Manuel Román, Piñas Laura: La confesión, cuento ganador del I Concurso Regional de Poesía y Cuento 2013 "Héctor Rosas Padilla"

15 diciembre 2013

La confesión
A través de los barrotes de la celda, Inocencio Caparachín contemplaba cómo el sol se unía con ese cielo metálico que se filtraba por los barrotes de la prisión. Así cuando el círculo rojo fenecía en el horizonte, Inocencio Caparachín se dirigía a su cama para continuar con el único acto decente que se había enfocado en los últimos años: leer todos los libros que tenía la pequeña biblioteca del presidio. Contrariamente a lo que se dedicaba, su compañero de celda se había acostumbrado a dormir plácidamente la mayor parte del tiempo. Este acto de evasión le daba la tranquilidad para leer y recordar los pocos buenos momentos que había vivido. Sus recuerdos se resumían a su infancia, su época escolar y el momento en que la conoció. Cuchillo, su compañero de celda, siempre le repetía que no podía comprender cómo podía disfrutar su estancia en un lugar donde todas las personas que le rodean maquinan la estrategia más ingeniosa para poder fugarse. Todos quieres salir menos tú -le repetía Cuchillo mientras leía los recortes de su asesinato que había pegado en la pared minuciosamente-.
“Solo me falta noventa años para salir” -le respondía a su compañero de celda cuando escuchaba su reclamo-. Estas palabras le otorgaban esa aureola extraña que los presidiarios denominaban la voluntad del Sastrecillo de la presión en clara alusión a las lectura que realizaba de las obras de Jean Paul Sartre. Esta voluntad sartreana afincada en su pensamiento y en su accionar llegaba al extremo de desestimar la benevolencia de poder salir libre dentro de veinte años por buena conducta.
El juez pudo fácilmente condenarlo a cadena perpetua o, peor aún, condenarlo a la silla eléctrica porque se llegó a la conclusión que el asesinato había sido premeditado y brutal. “La había golpeado hasta dejarla inconsciente para luego destrozarle el cráneo con una piedra que usaban como batán”. La policía halló rastros de sangre que venía desde la sala hasta la cocina donde se consumó el crimen.
Pero ante lo descrito debemos de tener otras consideraciones como que su esposa era calificada por el vecindario como una mujer déspota y violenta. No hablaba con nadie ni salía a la calle. Solo se le escuchaban sus gritos de regañamientos hacía él. “No sé cómo la soportaba”. Inocencio Caparachín llevaba la peor vida que puede tener un marido en una relación matrimonial. “Todos los sabíamos, inclusive el juez que era su amigo y fue quien lo sentenció”. “El juez manifestó, un día antes que leyera su sentencia, que tenía la intención de ayudarlo pero ante su confesión solo le quedó el camino de hacer cumplir la ley”. “Sé que desestimó  la estrategia que preparó el abogado que era deslizar la idea que tenía problemas psiquiátricos. Era su única posibilidad para salir absuelto pero desistió”.
La reputación de su mujer por parte de los testigos, que se presentaron reducir la condena,fue una de las razones para que el jurado y el juez dictaran una sentencia benigna. La otra, la más importante, fue que Inocencio Caparachín confesó el crimen antes que empezaran las investigaciones.“Nadie sospechó de mí hasta que confesé que yo le había partido el cráneo” -se repetía siempre mientras leía sus libros-.
“Nunca sospechamos de él porque tenía una conducta intachable a diferencia de su mujer”. “¡Nunca imaginaron que podía matarla ni muchos menos que todos estos años de convivencia planeó cada paso que iba a dar para vengarme de todo lo que ella le hacía!”.
¿Dónde estuvo en la noche del crimen? “Estuve en el billar de “Don Lucho” en donde algunos trabajadores del vecindario nos reunimos para tomar unas cervezas y conversar sobre cualquier tema”. “Estuvo hasta altas horas de la noche conversando sobre las novelas policiales (especialmente las de Dashiell Hammett) y la poca influencia que había tenido en Sudamérica. Un tema repetitivo y que nadie le daba importancia, y que él insiste en discutirlo cada vez que llegaba al bar”.
Cuando Inocencio Caparachín llegó a la escena del crimen y verificó el deceso de su esposa, escuchó la conversación que mantenía el policía encargado del homicidio y los detectives:
-          ¿Y el esposo? -pregunto el policía- ¿No crees que la haya asesinado?
-          Es incapaz. Todos los testimonios que he recogido avalan su carácter pasivo y que la noche del crimen se encontraba bebiendo en el billar de “Don Lucho”.
-          De todos modos hay que investigarlo. Los años nos han demostrado que los menos pensados tienen la mejor coartada.
-          Lo sé pero como puedo seguir investigando a un sujeto donde la mayoría de personas que estuvieron en el billar esa noche aseguran que lo vieron hasta altas horas de la noche. No crees es mejor tratar de buscar otras hipótesis. 
Inocencio Caparachín salió de la sala y se dijo para su adentro: “¡Qué estúpida es la policía! Acaso no puede construir una hipótesis sin evidencia. Es necesario ser tan egocéntrico para dejar una pieza del rompecabezas para que se pueda sentir esa fascinación de perseguimiento. Acaso tengo que confesar para todo termine”.
Al día siguiente los periódicos amarillistas publicaban en su portada:
¡Marido de la mujer asesinada confiesa su horrendo crimen!
La audiencia para juzgarlo se programó dentro de dos semanas.
-          Usted se declara culpable del cargo de matar a su esposa en forma premeditada.
-          Me declaro culpable
-          ¿Usted lo cometió o fue ayudado por otra persona?
-          Yo solo lo cometí.
-          Está seguro lo que está asegurando porque en la escena del crimen se han encontrado vestigios que fueron dos personas que cometieron el asesinato.
-          Repito, yo solo lo cometí.
-          ¿Hace cuánto tiempo premedito el asesinato?
-          Desde hace diez años. Usted no sabe qué es vivir con una persona que no amas y tienes que aguantar todos sus caprichos por el resto de tu vida.
Inmediatamente después de la confesión, en medio del estupor y el silencio de la sala, Inocencio Caparachín no dijo ninguna palabra a favor de su defensa. Todos lo miraban y no podían creer lo que había confesado. Así, por primera vez en su vida, sintió ese orgullo inconsciente de ser el centro de atención. Nunca lo había sentido. Ni cuando hablaba sobre la novela policial norteamericana ni cuando trataba de discutir con alguien sobre el planteamiento de filosófico de Ludwig Wittgenstein. Tampoco cuando trataba de explicar su teoría sobre la clasificación de psicópatas partiendo de la idea de su accionar y no de su problemas psico- cultural –neurológico. Todos podían avalar la buena conducta de un hombre que en realidad nadie aguantaba en su mesa y lo trataba de igual manera que lo trataba su mujer. ¡He ocupado el lugar que siempre merecí en todo este tiempo! – se dijo para sus adentro-. Cuando el excitante estupor se extinguió entendió que esa efímera sensación nunca más volvería a sentir.
Al principio del juicio, el juez y los jurados, se resistía a dar crédito a la confesión pero descubrieron que Inocencio Caparachín desapareció por media hora del lugar que todos corroboraban que había estado. En ese lapso de tiempo nadie puedo asegurar que lo había visto. “Pensé que estaba en la barra tomando solo como es costumbre o buscando conversación con alguien pero ahora que lo recuerdo no fue así”. Los testimonios se volvieron cada vez más incriminatorios hasta que el juez tuvo que dictar sentencia. “Puede ser que Inocencio Caparachín en ese lapso de tiempo se haya trasladado a su casa para matar a su esposa. Si bien no es una afirmación concreta es la única que tenemos para avalar su confesión”.
Inocencio Caparachín dejó el libro en la mesita de noche, se levantó y se dirigió a la ventana. Quería contemplar aquel cielo que sería vencido por la noche. “Con el tiempo todos los reos descubrimos que ese cielo que se postra en nuestra ventana no es el mismo para todos. Cada uno tiene su cielo, su propia verdad”. Deseaba la libertad, como todos, pero para qué desear aquella idea de libertad si en su infancia le había sido negada; si estudió, toda su adolescencia, enclaustrado en un colegio, y si cuando presintió que iba a descubrirla con la mujer que amaba, ésta lo convirtió en el hombre más infeliz de la tierra. “La vida me ha hecho amar la soledad que he descubierto en ese habitación y que la única manera de abandonarla es leer aquellos libros de borran sus barrotes”.
Ese aire ácido de soledad que va poblando tu cuerpo hizo que con los años los interno lo respetaran y admiraran. “Ves ese tipo, cometió el crimen perfecto. La policía nunca descubrió que fue él. Tuvo que inculparse para que él mismo cierre la investigación criminalista. Hasta ahora no ha quedado bien claro el móvil del asesinato ni los detalles. Su palabra a perdurado como testimonio de esa noche macabra”. Inocencio Caparachín, después de la audiencia, nunca más habló sobre el crimen.

“No puedo quejarme de la vida que me ha tocado vivir-pensó mirando a las tinieblas que reinaban el unísono-, ni lamentarme de haber confesado que la asesiné. Pero lo que siempre me voy a preguntar cuando termine de leer un libro de misterio es quién pudo haberla asesinado”.
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