HABLANDO DE POESÍA

03 mayo 2018

Antonio Arroyo Silva.

En poesía, lo mismo que en cualquier tarea humana, ante todo honestidad. Esta es la sangre del tiempo y su latido que principia toda intención. Por un lado, honestidad con la propia escritura que nos hace saber en todo momento a dónde queremos llegar, si a la calle de al lado o a las galaxias lejanas. No importa si deseas llegar a lo próximo, todo el universo se construye con proximidades comunicantes. Honestidad con el lenguaje que se utiliza: para llegar a la esquina no necesitas aperos. Tampoco para escalar el Everest; pero sí una convicción que mueve montañas y cruces de caminos. Y esa convicción es lenguaje, un lenguaje vivo y rebelde que no se amilana ante la extrañeza. Honestidad y riesgo, como si recrear esa esquina fuera como escalar todo el Himalaya, cayéndose y levantándose. Sabiendo que todo es para nada, pero que esa nada valió la pena. Por otra parte, honestidad para con los demás: no dejes que el otro caiga. Pero, sobre todo, déjalo levantarse y que siga su propio camino. No invadas su territorio como domador de serpientes. No te fíes, oirás las voces y pensarás que son tuyas. Pero no, son los fantasmas que te conducen al fondo de un abismo. Ese al que irás a flotar de todas maneras, que es lo mismo que vivir. Pero más vale ir con propio pie que empujado por los que se proclaman sabios.
La poesía nada tiene que ver con la certeza. Al contrario, a cada paso el poeta entra en una nueva incertidumbre. Sin embargo, acaso ese camino de incertidumbres por el que, en principio, transita la poesía sea la noche oscura del alma o las Iluminaciones de las que hablaban San Juan de la Cruz y Rimbaud respectivamente. La poesía no miente—dice Olvido García Valdés—. Es la mayor expresión de la realidad que ha creado el ser humano.
Además, la poesía ha de estar siempre al margen de la crítica: me refiero a esa crítica que crea moldes para que la producción subsiguiente los siga y los adore como si de objetos de culto se tratara. La poesía es un hecho cambiante como el habla de donde procede, toda poesía que no parta del coloquialismo de la lengua en que fue escrita está sometida al caos. La poesía es un animal vivo, pero no un animal doméstico. No un burrito de carga esperando el látigo del amo.
Las palabras del poema se asfixian cuando las ponemos en la jaula de los significados comunes y no la dejamos avanzar. Y nuestra singularidad como poetas—miembros todos de una misma Patria o Matria llamada Lengua Española—es el mestizaje. Cuando seamos conscientes de la tremenda fuerza que trae este concepto entraremos en la gran habitación no solo de la poesía sino del entendimiento, esa empatía especial tan necesaria en nuestra evolución.
Somos argonautas modernos buscando un vellocino. Queremos arrebatárselo a los dioses del Olimpo y no nos damos cuenta de que estos ven ese vellocino en nuestra piel y son ellos los que verdaderamente quieren arrebatárnoslo. Lo envidian. Nuestras flaquezas, nuestro continuo navegar por los mares interiores hacia un huracán que no arrollará, sino que nos hará más sabios y, sobre todo, más humanos. Ahí está el oro que no pueden atesorar.


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