer en el vicio de ciertos intelectuales bogotanos que piensan que el país termina en la Zona Rosa . A Olaciregui, que es el más silencioso de todos, le parece genial la idea y sugiere que allí deben estar nombres como Jaime Manrique Ardila, Roberto Rubiano, Juan Diego Mejía, Sonia Truque, José Luis Garcés, Luis Fernando Macías, Harold Kremer y Evelio Rosero. Les cuento que en Bogotá Ignacio Ramírez Pinzón ya bautizó la antología. Se llamará Cuentos sin cuenta, como un homenaje a los escritores nacidos en esta década. Complejo de Macondo. Para picarles la lengua, les pregunto cuál es la diferencia de esta generación con la anterior nacida en los años 40. García Aguilar, que no tiene pelos en la lengua, dice que, a excepción de unos pocos, esta generación vivió resentida por el complejo de Macondo. Algunos de ellos no comprendieron la dimensión universal de García Márquez y así enrarecieron el ambiente literario. Muchos escritores nacidos en los años 40 sucumbieron a la dialéctica de la nostalgia y el bambuco. Cómo ven la nueva generación de escritores nacida en los años 60 dedicada a la literatura negra llena de diablos, sicarios y bandidos?. Es una literatura que hace parte del proceso general de frivolización en que cayó la literatura. En Colombia y en Europa, a excepción de un Saramago, de un Magris o de un Espinosa, nadie está interesado en escribir buena literatura. No les interesa escribir buenas novelas que narren el drama de la condición humana. Les interesa es crear productos, como si la literatura fuera un detergente o una hamburguesa. La literatura es plástica, y a esto le hacen el juego los escritores y, por supuesto, los editores. Entonces, se acabó la responsabilidad del escritor frente a su obra?. No solo hay una falta de responsabilidad frente a su obra sino frente al lector. Como vivimos en una sociedad donde el consumo está a la orden del día, no importa qué se le vende al lector. Y lo más fácil es producir basura literaria. Literatura de demonios que no le hace cosquillas ni al bebé de Rosemary. Literatura de aeropuerto, de esa que se consume en el avión y luego se deja olvidada en los retretes automáticos. Qué papel cumple hoy la crítica literaria, que sería la que orientaría al lector para que no se deje engañar?. La crítica literaria existió en la época de Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña y Angel Rama. Hoy existe una serie de reseñadores. Y la academia, dentro de su endogamia perversa, sigue pensando en los huevos del gallo. Entonces, estamos condenados también con la literatura?. No; en Colombia hay un fenómeno importante y es que hoy, comenzando un siglo, están confluyendo tres generaciones al mismo tiempo. Las tres generaciones de las que hemos venido hablando. Pero para que nuestra literatura sea fuerte no solo a nivel nacional sino también en el plano internacional, tenemos que hacer una especie de profilaxis para evitar tanto vicio y tanto malestar de la cultura. Una profilaxis que también debe hacer el país para que deje de representar el viejo mundo atrasado y atávico en el que vivimos. En Colombia hay una máxima que dice que si un escritor no vive en Bogotá, no existe. Seguimos pensando como en la época de Miguel Antonio Caro. Y, claro, si uno no vive en Bogotá no existe para la prensa nacional ni mucho menos para las editoriales. En Colombia hay que acabar con los monopolios culturales que se llevan la mayor parte del pírrico presupuesto nacional. Hay que democratizar la cultura y así como pensamos en un país nacional tenemos que pensar en un país cultural y en un país literario donde quepan todas las regiones. Incluyendo la ínsula literaria del café Chez Georgesi de la calle Canettes, por donde han pasado tantos artistas y escritores colombianos.

 Publicación el Tiempo.com 
Sección Lecturas fin de semana 
Fecha de publicación 20 de octubre de 2002 
Autor: Fabio Martínez

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