Discurso de Edmundo Herrera en el funeral de Pablo Neruda.‏

27 mayo 2015


Los escritores: Edmundo Herrera, Luis E. Aguiera, Dinko Pablov M, en el primer viaje a Cuba 1998. 
A pesar de la estrecha vigilancia, decenas de personas acompañaron al poeta hasta su sepulcro en el Cementerio General en lo que fue el adiós a Neruda, pero que también fue la primera manifestación masiva en el comienzo de la dictadura militar chilena.
 Edmundo Herrera, entonces Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, fue el primero en tomar la palabra en aquel acto.  El texto de ese discurso muy pocas veces se ha reproducido íntegramente; sólo en 1998, y casi 30 años después, la publicación La Hoja Verde lo hizo.
 Traigo esta mañana las palabras de la Sociedad de Escritores, para quien viviera desvelado por ella.  Uno de sus forjadores, uno que supo poner el corazón alerta al servicio de la dignidad del escritor y del hombre de Chile.  Pero hoy el frío de la soledad nos azota despiadadamente.
 Aquí estamos los escritores desgarrados porque el hermano mayor emprende el camino sin regreso.  Pero aquí están los barcos a la orilla del mar, en medio de la tempestad.  Aquí están los viejos barcos amigos, agitando sus pañuelos.
 Sólo podemos traerte esta mañana todas las manos de Chile que quisieran llegar a tu lado, para que sepas que el fuego que tú encendiste está vivo en cada corazón.  Toda tu vida, tu trabajo, fue siempre en favor de Chile, de sus hombres, en favor de la vida del hombre.  Una lección que no olvidaremos.  Más allá de las líneas estéticas, tu aporte a la cultura nacional es inmenso.  La proyección de tu obra ya la han señalado los estudiosos.  Yo no vengo a dictar cátedra; vengo a decirte, compañero Pablo que un dolor grande, un viento doloroso golpea el centro de nuestras vidas.
 Un doloroso viento azota el rostro de Chile.  Hemos llegado a traerte las manos fraternales de todos los que hemos crecido a tu sombra.  No hay edades que nos separen, sólo nos une el dolor; Chile está azotado hoy y vientos negros corren por la patria.  Pero tú y tu poesía, la poesía de Chile, se alzan para decirte que tu ejemplo ciudadano, tu voz de poeta pleno, lleno de humanidad por el hombre, nos alienta a seguir en el combate que por el hombre y la belleza tú diste con ejemplar veracidad.
 Vientos negros nos azotan esta mañana.  Te traigo los copihues de Chile, las piedras de Chile que tanto amaste.  Los ríos te traigo, te traigo la sencilla semilla de la creación.  Te traemos, compañero Pablo Neruda, muchas voces y llantos de toda la gente que trabaja.
El más oscuro poeta, pero amigo y compañero tuyo, viene con sus banderas a traerte la palabra de la Sociedad de Escritores.
 Aragón te lo dijo alguna vez:  "Un agua amarilla golpea los muros de mi casa" desde hace muchas noches, hay un dolor de Chile que tú has sentido en las últimas horas golpeando el viento del sur y del norte, de mar a cordillera.
 Una vez más, compañero Pablo, volvemos a reunirnos para que sepas que aquí están los escritores que tú abrazaste, que tú señalaste con tu cordial amistad, para decirte que eras el hermano mayor que amábamos y que por tu trabajo y tu lealtad al hombre mereció el afecto y la amistad más limpia.  Emprendes un viaje largo, sin rumbo conocido, y saludarás otras primaveras; otros otoños cruzarán tu rostro; otras lluvias vendrán a inundarte; otras luces acudirán a tus ojos.  Cuando iniciábamos recién la primavera, el dolor llegó presuroso a la vida del hombre.  Tú caminas ahora, dejándonos la tarea de buscar la esperanza que casi vemos perdida.  Aquí están los rostros de los viejos y de los nuevos escritores para decirte que un viento de dolor nos sacude y que tenemos que detener las lágrimas que nos vienen corriendo por las venas; aquí están las manos de los trabajadores de Chile, aquí están los rostros de los estudiantes que quieren decirte lo que representas para el hombre de Chile, para el hombre de América, para el Hombre.  Tú lo dijiste, hay una sola enfermedad que mata a la muerte: esa es la vida.  Tú vas silencioso por otros caminos.  Poeta del dolor, del combate, de la vida.  Poeta de todos los quehaceres del hombre.  Sólo vengo a decirte, hermano, que hoy hay un gran vacío en nuestras vidas, hay un gran vacío en nuestra sangre, porque hoy te alejas como esos planetas que nunca más veremos a la luz del día.  Pero dejas la puerta abierta de tu vida para que en ella bebamos la ejemplar tarea de ser hombres terrenales, hombres abiertos a todos los vientos que acuden, hombres alertas a la luz de todas las ventanas.  Te traigo el viento de los hombres de Chile, el dolor que hoy tenemos donde la cicatriz permanece asida a nuestra sangre.  Una tempestad nos sacude ahora.  Tu presencia amiga, ciudadano, se detiene.  Tu marcha toma otros rumbos y nada se hace eco.  Entras al silencio para que solamente hable tu poesía, para que solamente hable tu ejemplo de hombre combatiente.  Canto de Chile, cantor de la esperanza, cantor de la muerte y de la vida, cantor del amor pleno, hay un lazo que ata las vidas tuyas con las vidas de los escritores.  Nunca nadie podrá negarte y vivirás más allá de todas las fronteras.
 Compañero Pablo: te traigo el saludo y las palabras de muchos que como tú, hombres sencillos, pescadores, herreros, navegantes, panaderos que tú fuiste encontrando en el camino.  Ellos me han pedido que te traiga sus manos, que te diga que estamos con una flor roja abierta en el costado y que te diga que estamos vivos en esta hora, que ninguna muerte nos mata definitivamente.  Que si tú te vas otros seguirán en el camino para ir diciéndote de generación en generación que  en plazas y mercados, en calles nocturnas, en vidrieras y almacenes estará tu nombre como una bandera, como una señal silenciosa.  Iremos murmurando tu nombre de poeta ejemplar en la tarea.  Vendrán los hombres de Pisagua, de Tocopilla, de Antofagasta adentro, de Iquique azotado, de la sal en las heridas vendrán los hombres voceando tu nombre.  Y no habrá tierra ni bala que extermine tu canto, no habrá horizonte que te contenga.  Los cielos estarán abiertos a tu canción que nos dejas como un pedazo de fuego en las manos.  Voceando tus cantatas estaremos hasta el fin de los siglos.
 Yo sólo te traigo estas palabras que la Sociedad de Escritores puso en mi boca, para que sepas que ardemos en la noche; que una tempestad nos azota ahora y que no estás solo.  Ninguna soledad para tu corazón de fuego, ninguna soledad para tu paso, ninguna sombra para tus caracolas.  De ti nos viene la lección de la vida y viviremos cantando los amaneceres, todos los vinos y las flores, todas las bocas y todos los amores.  De ti nos viene este amor a la vida que tú nos señalaste.
 Compañero Pablo, déjame guardar la voz para que tú hables ahora en tu poesía, para que tú camines lento y abrazado a quienes siempre has querido, para que puedas seguir conversando de todas las cosas que revolotean a tu lado, junto, muy junto a la esperanza, la libertad y la belleza.

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