Blog personal de poesía y literatura: Aquí quiero entregarles las tradiciones y costumbres de mi tierra, poemas de mi autoría y sobre todo noticias de importancia acontecidas en la Capital de la Hospitalidad.
Danilo Sánchez Lihón “REGRESAR A LA TIERRA NATAL”
20 marzo 2010
"Se había ido y sin embargo estaba” Felipe Arias Larreta
"Y hay quien adora su huerta, su terreno, su gente, su caballo, su perro. "Luis Valle Goycochea
1. Aleros de los techos
– ¡Hijo mío! ¡Dios bendito que te ha traído! ¡Cómo estás hijito! –Y me abraza.
– Bien; abuelita. ¡He venido a verte!
– ¡Ay! –Llora–. ¡Ya me iré a morir! ¡Pasa, hijito, pasa!
Así me recibiría mi abuela ya difunta, en la casa ya vacía y derruida.
Porque con esas palabras me besó unas horas antes de morir cuando nadie podría haber imaginado un suceso tan terrible.
Por eso, escribo mis recuerdos de infancia, vivida en Santiago de Chuco, un pueblo en la cordillera de los andes al norte del Perú.
Tan cerca a las nubes que los niños tenemos que estarlas aventando hacia arriba con un palo, un “eleva nubes” o un “espanta neblinas”.
¡Porque ellas por quedarse se enredan a propósito en los aleros de los techos!
2. ¿Quién es?
Ahí nací y allí me crié, hasta los 16 años de edad. Y adonde, desde que salí –¡hace muchos años!– no he regresado sino dos veces y sólo por breves horas:
La primera al nacer mi última hermana: Elvira, y coincidentemente, horas antes que muriera mi abuela.
Y la segunda vez cuando murió mi padre, 15 años después,
– ¡Es un ingrato!
– ¡Nunca se acordó de nosotros!
– ¡Pero ahora ha llegado!
– ¿Quién es? –, pregunta una sombra joven.
– ¡Es el hijo del maestro! ¿Te acuerdas cómo era? ¡Yo sí me acuerdo!
– ¡Qué! ¿Y nunca había vuelto?
Así es... Tanto que quienes poco me conocen piensan que yo no quiero a mi pueblo y lo he olvidado.
Pero, ¡eso no es cierto!
3. Subido allí
Porque en cualquier lugar donde esté, así aterrice en el polo o caiga en otro planeta o me arrojen al fondo del mar –y durante todos los días de mi vida– cierro los párpados y ya estoy en Santiago de Chuco, la tierra donde nací y me crié.
Sea adormilado en una mecedora en uno de los balcones que dan a los Champs Elysées en París, o en las arenas rojizas de la Praia Urca en Río de Janeiro o adormilado en el Taj Majal frente al horizonte azul verdoso de Atlantic City, aparecen las espigas inmutables de los muros de las calles de mi infancia.
Ni bien se borra de mis retinas la realidad inmediata, cuando ya está mi alma correteando por las veredas, torciendo las esquinas, avanzando por los caminos y campos de mi aldea nativa. O ya estoy trepado en las paredes viejas –no crean que siempre feliz sino con frecuencia desolado– viendo a los toros jalar los troncos de eucaliptos recién derribados en algún bosque.
O, simplemente, subido allí escuchando las voces de la gente que pasa por la calle, sumergido y arrobado en el tono de su manera de hablar, sin preocuparme en tratar de entender lo que dicen.
4. Ya no existen
Todo esto: ¿Qué será? Y, ¿por qué duele tanto?
Santiago de Chuco está palpitante y vívido a esa hora primera de la mañana, cuando despierto. Y huyen o se desvanecen las presencias rústicas de esta realidad, para dar paso a las querencias ¡vivas, tangibles y buenas de mis sueños!
Y sonrío diciéndome:
¿Por qué en la vigilia nunca me acuerdo de ese muro de adobes por el que subía de niño. O de esos peldaños de la escalera. O de ese retazo verde en el cerro que se distingue desde el desván de la cocina. O de ese recodo en la calle.
Ni de esos ojos negros de la niña inmarcesible que luego se esfuma detrás de una ventana?
Y sin embargo ahí están, vivaces y frescos en mi ensueño.
¡Con qué fatalidad –digo yo– se interna mi ser por esos recodos, senderos y recovecos ya perdidos! ¡E inhallables en el trajín cotidiano!
Y que ya no existen para siempre, ni en este mundo ni en otro: salvo en mi calma, o en mi delirio.
5. Mundoinhallable
Y, ¿por qué –me digo– cuando abro del todo los ojos se esfuman como si huyeran o les perturbara la rutina de los días y la claridad de afuera?
Entonces sonrío tristemente por esta magia de mi pobre añoranza, que la entiendo y de veras la compadezco porque no es sencillo vivir así.
En esa especie de dos vidas: una despierta, con preocupaciones ordinarias y la otra en sueños, libre, vagando por sitios y con presencias de aquel mundo tan querido y ahora, para mí, inhallable.
Y es que Santiago de Chuco hechiza, porque es un pueblo lleno de presencias tangibles pero más de fantasmas.
Lo sé, porque he salido a caminar –a altas horas de la noche– por sus calles encubiertas. ¡Y tengo para mí verdades absolutas de cómo lo pueblan los espíritus!
6. Viejos amantes
¡Cómo no ha de ser! Sí son más de cuatro siglos de historia desde su fundación española, en 1565. Pero más: el palpitar de antes, de mis ancestros indígenas que hicieron de esta tierra boca y fabla de oráculos.
Eso hace que uno sienta en cualquier esquina un suspiro que aflora, una queja que estalla, una sombra que se esfuma.
Por eso, yo he tenido un gusto casi trágico y mortal por deambular en sus casas abandonadas y a oscuras.
En las cuales paseaba sintiendo el ser y estar íntimo de las cosas, cada forma y cada atisbo de luz y sonido.
Sabiendo que en cualquier momento iba a estremecerme el abrazo de la muerte, porque ella estaba ahí pero compasiva y misericordiosa conmigo.
Y hasta sentía que me quería, como una madre cuida y quiere a un hijo a quien todo perdona.
Sí, ella la muerte, ¡con quien me encuentro y me deja pasar como si fuéramos viejos amantes!
7. Chispas de luz
Atesoro en mis recuerdos los trastos, minucias y bagatelas de mi casa ya cerrada y desaparecida.
Enseres ya devorados y hundidos por el tráfago de los años.
Chucherías, nonadas, cachivaches; pero para mí: quimeras, milagros y talismanes en mi nostalgia.
Que fueron tocados en mi niñez y que debieron ser sortilegios para haberse quedado vivos, durante tantos años en el fondo de mi alma atribulada.
Así:
El soplador del fogón: un tubo de metal con un huequito al final, por donde a veces, después de un soplido –y al aspirar aire para seguir avivando el fuego– sorbía yo las cenizas que se atoraban en mi garganta ¡y tenía que probar el dulzor del árbol o la madera ya quemada y hecha carbón!
O la plancha de fierro que calentábamos, asentándola sobre una parrilla. Y que puesta en la ventana nos espolvoreaba en la cara sus chispas de luz.
8. Rastrojos o cañas
Aunque útiles para la realidad, si se los mira bien: ¡zarandajas, fruslerías, niñadas! ¡Pero en mi evocación prodigios!
La escalera de callapos amarrados con soguilla, de donde lanzábamos al viento burbujas hechas con lavaza de jabón y sopladas con rastrojos o cañas de trigo.
En realidad, ¡qué valen!, y menos para ti lector caritativo.
El diablo de zapatero que le pedíamos prestado al tío Leoncio, para chancar algún clavo que nos salía por dentro de la suela.
El frasco de goma arábiga con la cual nos apelmazaban el cabello, y su olor a playas y mares encantados.
El peine desvelado en la repisa, cuyos dientes saben más que nadie de los sueños y quimeras que alentaba nuestra pobre fantasía.
9. La piedra con hoyo
El cedazo de la abuela para cernir alverjas. O la máquina de moler café –una tabla con su tolva de lata y manivela.
Grata y afable, porque venía a la hora en que mi madre ofrecía lonche y mi padre nos encargaba traer alfajores y bizcochuelos.
La armella de la puerta, que donde esté debe estar fría, aunque con un temblor oculto tras el metal indolente, donde tiene que estar impreso el temblor de mis venas y la adoración de las yemas de mis dedos.
También la barreta grande y la otra pequeña. Las palomitas de cobre para sujetar las puertas, para que no las golpee el viento.
La piedra con hoyo donde tomaban agua y se sacudían las alas los pajaritos de la tarde.
El tumi de la tía Miguelina que nos prestaba para hacerle tajos a los panes, antes que Iluden y entren al horno.
El perol para freír ñuñas y cachangas.
¡Las tres piedras para hacer el fogón!
10. Flor intachable
¿Si yo, allí, amé? Infinitamente, hasta caer vencido de adoración. Y es que las niñas más bellas del mundo son las de mi pueblo. Y cada hombre de la tierra tiene el derecho de decir lo mismo.
De niño y adolescente yo era intrépido en todo, pero en al amor soy un ser asombrado, pasmado, hierático, ante el cual pierdo la noción de estar en esta realidad.
Por eso, nunca estrujé nada. Todo fue mirarnos. De allí que me duelan tanto las miradas. Y me parezcan tan hondas e indestructibles. Y la mirada de sus ojos negros hasta hoy me hiere.
Quizá por eso sean las espadas que llevo clavadas en el alma. Quizá por eso este arraigo. Quizá por eso el amor sea para mí una flor intachable.
Las imágenes que de esa niña llevo, si la muerte lo destruye todo, no lo alcanzará a destruir jamás, porque es sagrado.
Y siempre me he preguntado adonde van esos amores mudos que se elevan con aleteos fugitivos, sin encuentros ni palabras. Y sé que la colina más enhiesta y hermosa del universo es donde están enterrados. Y en la cual se nos permitirá arrodillarnos antes de morir.
11. Camino de Santiago
¡Todos tenemos nuestra casa y hasta nuestro pueblo adentro!
Hace poco encontré a Javier –mi primo– y me dijo:
– Sólo sueño en nuestro pueblo y en la época de mi infancia. He consultado con un curandero y me ha dicho que para sanarme tengo que volver a nuestro pueblo. Y me pregunta:
– ¿Será? Tú, ¿qué dices? –me insiste.
Yo qué podría decirle. ÉL regresará. De eso estoy seguro.
En cambio yo escribo estos relatos y exorcismos sobre Santiago de Chuco, que es unidad con la metáfora del "Camino de Santiago", como escribió –querendoso y refiriéndose a mi tierra– mi paisano y gran hombre de letras, don Samuel Mendoza, quien lo aludió de este modo:
“Esa nube longilínea suspendida en el espacio sideral y que viene siendo desde la noche de los tiempos una maravilla pirotécnica con que se festeja la obra del creador, porque su pasmoso movimiento de rotación y luz lactescente constituyen bajo el lente telescópico un espectáculo inefable. Siguiendo en la tierra la dirección de esa nebulosa se llega a Santiago".
12. Tremendo y abismal
Mi propósito con estas páginas es ayudar a que la gente quiera a su pueblo, a su tierra y a su gente.
Que nos volvamos buenos recordando nuestra infancia. Por eso, lo que escribo rememora costumbres y sucesos que me acontecieron de niño.
Y que los registro porque son parte de mi vida y de aquella que más valoro, pese a lo humilde y desasida que parezca, o que fuera.
Aunque he viajado por todo el mundo, en travesías que han abarcado todos los continentes, en cruceros vertiginosos y por aeropuertos súper sofisticados; ningún viaje más tremendo y abismal que el que hice de niño.
Cubrió el trayecto de Santiago de Chuco hacia Trujillo, al lado de mí madre y hermano mayor, a quien íbamos a dejar internado en la Gran Unidad Escolar San Juan, cuando apenas él había cumplido los 10 años.
Tres días estuvimos atascados en las jaleas, para luego sobrevivir a una catarata que se llevó la carpa del camión donde viajamos.
13. Afianzar una identidad
Los puentes sobre el río Moche, que cruzamos, quedaron grabados en mí como los verdaderos puentes.
Y el río de aguas barrosas y agitadas hasta ahora representa el concepto que tengo de lo que debe ser un río.
No sentí lo mismo ni siquiera al cruzar el glorioso George Washington Bridge sobre el soberbio Hudson River.
Y la puesta del sol para llegar a Trujillo se ha quedado en mí como el crepúsculo infinito.
También debo confesar que he vivido muchos años atrapado en el prejuicio de que recordar es atraso, como si ello fuera vivir de espaldas al sentido natural del vivir, que debe ser cara al futuro.
Pero ahora considero que cuando se vuelve al pasado con amor y sin despotricar del presente se afianza una identidad.
14. Arraigar en lo nuestro
Y, como hacíamos entonces, ideando el mañana, ahora podemos acercarnos a los bordes del tiempo, pero tratando de bajar –como antes subir– por las cuerdas de la ilusión para asir un tiempo feliz que gracias a la remembranza volvemos a recuperar.
No es nostalgia lo que me embarga, porque si ella me tentara querría yo que se repita lo que quedó atrás; no anhelo eso, pese a que crea que el futuro en nuestras sociedades es regresar a nuestros pueblos de origen pero para construir allí nuevas opciones y perspectivas.
Más bien, considero que es clave arraigar en lo nuestro, volviendo a nuestras fuentes, pero sin negar ni maldecir el presente; porque el hoy es espléndido cuando se lo afronta con valor y con fe; y el futuro mucho más aún. Pero también el pasado es invalorable cuando se lo mira con cariño y a partir de allí se proyectan grandes esperanzas.
Sobre todo, cuando es para afianzarnos en el amor entrañable por lo nuestro. Y, con el coraje que nos da sentirnos ligados a la tierra, cuando es para forjar el porvenir de felicidad que debemos depararle a nuestros pueblos.
Revisar otros textos en el blog:
danilosanchezlihon.blogspot.com
Obras de Danilo Sánchez Lihón las puede solicitar a:
Editorial San Marcos: ventas@editorialsanmarcos.com
Editorial Bruño, Perú: ventas@brunoeditorial.com.pe
Instituto del Libro y la Lectura: inlecperu@hotmail.com
LA DEL QUINCE
03 marzo 2010
Un motor asmático se atragantaba en su agonía traqueteante, estando habilitado para atender a una veintena de focos le han puesto abusivamente en las ancas de sus caballos rocinantes un medio centenar de focos psicodélicos para alegrar y transformar la lugubridad pestilente en una noche sabatina, de lujuria y sordidez satisfecha.
Todas quieren ser charapitas, todas inventan su llegada de Iquitos, Tarapoto o Moyobamba, todas quieren ensayar el dejo sel-váa-ti-co para convencer bacán, sólo así se asegurarían sus veinte pases esa noche, todas quieren ser unas locomotoras de amor para arrastrar los vagones más inmundos y esperpénticos de la noche, olfateando el tufo de unos sobacos indomables y pezuñas rebeldes, con la mirada perdida en el techo y con el apuro eterno y salvador del “ya-ya-ya” perturbador que te baja los resortes a cero.
Es una noche más, pero el recorrido siempre es bueno para encontrar sorpresas – he allí la razón de ir aunque uno encuentre lo de siempre- y salir de la monotonía de esa ruleta viciosa de ver siempre lo mismo. Empezamos por las Orquídeas majestuoso otrora, hoy nido del silencio fetal y mierda, saltamos a la Colonial acaso con nombre identificatorio y aleatorio a sus ocupantes, ingresamos a la Tropical llena de jovialidad y de reñida competencia, jovencitas con poca experiencia y mucha ingenuidad, como las prefieren los cochos y nos adentramos a las del Túnel sin nombre, de más bajo calibre, donde tu poder adquisitivo de un Sol vale por dos y hasta tres doblado por la mitad, luces rojas, violáceas que resaltan la blancura de tu ropa transformando los harapos en pasables, jadeos y grititos posiblemente fingidos, sacan la cabeza para llamar en un momento desesperado en que no ha caído nada desde la mañana, un bikini fucsia resalta, pero al acercarse es una cuarentona con varios lunares de fantasía y un cuerpo que se resiste a la gravedad del tiempo para hincarle la carne, apagada ofrece unas caricias sensación y la pose multiespasmos, pero nadie se la cree, dicen que todo es pura finta, su rostro no la ayuda efectivamente, pasan, caen los novatos, el marketing falla por la mercadería misma no por la promoción. La novedad fue en El Túnel donde la luz de cada bombilla compite y pierde frente a la de un cerillo. Allí se ha formado una cola como para recibir donaciones, donaciones de amor robótico en raciones de a 10 minutos. El que va saliendo con sus recomendaciones y su sonrisa de oreja a oreja enciende y aviva la espera justificada e interminable, quién y cómo será, sólo sé que es la del cuarto asignado con el quince, la nueva de la cuadra, al decir de mi compañero Gonzalo F.
La anémica e indecisa luz no permite sino divisar el rojo bermellón de su atuendo de torera incansable que aparece y luego desaparece arremetiendo muletazos a los energúmenos de irrefrenables deseos, antigalanes de putanar.
Eran las tres y cuarenta y dos minutos de la mañana del domingo y la cola se estaba agotando. Oteaba con el interés picado de espera de un cazador, un cuerpecillo frágil de gacela, una sonrisa, sonrisa ..., dentadura, creí conocida, pero no, esas son huevadas cuando uno está templado como que todas se nos figura en la amada, sí era una conocida manera de torcer los ojos y los labios, será posible que lo escrito pueda expresar mi emoción... ¡Tere...sa, Teresita Barboza!, no, no, imposible, ella no me reconocería en mi nueva facha, me he dejado crecer las patillas a lo Jhon Lennon, ¡mi corazón está que se me sale por la boca!, tengo en el estómago una lluvia de rayos que lo han endurecido, ingresa el penúltimo cliente, un jorobado de Notre Dame chiclayano, carajo me tiemblan las piernas y estoy corriendo al baño, uf casi me saco la m antes de tiempo, con verrugas de Aniceto en la nariz, frotándose las manos en señal de “lo logré”, me comeré el mejor bocado, qué pasa: otra vez los celos enfermizos de antes, no puede ser, y él hay que sacarle filo a la herramienta, tú ¿y?, yo, no esta parece que ya se fue la semana pasada, me gustaba remontarme siempre como el salmón en el basural de mis recuerdos y creó encontrar cosas interesantes idesechables por mí, sólo por el tiempo. Mientras tanto, pienso en las ruinas circulares de mi memoria y la de ese viejito pendejo y copetón Borges y en mi irrenunciable enfermedad de noctámbulo, buscador de una vida alegre, cuando para otros el día acababa para mí se encendía la gran lámpara de la noche cargada de emocionante soledad y quietud de las calles, manchado por el chocolate espeso de la noche, que brota como apéndice displicente y el ruido melancólico, silencioso del tic-tac de mi interminable Olma, de la misma edad de mi abuelo: viejo siempre viejo de mi vida.
¿Quién era Teresa para mí y para toda mi promoción escolar? Mi trofeo, el trofeo más preciado en el colegio “Alonso de Alvarado” en Bagua Grande, el que era lubricado por el Utcubamba, gran mole serpenteante de agua, acaso el lugar con una gran jungla de estudiantes rebeldes, del que nunca llegué a serlo a pesar de mis vanos intentos hasta ahora. Tenía lo que tienen todas las mujeres: no sé si el mismo tamaño, cantidad, proporción, casi lo mismo pero siempre jamás igual, pero todas las mujeres no tenían lo que ella tenía: el encanto de hechizar y abobar a cuanto cojudo se enamoraba de ella, el descollante don de despachar a todos sin herir explicitándolo. No sería para nadie, moriría así, como una manzana silvestre detrás de un cristal prohibido: sabrosa y apetitosa para comerla, y todos nos contentábamos con verla invicta, sin mácula. Era su encanto y delicadeza de mujer intérprete, símbolo de las emanaciones féminas, su irrefutable don de saber decir las cosas exactas, pero sobre todo las ganas de hacer con ella una práctica de autopsia sexual sin pensarlo dos segundos. Su piel de peluche erotizador, sus desenfrenados y fieros labios de capullo abierto esta mañana con dos gotas diáfanas de rocío incólume, los desfiladeros perpetuos de sus pechos y su intangible, inimaginable e impronunciable secreto rosáceo. Qué no hubiéramos dado, en qué nos hubiéramos convertido por el tan sólo hecho de estar con ella. Escuchaba la persuasión y el halago más convincente, intentaba el más piedrón del colegio insinuarle sólo estar con ella, pero no y no, no había forma, tiempo ni nadie.. No logré ni logramos estar con ella en todos los años desde que desapareció de mi vigilancia contumaz y mi atención irresoluta, aunque siempre en el velatorio de mi corazón seguía prendida la vela del recuerdo de su imagen: Teresa Barboza, la Techi que nadie conquistó y a nadie quiso entregar el repujado inapreciable de su amor y cuanto pueda ser tocado y alucinógeno.
La puerta se abrió, un destello violáceo encharcó mi rostro, el tipo que salía estaba sonriente como si hubiera cortado todas las orejas y los rabos en su noche taurolujuriosina.
¡!Techi Barboza!, grité para mis adentros y para mis recuerdos, ¿eres tú?”. Ella me recibió como a su príncipe (no me hago muchas ilusiones ahora después de saber que a todos los recibía así). Para probar, sin esperanza de recibir la verdad sino un seudónimo artístico, le pregunté por su nombre,¡imagínense su nombre artístico y su nombre real coincidían, era Techi Barboza!, para todos y para mí, pasajero anónimo y a mucha honra y me estaba contando haber decidido esa vida que siempre quiso ocultamente, esa misma noche después de 19 años de darse cuenta que nadie la amaba, después de un frustrado intento de decirle a un tal Nicolás que sentía un oculto e inobjetable amor, amor en silencio.
CAMINO A BAGUA
24 febrero 2010
En la primaria, mi profesor “El Chino” me consideraba poco menos que un idiota, porque le dejaba los exámenes en blanco, pero cómo iba a llenarlo si eran pura memoria, tanto nombre y fechas terminaban confundiéndome más. ¿Por qué no dejarán que contemos cuentos, mejor? La verdad es que yo nunca fui bueno para la escuela. Sólo sabía la tabla del uno y del diez, nunca aprendí de los verbos pluscuamperfectos ni qué ocho cuartos, pero no los necesité para impresionarlos con mis relatos de duendes que me los contaba mi viejita Ana en las noches.
Cuando pasé a la secundaria a empujones fue peor. Por más que me esforzaba, nunca pude sacar más de once, el cinco se me prendió y lo celebraba cuando llegaba a doce. Yo sabía, de verdacito, sino que tengo una manía de olvidarme todo al último momento y hasta parezco flotar cuando estoy delante de los demás. Después del examen y los nervios me acuerdo todito.
En Primero, la profesora de Literatura “Heraldos Negros” -apodo que le pusimos porque vivía siempre cayéndose-, me hacía quedar para ensayarme en oratoria, pero yo sólo aprendí a tartamudear y a turbarme más con sus técnicas.
En Segundo, me acuerdo que el profesor López , al que decíamos “Agüita de manzana”, porque tenía una habilidad especial de motivación para aburrirnos y hacernos dormir en plena clase, me llamó para leer ”Tristitia”. Yo no quería salir ni de vainas. Es que nunca he sabido leer bien. Además, con todos los muchachos frente a mí, me ponía a deletrear y me atragantaba con mi propia voz. Todos se burlaban. El profe insistió. Y yo volví a negarme. Sopló fuerte mi apellido como corneta, el salón se volvió cadáver y hasta hubo una vibración trastabillante en las paredes, mi carpeta se desclavó y sólo se escuchaban las pequeñas explosiones de la arena pulverizada entre sus zapatos contra el piso. Y entonces, rojo como la cresta de un pavo enfurecido, el profesor se acercó, me insultó con sus ojos de sapo aplastado y me arrecostó dos correazos en el espinazo. Fue terrible; después de ocho años aún me siguen doliendo los huesos. Yo aguanté como un hombre; peor era salir al frente. Ni le respondí ni lloré. Me quedé calladito calculadoramente, no más yo tenía trece años, no podía mecharlo como ahora. Ahora tengo diecinueve. Repetí tres veces y me jalaron como en veinte cursos en toda la secundaria –que no la logré terminar-, mi libreta siempre fue un tomate y me he decidido no volver al colegio, tengo fuerza para levantar un saco de arroz y ya me puedo ganar la vida.
¿Mi familia? Yo ya no tengo familia, Carlincho es un drogo, Aguas es un pandillero y mi hermanito menor está con tifus. Teresa se metió a trabajar en la mala vida, dicen que la vieron en el “Tamarindo”, eso me lo contó un amigo del barrio, pero yo no le creo ni lo creeré jamás. El Número sigue en la cárcel. Y al Zúngaro lo llevaron a la frontera, a pelear contra los monos y le volaron una pierna. Él era el único bueno. Tal vez sea yo también un mal hijo. No sé pero aquella noche de navidad, después que yo me había matado vende y vende empanadas, había comprado para mi viejita su panetón, leche y chocolate. Bien contenta se puso mi viejita. Ah, y también le había traído su vinito. El pollo le compró el Zúngaro, con lo poco que había pagado ese viernes don Chepe. Estábamos el Zúngaro y yo en la sala, cuando en eso llegó el Viejo, oliendo como siempre a yonque de noventa grados. Nos espetó adonde habíamos robado todo eso; nos machacó a insultos; revolcó al hermano bueno hasta dejarlo en el suelo como perro envenenado, temblando más de miedo que de dolor por los patadones. Yo me escapé por el techo como culebra y me zampé como lechuza en la casa del vecino. Estuve nueve días metido en la covacha del Caballa, oliendo a terocal y a humos extraños, pero se los juro por mi viejita que no probé nada. ¡Ah, qué semana aquella, eso me ha dejado un sello de agua en el cerebro, mi mundo se redujo a un miserable hueco oliendo a caca, desde allí el mundo es rata!.
Pero aquí estoy, camino a Bagua Grande. Estoy seguro que mi tío Nico me va a ayudar. Él es bueno. Él tiene un chacrón de café; siembra plátanos, siembra arroz hasta en las piedras. Seguro que me dirá: ¿Y éste?, ¿Qué hace aquí? No te asustes tío, le diré; no es nada malo. He venido para trabajar contigo en tu chacra. ¿Te acuerdas que me ofreciste darme chamba? Pero, ¿Y tu familia?, Preguntará. Por eso mismo he venido: quiero trabajar para ayudar a mis hermanos que están fregados. ¿Y tus estudios?, Dirá. No tío, le diré ya va a ver que harto le voy ayudar. Los estudios son puro cuento, no hay trabajo, dicen que hay más abogados que juicios y más ingenieros que casas, se pierde el tiempo, al final para parar de barredor o ambulante, mejor arranco trabajando. Las chambas son muy difíciles, son pura política, si no tienes padrino y si no eres de su grupo te fregaste. Y él terminará por aceptarme.
Fuerte es este camión. ¿Cuándo tendré uno?. Debe tener un motor de oro, porque su dueño dice que es su mayor tesoro. Sus tablas de algarrobo parecen de acero de cañón. Ruge como toro embravecido en las pendientes, y corre sedita como trompo en medio del negror de la pista. De aquí se puede mirar bacán el paisaje como si viera una película a color: árboles grandotes y pasto hasta en la punta de los cerros, hay subidas y bajadas largotas, es bonito pero da miedo, a uno se le suspende el alma y hasta la orina, se pude ver todita la campiña de Lambayeque, Mochumí, Illimo, Pacora, Jayanca, Olmos, Pucará, Chamaya, Corral Quemado y a la distancia una gran avenida de cocos nos avisará que estamos ingresando a tierras del arroz y el calor infernal.
Como a las siete del día, -según el chofer- vamos a estar llegando. Ya nos han cobrado el pasaje en el camino por si nos escapemos. Allá se ven pueblitos chiquitos, con sus calaminas alumbrando y los perros bajando de los cerros ladra que ladra. El sol ha salido bravo hoy, la tierra está húmeda aún, dicen que no ha parado de llover desde el viernes. ¡Bastante chacra hay por acá! Arroces por allá y por allí, todo parece lluvia, calor y arroz. Y ese río Utcubamba roncando, achocolatado y bravo como una gigantesca anaconda reptando en medio de sauzales y mohenas, parecen sus aguas bajar del mismo cielo. Acostumbra a traer palos y gallinas muertas de más arriba. Dicen que le gusta comerse las chacras, pero su agua es buena para la gente, todos la queremos, da trabajo.
Mis compañeros de viaje están cansados, demacrados y con los estómagos sueltos, debe ser por el sol, el frío del Cuello y la falta de almuerzo. La cena de anoche parece que fue gallinazo y no gallina como nos dijeron. La noche transcurría en cámara lenta al son de sanjuanitos y pasillos del Ecuador, expulsados de un radio Nivico, se volvió más inmensa cuando el chofer se detuvo para descansar una hora y aún más los recuerdos se salían por mis ojos. Se me vino de un tajo a la memoria todo el colegio y hasta estuve soñando con que salía al recreo, mi espacio favorito, allí conocí a Maritcita, mi hembrita.
¡Oh, Dios mío! Perdóname si estoy haciendo mal. Y ayúdame para que me vaya bien. Ojalá mi tío Nico me deje trabajar con él, no importa si quiere le trabajo gratis un año, con tal que me reciba. ¡Difícil es la vida de los jóvenes pobres! Bonito es tener una familia buena, donde todos se ayuden. Pero en mi barrio todo lo ven bronca y en mi casa todo es griterío, por eso yo me escapé. Ya no quería ver que el viejo le pegue a la vieja. ¿Habré hecho bien en escaparme? No traigo más que mi mochila de colegio, dos camisas y un pantalón con huecos. ¿No abusará más el viejo de mi viejita?, ?¡Dios quiera que no! ¿Qué estarán diciendo en la casa?, ¿Seguro que ya se dieron cuenta? Le voy a escribir a mi prima Jomara para que cuide a mi viejita mientras yo hago un poco de plata acá. Le diré que no se preocupen que yo estoy muy bien, que estoy haciendo plata y que hasta me he comprado una radiograbadora. Pero ¿y si me rechaza mi tío alegando que no le he dicho nada a mi viejo? ¿Y si me trenza a palos y me hace agarrar por los tombos? ¡No, qué, vainas! Voy a tener suerte, voy a chambear duro y curar a mi viejo de su vicio, para darle chamba sana a Carlincho, para sacar de la cárcel al Número y para traerlos mejor a la selva, aquí la vida es tranquila como agua de tanque, por diosito que le compraré su casita con agua, luz eléctrica y por qué no, su cocina a gas.
Las gotas de lluvia caen perpendicularmente, son pequeñas y ya no tienen el frío, son las últimas que va cortando la calamina lánguidamente. Hemos llegado, mi corazón hace bum-bum y creo que tengo un nudo de piedras atravesadas en mi estómago acalambrado, porfa tío Nico ten tu puerta abierta, el suelo está pantanoso como una cocha, los chanchos se revuelcan alborozadamente, las llantas van chispeando las paredes y abriendo zanjas de agua. Es domingo, es mañana y son las siete, hay mucho movimiento de negocio de animales. Las pezuñas de los caballos van batiendo el barro como mantequilla, el aire parece estar lleno de agua que enjuaga la cara, cómo ha cambiado todo, ojalá que mi tío Nico, no.
EL GORDO CAMIÓN
15 febrero 2010
Nicolás Hidrogo Navarro : A esa hora del día
Este libro de cuentos recoge sus reminiscencias y obsesiones de colegial. Creaciones, en algunos casos ganadores en Lundero y publicados en los Suplementos Dominicales del Diario La Industria de Chiclayo. Desde su perspectiva ya madura, recoge el argot juvenil y adopta el entramaje de sus experiencias para levantar una visión provinciana de anhelos y decepciones. El pretexto de las historias triviales contrasta con el lenguaje trabajado, a veces a nivel de prosa poética. Su descriptivismo supera quizá al monologuismo, desde donde levanta el crisol de unos cuentos cargados más de vida y experiencias que de experimentación literaria.
Nicolás Hidrogo es fundador y coordinador del Conglomerado Cultural que desde hace siete años se ha convertido en el ariete de la promoción e integración literaria en esta parte del norte del Perú.
A: Maritza, Jomara, Childre y Nadesha
Mis impulsos y latidos.
PRESENTACIÓN
Parte de mis recuerdos desparramados de colegio constituyen el principal filón de mis historias, trucadas a veces por mis obsesiones y reminiscencias estudiantiles, allí donde todo era leal y bueno. Creo que la Universidad hizo aflorar mi perversidad de escribir, me quitó mi inocencia provinciana, restó mi fe y estigmatizó ese concepto cándido de “amistad pura” que tenía sobre los demás.. Creo que no hay mejor cantera que la universidad para explorar el maquiavelismo de sus docentes y alumnos. Es una jungla donde sobrevive o sale a flote el más pendejo o el que mejor actorea de cojudo, el que sabe calcular el poder, el que sabe sintonizar la emisora de turno, para hacerse el loco entre los locos. Tus palabras no corresponden a los gestos ni la semántica corresponde a la praxis.
Es la escuela la más grande fábrica de ilusiones y el espacio más propicio para llenar de fantasías las tardes. Allí petrificas para siempre el fósil de tu imaginación. Allí se puede ser sin que nadie te lo prohíba, allí se forma sólidamente la ilusión, que la universidad se encarga de volatilizar. En la escuela una mentira del profesor es catastrófica; en el colegio, es fatal; en la universidad, es algo normal. La escuela me humanizó, el colegio consolidó mi temple y me hizo quien soy; la universidad me atiborró de conocimientos confusos y teoréticos –que a la distancia escucho como un recuerdo borroso de campanas desecualizadas y desorquestadas- y me enseñó a ser mañoso, frío, displicente, irascible, contestatario, irreverente y compulsivamente patológico en mirar a los ojos de los demás tratando de hallar su frecuencia y su esperpentez.
El colegio es un espacio donde se sueña, se alucina el futuro, y para mí fue un enamoramiento de los libros y de una que otra mujer. Allí tu palabra titubea, allí ya no miras a la cara y de frente, allí tu palabra ya huele a malicia, ya atas cabos y te explicas la vida, empiezas a matar la fantasía y mandarla al cadalso cuando llegas a la universidad.
Mi primera gran biblioteca fueron las revistas de comics de alquiler de la peluquería de mi padre. Allí aprendí a leer las viñetas aún antes que en la escuela, luego transfugé a las novelitas de cow-voy de Marcial La Fuente Estefanía y finalmente di un gran salto cualitativo cogiendo de casualidad Hamlet y La casa verde, (esas obras me las sé de memoria, el segundo sobretodo autografiada por Mario Vargas Llosa dos veces inusualmente casi 26 años de haberme ofuscado con el entramado de las Madres de la Misión, Fushía, el Sargento Lituma y la Chunga; esas obras me atraparon en sus vorágines estigmatizadora para siempre) allí empezó mi fascinación por la literatura, palabra casi mágica y demiúrgica y que la he hecho tan mía que es casi mi amuleto y mis campanadas en las frustraciones. Un cuento que efectué en 5to. grado de primaria con el encuentro imaginario e imposible entre Tarzán y Turok –héroes de los comics de la época- , celebrado y comentado –entre mis compañeros y el mismo profesor- por lo imaginativo me pigmaleonó y casi abruptamente me convertí en un lectorcillo maniático de todo lo que encontraba a la vista; papeles, revistas, libros, recetas, santorales, afiches, carteles, volantes, oficios, es decir, casi todo, cartas, memoriales, recetas de médicos, etc. sin que ello signifique necesariamente literatura.
He comprobado que el querer ser sabiendo vale poco cuando no se actúa según conveniencias. He conocido a toda la fabulería hipócrita y cínica en la universidad y me ha explosionado en la cara la esperanza humanizante, he visto la risa rabelesiana con su máscara insuflexa, tiznada de la peruanísima huachafería de la viveza y el arribismo con cara decente y de docente y una mueca plúmbea, mediocre.
Por eso simpaticé con la irreverencia de Rimbaud y Baudelaire con sus coterráneos y hasta el “Círculo Ubicuos Malditos” (1991-2004) que fundáramos Luis Ernesto Facundo Neyra, Luis Yomona y yo, fue una trinchera contestataria con actos antes que con poses teoricistas o principistas. Fuimos lo que quisimos ser, nos burlamos de quien queríamos y como queríamos y escribimos automáticamente como quisimos en grandes duelos nocturnos y sibilinos hasta la pesadilla.
Me gusta el impulso del improntus, de la adrenalina surgida de la nada porque me despierta de mi aletargamiento y -a cualquiera que lo podría atolondrar- me vitaminiza a convertirme en un arrojadizo. Ese elan vital permite mantener un equilibrio entre la apática quietud y la fulgurante agresividad exógena.
Quizá una aventura extraescolar como fue la quemazón del Puesto Policial de la ex Guardia Civil en Bagua Grande en la década del 70, quedó en mí recesivo hasta que lo expulsé en 1992, cuando obtuve una Mención Honrosa en Lundero y que forma hoy parte de este trabajo. “A esa hora del día”, fue mi obsesión contenida durante quince años hirviendo en mi cabeza. Mi rabia afloraba ya desde niño, recuerdo cómo los carbones de las vendedoras nocturnas de pescado frito se convirtieron en el principal combustible para que el puesto se hiciera chicharrón. Es de notar que la policía siempre tenía fama de represiva y abusiva, pero aquí estos ribetes sobresalieron del cuadro y la policía de tener por función seguridad ciudadana pasó a ser sinónimo de inseguridad, arbitrariedad y abuso compulsivo.
La muerte de un soldado fue el pretexto y todo el pueblo fue a una como en Fuenteovejuna. Esa noche la luz de la hoguera brilló con una intensidad sádica y refractó en los rostros sudorosos de los baguagrandinos –por cierto la dureza del temerario acero con que se confeccionada los famosos Smith Wesson quedó convertido en un pasta de alfeñique- y vimos, a los otrora envalentonados policías, huyendo por los techos a gatas. Se había consumado un ajusticiamiento popular que quedó como ejemplo y a los pocos meses fueron quemados una veintena de puestos policiales a lo largo de toda la selva hasta el Iquitos de Reátegui que aparece en La casa verde.
La lluvia es una de las experiencias más gratificantes de la zona. Uno escucha el rum-rum de la lluvia y le apetece un sueño magníficamente amodorrante hasta el punto de producirle un insomnio placentero. Me he quedado muchas veces semidespierto con la lluvia a todo volumen, aunque al día siguiente no se podía caminar. Aquí se da la gran dualidad calor- lluvia. La ceja de selva tiene ese matiz de estar al mediodía maldiciendo el calor infernal y estar carajeando a la mañana siguiente la lluvia caprichosa y las pelotas de barro que arrastramos al caminar en medio del fango, chapoteando y viendo una plúmbea alfombra inusual por encima de nuestras cabezas.
Si hay algún acto más sublime, es hacer de la vida y la literatura una sola, zurcidamente invisible, que no se note lo uno ni lo otro; que no sea ni artificialmente literario, ni simplistamente un querer reflejar la vida de uno, que por supuesto no le interese a nadie. Con la literatura no tienes que esperar favores de nadie, la puedes construir y ganarte a los demás; con la literatura no tengo que andar de rodillas, con la literatura siempre ando armado: con la palabra franca, demoledora y obnubilante de la creación verbal
Literariamente,
Una película compacta de polvo viscoso recorre agresivamente las calles –de sur a norte y desde aquí y de todas partes- agitando el silencio y las cortinas, las puertas de calamina y centrifugando el aire somnoliento de las casas. Por los costados se abalanza una chúcara ráfaga de tierra volatizada, impetuosa, sobre la tarde hasta hacerla naufragar. Se escucha el golpeteo chillón de las calaminas sin clavos ya y las vigas escurren su sonido de rendición. Los portazos a la distancia
Impulsan a la gente a embutirse más en sus casas. Un mediano remolino se ha metido a bailar una cumbia solitaria con no sé qué melodías en media sala y sale coqueta a hacer lo mismo en el corral, esfumándose raudamente avergonzada. Allí va el mismísimo diablo, sentado y empanzado de la risa. Al fondo, el fogón se ha avivado y una ola de ceniza se dispersa bullente intoxicando el corral. Hay una alarma invisible, sintonizada y denunciada por un cacareo concertado intercorrales. Es la enunciación de la lluvia inminente que quiere jaquear a la tarde, remeciendo su quietud, pero aquí no pasa nada. Eso es algo normal aquí; aquí mañana todo volverá a ser igual.
Dicen que la balsa de Cajaruro se mandó río abajo con la vehemencia de un otorongo desenjaulado, con veintisiete vadeantes. Al otro lado del Utcubamba hay gente tiritando, el agua está desafiante, arremolinada y se siente su embestida contra las chacras amarillentas de arroz y dispuesto a tragarse al más práctico de los prácticos. A lo lejos, se han escapado de la iglesia las tres campanadas roncas de la tarde y el sonido se escucha muerto en el parque, tragado por el viento y absorbido por el rumor disperso de las hojas. El viento Silva, restregando los techos de las casas, como si quisiera pegarle un tajo decapitador. Huele a pescado frito con yucas sancochadas y hay un reguero de olor a pan de manteca sobre el pueblo, escapado del horno de don Berna.
Se escucha un cascabeleo achacoso de la superestructura del techo del mercado a siete cuadras de aquí. De las calles, en la mañana polvorientas, han desparecido los mercachifles y todo cuanto rastro de fruteras pululaba por doquier. La avenida Chachapoyas tiene cuatro kilómetros de remolinos esparcidos y alocados que aparecen y desaparecen y una andanada de papeles y cachivaches -flotando en el aire-, crea el efecto vértigo de una licuadora a plena velocidad. Las revistas de comics de la peluquería “Okey” yacen suspendidas en el espacio a dos kilómetros a la redonda sin tener cuándo aterrizar. Los carros a Naranjitos y El Salado han perdido todos sus pasajeros y parece que no arrancarán hasta mañana, que todo pase.
Sobre el horizonte etéreo, un peñasco de nubes plateadas y negruzcas, flasheadas eléctricamente por una ramificación venosas de rayos y reventazón de truenos racimados, amenaza desprenderse de cuajo esa tarde con la fuerza de un río embrutecido. Seguro que esa tarde, como todos los días, el cielo le pega un baldazo de agua a toda aquello que se apoye sobre tierra.
El soplido quejumbroso de una solitaria corneta de panadero recorre fantasmalmente las calles desiertas y convulsas, se escucha difuminada y arrastrada por el viento, entreverada con el ruido de la tarde; su puntual y tenaz pregón del pan de manteca y cachitos y roscas, disminuye el miedo a la lluvia y abre un apetito locuaz.
Son las cinco y cuarentaiseis en punto, como todas las tardes, y el cielo se despacha una andanada sincronizada y nutrida de racimos de agua que termina por cerrar el telón oscuro de la tarde y abrir los latigazos de la lluvia sobre las cabezas y el rostro. Suena el traqueteo de las calaminas y se inicia el más grande espectáculo de acordes de miles de manitas que tocan presurosas y nerviosas el zinc de las calaminas como un gigantesco piano que silencia y apaga toda comunicación terrenal. Allí solitos, temerosos, insignificantes y contritos en un rincón de la tarde, esperamos el descargue de la furia inmensa y total. Una nube de vapor se levanta por encima de nuestras cabezas en un primer instante, inundando la atmósfera de un ligero frío inusual, que perfora nuestros huesos hasta hacerlos tiritar. Luego, la lluvia empieza a rampar y carcomer las paredes más altas de adobe y caña, a lamer la mirada triste de las aves en el corral y a peinar los árboles más mugrientos y oxidados. Ahora se puede pensar ancha y tendidamente. Hay una mirada de silencio entre las cosas y una dosis de nostalgia que ofusca la razón, se siente afuera la omnipotencia de la naturaleza demostrando su fuerza arrolladora, el espejo borroso me devuelve mi imagen frígida, gusánica, pírrica y vencida por el empuje de la resignación. Hay tiempo para regresar al pasado y quedarse evadido unas horas allí, pero la lluvia no permite ir al futuro, te aprisiona en la congoja, te mantiene actual –incapaz, inepto, inútil, vasallo-, te hace prisionero de su soledad y te arrincona su guadaña como asalto final a tu esperanza.
Se empieza formar riachuelos sobre riachuelos y lluvia sobre la lluvia, que van delineando un cauce frenético, improvisado y caprichoso, por intermedio de las casas hasta perforar sus cimientos y desatorar su estructura. La iglesia está hecha una mazamorra. La plaza parece una laguna de patos. El puesto de la Guardia Civil se ha convertido en una isla, que atrae como imán toda el agua del cielo. El colegio “Alonso de Alvarado” ha sido arrastrado unos metros con todo y carpetas.. Pronto las sánoras rebasan su capacidad y hacen flotar hasta lo inflotable, arrastran palos, basura, perros muertos, monte, escarban lo putrefacto de lo putrefacto, cordeles de ropa y parece llevarse medio pueblo, pero no, eso es normal aquí.
El fragor de la lluvia arrecia cataclísmicamente en la distancia y aquí a unos centímetros de mis narices; Bagua Grande se ha vuelto una tinaja de agua, la tierra está ensopada hasta el pescuezo, las paredes de adobe parecen galletas remojadas a punto de deshacerse, los árboles temblequean desasidos de sus raíces y se bambolean inconscientemente, los nidos de las tórtolas han sido absorbidos por los ríos de lluvia, Utcubamba abajo. Las calaminas han sido martilladas y aplastadas por los trozos de lluvia hasta perder la forma de sus canaletas y ahora una carpa gris oculta el cielo y todos nos sentimos ahogados con el sopor del agua insípida, penetrando hasta en nuestros pensamientos.
La noche llegó apagada, silenciosa, cabizbaja y en cámara lenta, prendiendo un concierto fúnebre de grillos, luciérnagas, chicharras y sapos que a la distancia daban señales de vida entre los charcos y los matorrales de cushina. Se habían formado charcas que reflejaban como fosforescentes a cada pestañeo de la luna entre las nubes de reserva, allí más arriba de nuestras cabezas.
La mañana apareció consolada y escrupulosamente límpida de sus abluciones, pareciera que la vida ha vuelto a ser y ha resucitado más diáfana y rejuvenecida. La lluvia fungió de una gran escoba estelar que filtró del aire toda impureza e imperfección, dejándola desmaquillada, al natural. La gente camina como los saltamontes, dando brinquitos entre elusión y elusión de las charcas, los carros avanzan dificultosamente, zig-zagueando y, aprisionados por el barro, patinan desesperadamente despidiendo un mordisqueante olor a llanta quemada. El sol ha salido con la fuerza bravía de un horno abrasador, como para las diez ya todo debe estar seco, como todos los días, a las once los carros ya soplan polvo con sus llantas y sus tubos de escape. Pero, ¡uy, ya se acerca la tarde y el viento empieza de nuevo a hacer sus piruetas matutinas! Una estructura polimorfa, compacta de nubes, empieza a delinearse en el firmamento y, caminando raudamente como sapos en huida, traen el rostro abetunado y esbozando una sucia carcajada.
La poesía sullanera
28 diciembre 2009
ENTRE EL SINCRETISMO METAFÍSICO Y LA METAPOESÍA
Por: Nicolás Hidrogo Navarro
La poesía como acto consustancial al lenguaje y al sonido onomatopéyico, es un eco reflejo del designio figurativo de las cosas. Todas las cosas tienen sus formas de representación icónicas, semántica y la poética, en esta última descansa la única posibilidad que en el mundo, -habiendo desaparecido su gramática, su diccionario y sus símbolos grafemáticos-, sobreviva hologramáticamente, por la propia clonación del imaginario de las palabras de generación en generación y la representación figurada de las cosas.
En esa dimensión de fusión sincrética y metafísica se encuentra la poesía de Ricardo Musse. Una poesía que usa “el atavismo lingüístico” como eje gravitacional para corporeizar su voz insular. Con un enfoque metapoético, la propuesta estética de Musse intenta exorcizar y redimir el significado de la poesía entre la física fonológica del lenguaje, el factum tropológico, el simbolismo connotativo, la imagen alegórica y el pasado arqueológico mismo del verbo sígnico que permite designar al mundo y sus cosas de manera figurativa. Con alusiones por algún momento paganas y por otras con alegorías cristianas, Musse sabe que las posibilidades del lenguaje poético son ilimitadas –a diferencia del estándar- y que el signo lírico mismo es producto de un destino común histórico y que procede de una fragua sagrada impenetrable para cualquier mortal. Con un perfil canoro, lenguaje de mago, espíritu de ruinas tártaras, insuflación versicular y reminiscencias de una mímesis transaccional, tachonado de melancolías abruptas y tristezas claras, La Voz insular, de Ricardo Musse se abre abrupta como una parvada de palomas agrestes y chúcaras capaces de subvertir el lenguaje de sí mismo y la comprensión del imaginario colectivo de sus lectores.
Por algún momento hechicero de la palabra, en otros un santón evocador de sibilinos parajes, emociones solitarias y penas olímpicas; en otros instantes, un alquimista reestructurador de la sintaxis; y, epifonémicamente, como un fiel cordero cristiano, Musse eleva la palabra a la categoría de una materia insustancial cargada de poder evocador y se define como un fiel cancerbero de la poesía.
Lambayeque, diciembre 24 de 2009
“Si hundes largo tiempo tu mirada en el abismo,
el abismo acaba por penetrar en ti”.
Federico Nietzche
(Más allá del Bien y del Mal)
El que canta canciones al corazón afligido…
Proverbio 25, 20.
Traducir el silencio es pretender hacer música donde
ya no existen ni la garganta ni el oído humanos.
Blanca Varela.
Nuestras voces anidarán en mis canciones.
César Gutiérrez Alva.
Dedicatoria:
Al propiciador de estas atávicas palabras en el postrero corazón de los hombres y al demiurgo Cosme Saavedra Apón.
Las canciones con sus profundas heridas,
lastimándonos muy profundamente, sintiéndonos lacerados
por su armoniosa melancolía: De esas contritas melodías de un bebe
apropiáselas en el viento,
trasladándolas hacia la soledad insondable de los abismos,
donde insepultas y desgarras, irredentas y desfallecientes,
habitan todas las voces las otras, las que se apropiaron los siglos
de todos los hombres.
Decías que la distancia se apropiará del silencio,
que el viento de nuestra atávica melancolía la dispersaría en una continua
e infinita lejanía
Intangible siempre la recóndita herida en el alma
y seguiría siendo arrastrada totalmente ya fuera de nuestro alcance,
entonces la ausencia más profunda y menos remota es la que más cercana
se encuentra del corazón,
y que impulsados por la nostalgia los latidos dejarían oírse;
no obstante, el destierro definitivo de nuestras voces irredentas.
III
El corazón lastimado y mi voz desfalleciente
con sus postreras canciones,
Esta guitarra hiriéndonos (melodías lacerantes) desangrándose
y desgarrándonos,
Sumiéndose en los definitivos abismos estos latidos agonizantes,
Estertores con su música funesta,
Entonces este último esfuerzo:
Dejando en el viento los intangibles vestigios de la muerte.
IV
La melancolía se dispersa silenciosamente dentro
del corazón:
Los latidos más profundos pronunciándolos todavía
sobre el viento de los abismos.
V
¡Cantemos en voz altas!
(que alegrías entonen enérgicamente sus
tristes estrofas)
postreros silencios que estas palabras depositan en el abisal
corazón de los hombres
(que el viento sostenga levemente sus intangibles nostalgias)
vociferando su confinada soledad desde las hondas entrañas
de la tierra
(que estas piedras conserven sus ancestrales voces):
De ese común abismo emergiendo la melancólicas canciones
del mundo.
VI
¡Oh Voz Insular, cuánta soledad arrastrada
hacia nuestros abismos!,
muchas son las angustias que atesora nuestro corazón,
recónditas y dolorosas son nuestras tribulaciones,
¿A quién clamar entonces confinados dentro de esta música milenaria
sino a tu quebrantada orfandad?:
Escucha los irredentos quejidos de nuestro silencio
El eco afligido de nuestras silentes elegías
la triste resonancia de los latidos
en suma las voces de todos los siglos para pronunciar ahora
(aunque el viento enmudezca luego atávicamente las palabras)
cuán dolorosas son las insulares soledades de todos los hombres.
VII
Desde una remota lejanía,
donde sólo es estruendosa tu ermitaña melancolía,
omnipotente sin embargo emerges con el corazón estremecido
(nuestros latidos se enmudecen ante tu portentosa soledad)
con el atávico ensimismamiento de tu silencio nos poblaste,
aunque insulares, pronunciándonos y además dentro de nosotros
(por eso desde este común abismo sólo salen palabras)
tu omnipresente Voz Insular que nos suscita todavía
(porque aún es esta nostalgia la alegría más antigua)
Atesorar en nuestros corazones tus tristes melodías, Poesía.
VIII
Qué se cobija dentro de nuestros corazones:
El eco de la soledad y su silente resonancia en nuestros abismos,
palabras escindidas del espíritu vibratorio del viento,
o simplemente latidos agonizantes, durante los siglos
que nos quedan, vociferando dentro de los inefables vacios
del silencio.
IX
La noche es tan inmensa que se cierne sobre nosotros (profundizados dentro de las entrañas de la tierra) una abisal y más intrincada oscuridad dentro del alma (solo en el corazón y desde los abismos la profundidad del silencio). El espíritu de las alegrías se desgarra en las honduras más insondables de la atávica melancolía heredada de nuestros ancestros confinados en la memoria de estas inmemoriales piedras laceradas por nuestras estentóreas voces que sobre el viento milenario se dispersan para adherirse profundamente en sus corazones profundamente en sus corazones hacia las postreras canciones de nuestros descendientes.
X
En aquellos tiempos remotos
(donde inmovibles y oscuras, en nuestros primordiales abismos,
ya las piedras sostenían la derruida alma de las melodías)
que debíamos procurarnos, para morar en medio de esa oscuridad
inconmensurable.
Sin aquella ínsula, con las aguas murmurando muy levemente sus elegías, donde el viento debía surcar todas esas silentes profundidades
que distan muchas unas de otras pero de donde podemos todavía pronunciar
(ahora aun después de transcurridas muchas escrituras) tus primeras palabras:
Remota Voz Insular/ Hacedora y Bienamada Poesía…
XI
Que existía en los orígenes inmemoriales
del silencio:
El tiempo remotísimo de las sutiles elegías en la
inconmensurable y vacía extensión de la palabra
callada y ensimismada,
(en aquellas inmóviles y apacibles lejanías)
confinada dentro de sus propios abismos,
con el atávico lenguaje que una vez que
nombró,
fueron hechas, al instante, esas ignotas
realidades dentro de nuestros corazones.
XII
Tuvo que diseminarse hasta distancias infinitas
y nostálgicamente muy inaccesibles,
invisible dentro de la atávica oscuridad,
aunque sólo era primordial para engendrar el mundo
que tu Voz proceda de una abisal abertura provista de sutiles
cuerdas para que el viento la estremezca y suscite primero:
Ruidos guturales/ aciagos alaridos/ y luego la primera palabras
Emergida de aquella ancestral boca de orígenes para
después dentro de los insulares corazones cantar estas remotas y silenciosas elegías.
XIII
Tengo alrededor mío sólo vestigios sonoros,
piedras remotas que laceradas por el tiempo aún
conservan la memoria de la primera vibración del viento,
que se erigen, monolíticas, sobre despejadas profundidades
donde precisamente, sobrecogidos con los inciensos en el alma,
diseminados, aislándonos dentro de estas palabras sagradas que
(con estos rudimentarios címbalos y erosionados salterios)
te ofrecemos a ti que profundamente colmaste los inefables
silencios que, en su triste vastedad, se difuminaron insondables
por toda esta poesía.
XVI
Los santuarios erigidos (portentosos y sagrados para que retumbaran en nuestros oídos tus contundentes sentencias) sólo durante un tiempo pudieron resistir, porque nuestras voces se iban confinando irremediablemente hacia el silencio de las derruidas profundidades. Pero acudimos a tus designios (a pesar que tu voz ya no repercute, como antes, en nuestras primitivas escrituras) porque queremos saber qué valor les das ahora a nuestra balbuceantes palabra, a esta discordante manera de apilar distintas sonoridades en una sola frase (pero que difícil desasirse de esta milenaria costumbre de escucharte) y qué trascendencia le confieres al acendrado entramado de lo pronunciado hasta ahora. Por eso te construimos esta pequeña gruta, para que perentoriamente nos sigas hablando (porque el mutismo de los abismos se cierne, inevitablemente, también sobre los oráculos) aunque ya desde hace mucho perdieron vigencia tus melodías premonitorias que, sobre esta piedras, siguen atávicamente lacerándose, ¿o lo que realmente cuenta para trascender (¡Contéstame! Tú, que para todos tienes una respuesta) es esta profunda resonancia de la Voz Insular dentro de nuestros abisales corazones?
XV
A estas alturas, por sus inolvidables y atávicas canciones,
sólo quiero que dispongan estas elegías dentro del ritmo nostálgico
de sus corazones,
en sus postreros recuerdos la insular vastedad de la melodías primordiales,
estos latidos pronunciando el alma conmovida de nuestras remotas edades, entonces que más fonemas si ya me han trasuntado eternamente en el corazón de los mortales, hablándoles aunque desfallecientes, pero primigenios sobre lo más esencial de mis complacencias: Sobre el vestigio sonoro de los abismos.
XVI
No todo está estruendosamente desmoronado sobre nosotros. Indemne se conserva todavía, pero muy intrincado ese común abismo. Configuraciones rocosas extendiendo la memoria del viento (aunque estos túmulos sigan honrando los ruinosos silencios de nuestros muertos) que se impregna para perdurar atávicamente; conservándonos, nombrándonos y arrastrando nuestras voces que emergen (aunque desgarras y melancólicas/ primigenias y lejanamente irredentas) ahora, con diáfana sonoridad, reverentes y por las agonías inminentes de estas palabras postreramente intangibles.
XVII
¡Qué estampido fue eso, Dios mío!:
A causa de su inmensa oscuridad al cielo se le ha desbordado
sus latidos,
donde las ruinosas piedras resplandecen para dejar pasar esta
instantánea luz hacia la ensimismada residencia de los ecos insulares,
suscitando, dentro de los atavismos verbales, estos irrefrenables impulsos por pronunciarlos dentro de tu inmanente corazón,
para que estas estruendosas melodías conmuevan, con su atronadora melancolía, nuestras solitarias escrituras.
XVIII
¡Prendan los cirios de todos los irredentos aposentos!
que iluminen las milenarias inscripciones de estas piedras,
que sus oscuras plegarias invoquen esa armonía perdida de nuestro
atribulado corazón,
Muchos ya han expirado despojados fatalmente de estas acústicas vestiduras, este abisal osario sólo amontona los desafinados estertores de los agonizantes que, incluso ya yertos sobre estos murmullos mortecinos, se resistieron a que resida dentro de sus contritas canciones tu ritmo consolador:
Por eso Adorada Voz Insular ten compasión de esta nuestra condición y derrama tus genuinas sonoridades sobre estos frágiles latidos que no desean morir sin esa remota y misteriosa armonía tuya…
XIX
Nosotros los elegidos por tu saliente omnipotencia,
te estamos en absoluto silencio escuchando,
en esta rumorosa noche de premoniciones,
nosotros los privilegiados oyentes de tus arcanas palabras,
los irredentos profanadores de tus inefables designios,
los lacerados por estas piedras que siguen depositándose dentro de nuestros clamorosos latidos,
los que durante los conmemorativos rituales del verbo primordial te entonan estas profundas alegrías:
nosotros los consagrados para oír por toda la eternidad el insular silencio de tus remotas escrituras.
XX
Necesitamos internarnos dentro de ti,
durante estos misteriosos rituales de la palabra
donde ya desde tiempos inmemoriales todo se ha consagrado
a la sobrecogedora consubstanciación de las almas,
estremecido el corazón dentro de las elegías trasmitidas por el oral atavismo de esa milenaria voz de la memoria,
pronunciándonos dentro de los ininteligibles signos depositados en los latidos eternamente fundidos a estos versos que resonarán dentro de las remotas sonoridades de tus salientes designios.
XXI
Aún se internan de estas palabras
prontas a desfallecer y silenciarse en el insular destino
del postrer lenguaje;
y que, surcando los abisales latidos, no extienden sus
etéreas a las
a lo largo de estas profundas y remotas escrituras;
remotando hacia los nostálgicos corazones
y emprender entonces, juntos el vuelo eterno a la primordial
consubstanciación de la palabra.
XXII
Estamos congregados delante de ti
(ustedes ni se imaginan qué ininteligibles resonancias
son invocadas)
para renovarte estas antiguas ofrendas que no son más que
los atávicos latidos que se convocaban antaño al solo golpe
de las insulares persecuciones del corazón,
legados por el primordial espíritu que tocamos todavía con nuestras
manos cadenciosas esta blancas superficies para procurar colmarlas con la omnipotencia de tus palabras.
XXIII
En aquellas piedras graben todas esta palabras y con sus lacerantes latidos conmuevan estas escrituras par que sean pronunciadas por este omnisciente oráculo y entonces las transcriban en el silencio de sus almas y sean leídas de manera postrera por sus remotos y petrificados (dentro de los insulares corazones) descendientes…
XXIV
Pero tan confinados y abatidos estamos que tan solo
queda contemplar este mundo con esta irredenta mirada
y ya no proferir palabras para no lacerarlas con estas retóricas
(hurguemos dentro de la garganta primordial los inefables fonemas)
que se emitan sólo para guardarse dentro de sus lóbregos pentagramas
pero sin pronunciar no obstante, con abismados vocablos tu remota Voz
(derramando sus abisales silencio sobre nuestras consagradas nostalgias) ahora ya con el viento cobijándose dentro de su omnipotente melancolía,
Por lo aún no escrito en toda su atávica plenitud en nuestros remotos corazones.
XXV
Nos han derramado estas melodías
para consagrarnos, provistos de reverentes estribillos,
en la composición aunque, es obvio, sin la sonora resonancia tuya
de estas remotas epifanías y solemnes himnos cantando con los
nostálgicos corazones (profundamente hendidos los latidos)
que te invocan en cada elegíaca estrofa para recogerse algún día
(según los designios de tu insular voluntad) sobre tus consoladores abismos…
XXVI
Estos canticos que ofrecemos nacen de nuestras soledosas
profundidades, de ésas que tertulia perpetua de nuestros suplicantes corazones aún pronuncian aunque los remotos pentagramas, por le paso del tiempo, ya nos sean ilegibles las abisales tribulaciones de los latidos
y las inconmensurables tablaturas del viento;
arrastrando, sin embargo, hacia tus complacidos oídos (afligidas esta voces que repercuten todavía dentro de nuestras atávicas elegías)
con la milenaria nostalgia confinada dentro de estos abismos;
estas mortales y por lo tanto imperfectas palabras.
XXVII
Estoy muy, pero muy triste,
Esta quejumbrosa noche impone contritamente
a mi alma:
Los implacables resueltos de su melancolía,
los atribulados gemidos de su mortecino corazón,
los irredentos cantares de sus más oscurecidas nostalgias,
inaudibles palabras diseminadas por la inmensa soledad de
nuestros latidos;
pero qué palabras son entonces las que nos conmueven,
eternizándose, arrastrándonos compasivas, condoliéndose
por esta sollozantes elegías hacia una ¿intangible y eterna
y consoladora insularidad?...
XXVIII
Excelsa y Remota Voz Insular
apiádate de estos tus afligidos consagrados,
de tus lamentos y toda esta inmensa vacuidad
de palabras;
Excelsa y Aclamada Voz Insular
Compadécete de estas solemnes recitaciones que
Silenciosamente te ofrecemos,
dígnate a escribirnos en los pentagramas eternos
de tu alma;
Excelsa y Primigenia Voz Insular
Enaltece con tu ermitaña omnipotencia estos solitarios latidos,
que mi garganta proclame los versos más agradecidos
solo para mí
Excelsa y Alabada Voz Insular:
Y de tu bendita promesa no te olvides, la que tienes reservada
para los que entonan intensamente al mundo sus más vastas elegías;
Honrada seas por siempre mi Excelsa y Consolada Voz Insular,
que estas humildes letanías me hagan indigno merecedor algún día
de tu Plena y Misericordiosa Poesía.
XXIX
En ti esperaré,
aunque esta indecible tribulación silencie
nuestras trémulas escrituras:
Propiciatoria vastedad entristeciendo la silenciosa
Sonoridad de estas palabras;
sólo completamente solo insularmente abismado,
aunque estas piedras resuenen todavía dentro de
la atávica vos de nuestras almas;
no obstante, confiaré en Ti para que restaures estas
enmudecidas cuerdas con tu vibratoria omnipotencia.
XXX
El origen de nuestras ceremonias conmemora:
Todos sobrecogidos después atesorar la saliente
y primitiva eternidad que heredaremos ya dentro de la
oquedad definitiva
(postreros suspiros del alma y onomatopeyas surgiendo de
las bocas primordiales),
en torno nuestro las sombras resplandeciendo las partituras donde
Se registran las remotas elegías
y estos cánticos (ininteligibles y dispersándose a través de las abisales vibraciones)
que entonan con apasionada reverencia, ya en su último esfuerzo sonoro,
el atávico deseo de silenciarnos, Poesía, dentro de tus insulares abismos.

NUEVE PECADOS CAPITALES EN EL QUEHACER LITERARIO
14 octubre 2009
Soy un convencido que el excesivo provincialismo e inmadurez del que habla mi compañero de generación Luis Heredia González, en un virulento artículo “La lumpenización de la actividad cultural en Chiclayo”, hace un año atrás, ha generado que muchas veces se comentan excesos bajo la fachada de hacer cultura o darse ínfulas de poeta, pintor, escultor o artista en general. Y es que a veces en provincias o la misma capital ronda un virus mediocre y huachafo de que ser poeta o artista en general es sinónimo de ser un desarrapado, rufián o beodo o un resentido desadaptado contracultural. Y muchos lo han creído y hasta se vanaglorian y hacer apología de vivir en la autoindigencia, al filo del abismo, por el sólo hecho de darle la contra “al sistema”. Al sistema le importa un pepino que vivan o mueran los poetas. Los artistas se deben al pueblo y deben importarle presentándose con la cara límpida y el corazón purificado. El arte no es insurrección cuando autodestruye, sino cuando construye y edifica en la conciencia colectiva un “sueño de pongos” ante la justicia divina y la justicia del colectivo de los hombres. Confunden la libertad creadora con el libertinaje de la personificación y socialización de su propia obra creadora v como producto estético. Más aún cuando reciben algún premio o salen en una nota periodística o hacen sus propios publicherrys, adoptan poses e ínfulas de divos. Eso significa no estar preparado ni para triunfar ni para fracasar. Eso es pura acrisolada mediocridad, inmadurez y pedantería barata.
¿O es que acaso todos los artistas son seres sublimados que buscan en el arte su propia guillotina de suicidio y pretenden regar la perversión de sus malogradas y atormentadas vidas, para estar acompañados en su propia desgracia? ¿Tienen derecho de macular algunos seudoartistas y prostituir la imagen de los demás y pasarlos de la faz azul a la negra imagen antisocial? Tienen derecho todos los que quieran atosigarse de sustancias dañinas y matarse siete veces al hilo, pero no tienen derecho de trasmitirle es misma idea a los demás. La literatura es vida, seriedad, respeto, arte, esteticismo y hasta si se quiere rebeldía transgresora y magnificencia del espíritu humano.
No le hace mucho bien, ni dignifica que los artistas se presenten con esa imagen desaliñada, vandálica, lumpenezca, como chúcaros y bárbaros salvajes apestando alcohol o afeando la ciudad con sus disquisiciones en la vía pública. Al pueblo –lectores- sí le importa que los verdaderos artistas sean seres equilibrados (contraproduciendo con su desequilibrio creativo o su contravención social e ideológica y estética). Un artista es un ser público y un paradigma para los demás. No puede etiquetarse a un artista como un enfermito autodestuctor que como su mundo interior está destruido, quiera destruir el mundo de los demás para estar igualados.
1.- Pose de divo.- Publicar o ganar algún premio o reconocimiento literario a algunos les hace daño, los eleva a las nubes y se creen los mismos herederos del Olimpo de Zeus. No sólo los aleja de los lectores o admiradores, sino que los hace antipáticos, odiados e insoportables.
2.- Egolatrismo, síndrome del yo-yo-yo-yo.- Se genera una enfermiza monserga que como otros no hablan de él, él mismo está pregonando lo que hizo y no hizo. Toda la noche la pasan hablando de sí mismo. Siempre están vocincleando de sí mismo con una recargazón de llegar hasta el hartazgo y magnificando hechos. Se convierten en personajes egomaníacos. “El dios de la poesía, el único e insuperable”, “Mi próximo viaje a Francia”, “Mis próximas novelas o libros que aún no lo escribo pero ya tengo el prólogo”
3.- Inventando desfachatados titulachos y autocondecoraciones- Típica y huachafa costumbre de inventar baratarias y títulos nobiliarios culturales y autoconcederse premios y autoreconocimientos. Se inventan cargos como Embajadores Plenipotenciarse de la Poesía ante la Galaxia de Orión, Procónsules de la literatura mundial ante el cosmos. Mandarse hacer un centenar de medallas oropelosas para que se simule que otros le dan y tener el pecho con más medallas que general ruso de la segunda guerra mundial.
4.- Pasión por el publicherry: autobombo.- Manida y enfermiza pasión de alabar y ensalzar así mismo su obra de manera narcisista, muchas veces sin que compare con la de otros. Convertirse en el propio creador, lector, editor, agente literario, comentarista, crítico y propagandística de la obra producida. Manía enfermiza de buscar como sea de enviar autoartículos, autorreportajes, autoentrevistas donde el centro sea el “grandioso poeta”, en cualquier espacio para automarketearse o a veces utilizando a terceros como fachada. Es la reventadera de cuetes o el famoso autopampeo y la echadera de flores gratuita. Es pagar o suplicar para que se publique, lo que normalmente no lo harían.
5.- Extravagancia y contraculturalidad como estrategia.- Modalidad adoptada por algunos de parecerse excéntricos, hacerse los raros, los complicados e ir contra la corriente por el sólo hecho de salirse del montón. Es romper cualquier canon inflando los cachetes y hacerse como el que no posa la vista en nadie y sacar el miembro y orinarse en los parques, detener el tráfico, patear puertas, meterse unos tiros y andar maloliente, con una barbita o disfrazado de poeta con una gorrita a lo Pablo Neruda o no dejarse fotografiar porque se es muy importante y hay que pagarle o suplicarle.
6.- Borrachito perdulario plazuelero.- El típico desnaturalizado. “Ser borrachín me hace más poeta y me da caché y etiqueta de intelectual místico y misterioso. “Todos los grandes poetas fueron borrachos”. “Me inspiro mejor cuanto tengo harto alcohol en el cerebro”. “Para que la gente sepa que soy un poeta debo de embriagarme a la vista de todos”.
7.- Sólo me junto con poetas consagrados.- Típica posición marginadora a los poetas noveles. La clásica actuación circulera y selectiva, las pequeñas mafias que determinan quien es y no es poeta y quien debe y no debe participar en un recital o estar en sus contactos y relaciones. “Sólo me reúno con gente que sea consagrada”. “Sólo asisto a eventos donde venga alguien de cartel, porque no puedo mezclarme con la chusma o los chibolos que recién están empezando”.
8.- Armo mi grupo y sólo me autopromociono.- Clásica actuación individualista egoísta y personalista que busca sólo dar a conocer al jefe de la pandilla. El resto no amerita que se le difunda. Es para levantarle la autoestima al que la tiene caída.
9.- El perro del hortelano sale calato.- Como yo no hago, que los demás tampoco hagan. Me interesa que los demás fracasen en sus eventos para estar igualados. Hay que buscar la forma de que pasen por desapercibido o boicotearle su evento para que nadie asista.
Cualquier coincidencia con alguna actitud o forma de actuar, es mera coincidencia. Así es nuestra farándula literaria cultural, en algunos casos.
Pero la poesía o la actividad literaria, por encima de estas banalidades cursis y vanidades propias de los espíritus sobredimensiones de nuestros poetas sin control ni capacidad de autocontrol, es más que eso: la poesía es un sublime rayo de luna que ilumina la completa oscuridad del hombre hasta hacerlo tiritar de emoción, junto a una ventana desierta y añosa. La actividad literaria es una magnífica oportunidad de ensanchar la promoción colectiva y hacer que los poetas se conglomeren y todos salgan a flote, con su oportunidad de igual a igual y dejando atrás esos resabios egolátricos e infantiles que sólo demuestran: eximio poeta en el verso, pero un gran pendejo como persona.