La generación digito-pulgar

15 febrero 2016


Por Carlos Fajardo Fajardo.


“Corren buenos tiempos para la bandada de los que se amoldan a todo, con tal que no les falte nada”, dice Joan Manuel Serrat en una de sus canciones, y continúa: “Tiempos como nunca para la chapuza, el crimen impune y la caza de brujas (…) y silenciosa la mayoría aguantando el chapuzón”. Con audaz ironía y lanzándonos un fuego de poesía al oído, estos versos del cantautor catalán nos ubican en un mundo donde varias circunstancias de índole global y político, son el alimento diario de estos “buenos tiempos” en el actual tablado mundial. Y hablo aquí especialmente de la reactualización del neofascismo mediático en la generación digito-pulgar, hija de esta era de la información ciber. Generación “pulgarcita” la llama Michel Serres, por su manera de manejar tan hábilmente los dedos pulgares ante aparatos electrónicos. Su sensibilidad se ha despolitizado tanto debido a la idiocia y trivialidad gerenciada por los dos grandes macro-proyectos del capitalismo global: el mercado y los medios de comunicación que penetran en todas las esferas de la vida.
Dicha generación nació y creció bajo el imperio global neoliberal que ha impuesto estos dos macro-proyectos como supremas utopías económicas y culturales. Educados totalmente en los treinta años del neoliberalismo, se les ha ido cambiando el sentido de lo humano, de lo político, de la historia, de la memoria, de la ética, del arte, la educación y del mundo. Multiculturales, deslocalizados, heterogéneos, impactados por los medios de comunicación y la publicidad; adaptados para reducir su capacidad de atención a pocos segundos; obligados a ver los espectáculos de lo atroz y de la violencia mediática; reducidos a ser consumidores compulsivos de redes sociales, esta generación del pulgar digital vive en otro tiempo-espacio donde la conciencia sobre las realidades sociales se reduce a lo que le transmiten y les sugieren los grandes oligopolios mediáticos que, como se sabe, siempre alteran, cambian, organizan, crean los hechos de la realidad acorde a sus deseos.
Es un nuevo tipo de sensibilidad trans-política que ha mutado su forma de hablar, de comunicarse y entablar relaciones. Son los llamados “nativos digitales”; una generación que en un escaso porcentaje lee otro tipo de información que no sea el que le transmiten las transnacionales mediáticas. De allí la masificación de la mentira, de la manipulación respecto a los acontecimientos políticos locales y mundiales. Paradójica situación: teniendo posibilidades de informarse por múltiples canales, de pluralizar su formación, sin embargo, la estandarización y homogenización se hacen cada vez más dramáticas e imperativas. A la generación “pulgarcita” la alimentan con pobres imaginarios estandarizados, de aparente  versatilidad.
Rápidos, más rápidos, la generación pulgar proyecta un estado de aceleración del “para ya”, de lo urgente, de lo de “ahora”. Bajo tales condiciones ¿Cómo trasmitirle la importancia de la memoria, del pasado? ¿Cómo edificar espacios de conciencia sobre nuestro tiempo histórico, político, cultural, social? Cambio de roles y de emociones. De la memoria grávida a la memoria Ram.
 ¿Coexistencia pacífica con los patrones del gusto?
Al mismo tiempo, la globalización día a día nos bombardea con una estetización de la cultura que ha impuesto el sensacionalismo, el placer por el placer, lo efímero, el divertimento banal como máximas expresiones de la cultura. El llamado capitalismo artístico permea en todas las sensibilidades, proyectando imaginarios dominados y organizados por la rentabilidad mercantil. De este modo, la estetización parece estar en todas partes, con sus estrategias de seducción que estilizan la vida cotidiana,  manifestándose en la pulsión masiva del diseño tanto en la industria como en el comercio, en el hiperturismo, la música, los cosméticos, la decoración del hogar, en los reality show, las pasarelas, los museos, en el fetichismo de suvenires, baratijas y objetos kitsch; en la imagen de famosos y de los llamados “genios creativos”…
Sin embargo, una buena parte de estos usuarios viven en una grata coexistencia pacífica con los dueños del globo. Afortunadamente existe otro porcentaje que vibra no al unísono con los patrones del gusto y edifican ágoras virtuales críticas, vídeos y ciber políticas como activistas digitales que, desde las redes, desentonan en el coro global masivo, actuando como caballos de Troya digitales. Son indignados en un mundo creado solo para la dignidad de los mercaderes globales. Proponen novedosas maneras de protesta, de lucha y organización política, son los nuevos líderes de las ciber-polis del futuro.
La generación ciber pulgar tiene este y otros rostros, disímiles, etéreos, ambiguos. Son rostros híbridos, producto de varias fusiones y mezclas político-culturales, un arabesco plural mundial, disperso, indefinido, indeciso, de múltiples voces, en diversas realidades. Hay una permanente interconexión ciber a cada segundo, a toda hora; hay pluralidad de voces, de energías, de opiniones múltiples, gracias a las redes por el mundo del Gran Hermano. Esto les agrada, pero a la vez los confunde, los difumina de lo real-real, los deja en la ingravidez de los acontecimientos.
Mientras veloces pulgares tocan, o solo rozan sus dispositivos electrónicos; mientras, bajo cualquier circunstancia, momento o situación, rápidos pulgares envían mensajes, encuentran buscadores, se conectan y registran una condición efímera de lo comunitario, infinidad de datos de las ideologías mercantiles son asimilados como demiurgos absolutos. Y es desde aquí de donde levantamos una tesis que se nos ha vuelto herida, cuestión dramática por su preocupación histórica: ¿No será esta la generación que en su gran mayoría ha sido seducida y manipulada por las derechas mundiales, y en nuestro caso, latinoamericanas? Apariencia de democracia digital, desvelamiento de la enajenación mediática. Planteadas sólo como tesis para reflexionar y generar el debate, es preocupante dicha situación para las democracias participativas que soñamos lograr.
Insistimos: estamos ante otra idea de espacio, de tiempo, otro saber, otra historia, otra sensibilidad, otra memoria, suministradas por un despotismo dichoso; sobre todo, bajo otra forma de asumir y de pensar el mundo. Nos interrogamos si esta situación está impactando en una des-educación política, cultural, social, minimizando al pensamiento contra sistema. Aparente libertad de navegación, pero nuevas formas de neo-esclavitud digital.
El Síndrome del Fotoadicto
Como tal, la generación “pulgarcita” vive de instantes plenos de fugacidad  inmediatista, de masivos espectáculos, del culto a la intimidad expuesta en público, con lo que los problemas personales asumen puesto de honor en la escena social. Más aún, ahora se une la foto-adicción o el llamado por nosotros, síndrome fotoadicto cotidiano, adquirido y propagado como una patología tecno-cultural de última generación.
A toda hora, a cada instante, este síndrome se vuelve un dispositivo no solo del divertimento, sino vigilante y de control. Nos convertimos en vigilantes-vigilados, pero también en posibles creadores-creados. Una gama de posibilidades se abre entonces. Gestación de fotos hasta el infinito, tantas que ya no hay nada para ver. La fotografía, asumida así, muere por hiper-iconoadicción. Prolifera la hiper-imagen, se anula la micro-mirada. La condición del arte en la era de la reproductividad digital anuncia un ritmo distinto aurático secular. La fotografía digital registra no solo la acumulación sino el desecho y el reemplazo. Minutos después de fotografiar cualquier acontecimiento se le deshecha por uno tan o más trivial como el anterior. La cámara se convierte en un acumulador de artefactos simbólicos fugaces, que se guardan en un transitorio archivo, rumbo al olvido, al vertedero digital.
He aquí lo interesante: la era del botadero adquiere estatus soberano. En la multiplicación de las fotos, transformadas ahora en íconos efímeros, lo único que cuenta es el acontecimiento, la experiencia de lo inmediato, no sus productos como memoria grávida, no el resultado vital ni artístico, sino el sensacionalismo expuesto en el instante del click. Es como si el síndrome del acumulador nos poseyera; la pulsión del que acumula por acumular es el síntoma fotográfico de nuestro tiempo: enfoque, haga click, guarde, enfoque de nuevo por tres veces, guarde por tres veces, por infinitud de veces, la misma pose y reemplace de inmediato.
Síndrome del fotoadicto: súbalas a Facebook, a Instagram, a las redes sociales, donde llegan a poseer una rentabilidad simbólica, pura y llana publicidad de lo íntimo y colectivo, con las etiquetas de las vidrieras globales.
                                                ¿Prosumidores autómatas?
¿No habrá sido bastante fuerte la influencia de todos estos procesos globales en las nuevas mentalidades y en los imaginarios de una generación hecha a la medida de las necesidades del cliente? ¿Son ciudadanos usuarios y consumidores, o prosumidores autómatas, que producen guiados por el reino del mercado? Es innegable que aquí también existen resistencias y re-existencias de ciudadanos prosumidores autónomos, autoconscientes de los procesos artísticos, sociales y políticos. Al decir de García Canclini, en esta sociedad de la hiper-información “tener más noticias, que se reemplazan con vértigo cada hora, contribuye poco a la democracia y a la participación, o a la desmitificación de lo encubierto: ´puede llevar incluso a  un ambiente de antipolítica -escribe Natalie Fenton-, puede detener la participación política en la esfera pública y disminuir la democracia. Las noticias también pueden ser desdemocratizantes´ (…)” (García Canclini, 214, p. 123).
Bajo estas circunstancias, la generación “Pulgarcita” pone al descubierto la crisis del sentido de lo público y de lo político, como también la virtualización que vuelve ineficaz a los movimientos sociales, pues junto a la fuerza de convocatoria de las redes para las protestas, se hace evidente su inutilidad para transformar las realidades concretas, debido a la sordera cínica de gobiernos y poderosos, que invisibilizan  y desaparecen a la sociedad civil.
De nuevo, insistimos: a pesar de la existencia de redes digitales de resistencia (caso Wikileaks de Julián Assange o Edward Joseph Snowden, por ejemplo), la guerra por ganarse el espíritu y las conciencias juveniles, emprendida por los oligopolios mediáticos, es impresionante y exagerada. “¿Es posible ser ciudadanos responsables, eficaces, en este tiempo en que nuestros escritos y actos más íntimos son vigilados por alianzas de empresas transnacionales y gobiernos?”, se pregunta García Canclini, en torno al tema de la despolitización de los jóvenes. ¿Indiferencia e ignorancia, o rebeldía ante las propuestas políticas fracasadas de sus padres?
Hoy es también el tiempo para preguntarnos con Walter Benjamin “¿Qué valor tiene toda la cultura cuando la experiencia no nos conecta con ella? (…) Admitámoslo; esta pobreza de experiencia es pobreza, pero lo es no sólo de experiencias privadas, sino de experiencias de la humanidad. Es, por tanto, una especie de nueva barbarie” (Benjamin, 2012, p.83).
Quizás sea esta la nueva barbarie mediática en la que nos han introducido los dueños de los macroproyectos mediáticos y mercantiles, los cuales nos desconectan de una cultura viva, propositiva, activa, creadora, dialogante, analítica e inventora de otros mundos posibles, conduciéndonos no a la imaginación poético-creativa, sino a la barbarie frenética destructiva. Por ello, con verdadera preocupación ante los actuales acontecimientos neofascistas mediáticos; con prudencia, pero a la vez con tensión crítica por las condiciones de la generación digito-pulgar, podemos decir con Benjamin estas líneas escritas en 1933, en pleno auge y poderío del Nacismo alemán: “Nos hemos vuelto pobres. Hemos ido perdiendo uno tras otro pedazos de la herencia de la humanidad;  a menudo hemos tenido que empeñarlos en la casa de préstamos por la céntima parte de su valor, a cambio de la calderilla de lo ‘actual’”. (2012, p.88)
Carlos Fajardo Fajardo
* Poeta, ensayista y docente universitario.
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