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Veinticuatro de diciembre

26 diciembre 2014

Era 24 de diciembre al medio día. Los vendedores ambulantes y los solitarios comenzamos a llegar al bar de mala muerte de doña Eudocia, mujer de modales duros, acostumbrada a lidiar con los malos borrachos y sus impertinencias.
-¡Una zarandaja bien picante y un par de cervantes bien helenas para comenzar! – dije, alzando la voz para impresionar al pata que me acompañaba.
Y vinieron la zarandaja y las cervezas y la conversación que pretendía escarbar viejos amores, al compás de ”Los Dávalos” y su gitanita tú qué sabes…
Y estábamos así ¡Salud, compadre, así es la vida! Cuando llegó un octogenario más solo que nosotros. Se sentó en una mesa pequeña del rincón, que parecía estar esperándolo, y doña Eudocia se acercó diligente.
-¡Qué elegante está usted, ahora!- le dijo la mujer, como un cumplido, deschapándole una cerveza.
El viejo vestía, en verdad, un pulóver marrón claro, nuevo, que contrastaba con el resto de su traje raído. Y allí, en el rincón, se puso a tomar sin apuro, como quien saborea, de paso, el amargor lento del tiempo.
Mi acompañante miró a la puerta, deslumbrado: una mujer bellísima, de unos 30 años muy bien puestos, con un fino terno azul, atravesó la pequeña habitación hasta ir a sentarse en la mesa del viejo. Y pidió, también, una cerveza.
Desde el lugar en el que yo estaba y con el ruido de la música solo alcanzaba a ver que la dama estaba muy a gusto y el viejo se había dulcificado grandemente.
Mi pata y yo comenzamos a envidiar al hombre del pulóver nuevo.
-¡Esa es mujer!- decía mi amigo-. ¡Esa es hembra, carajo, lo demás es mentira!
Hablaron entretenidamente por media hora. Luego sonó el celular de la dama y salió hacia la puerta para escuchar mejor.
-Estoy con el abuelo- dijo- convenciéndolo que esta noche la pase con nosotros.

Trujillo, 25.12.14
Ángel Gavidia