Rolando Vaccari Ortiz: EL NEGRO HURTADO (Crónica)

21 mayo 2011

En el verano de 1964, la colonia de estudiantes peruanos en Rosario fue un avispero ante la llegada de Francisco Hurtado, procedente de Lima. Hurtado se había convertido en el tema central de las conversaciones en el Comedor de Estudiantes. Su viaje Lima – Tacna – Arica – Antofagasta – Socompa – Salta – Rosario era comentado como las hazañas de Marco Polo.
El motivo no era académico, sino deportivo: después de las festividades de Navidad y Año Nuevo, la colonia peruana abría las inscripciones para el campeonato de fútbol y las instituciones andaban a la caza de nuevos talentos para reforzar sus filas.

Alguien dijo que el nuevo integrante de la colonia era de buena talla y constitución maciza. 'Es alto, moreno, con una frente de esas para colocar la redonda al ángulo y definir el partido', habló El Barba, mirando a uno y otro lado, como si se tratara de un ser extraterrestre.

El Barba había abandonado los estudios años atrás para dedicarse a la venta de libros y se había convertido en mecenas de la escuadra del Sol de Oro, en homenaje a sus años de gloria en la cancha del parque Urquiza.

'Y, alto, alto, no es, lo que tiene es un biotipo de buen jugador, pero habría que verlo en cancha', aclaró El Chato Malca, natural del Callao, volante del Ricardo Palma.

'Negro y de La Victoria. Es un atacante nato. Ya estamos en tratos para organizarle un asado de bienvenida', aclaró El Guayabón Quispe, otro moreno, voluminoso y bromista, iqueño para más señas.

En la tarde del domingo que debía cambiarse la historia, el negro Hurtado salió a la cancha con la camiseta de franjas negras del Ricardo Palma y los botines relucientes. Movía brazos y piernas con elegante ritmo, igual que la mayoría de los morenos cuando aparecen en escena.

‘Negrito quimboso. Vamos a ver si es bueno o resulta pura pinta’, comentó Latour, artillero del Juventus, donde alineaban los estudiantes procedentes de Arequipa y Tacna.

A su lado, El Guayabón hizo un gesto de impaciencia como si de pronto un pájaro de mal agüero interrumpiera sus elevados pensamientos. Anoche nomás le había invitado al Negro Hurtado una cena en el Salónika, lujo reservado para los grandes acontecimientos y no para estudiantes extranjeros sin más ingresos que su giro mensual.

El cielo estaba despejado. Abril en la provincia de Santa Fe y a orillas del Paraná es un mes donde se puede correr la cancha porque no aprieta el calor.

La voz de Jorge Cafrune se escuchaba lejana, en las instalaciones de una calesita para niños. En otro sector del parque Urquiza, el telescopio aguardaba la noche para que las delegaciones escolares acompañados de sus maestros observen la Luna y los astros.

Francisco Hurtado alineó como alero izquierdo y daba impacientes golpes al gramado con la punta del botín. El árbitro se llevó el silbato a la boca. El movimiento de rotación de la Tierra se hizo más lento.

‘Ese negrito va a romper las redes. Que se cuide el arquero del Juventus’, advirtió El Barba.
Intercambio de banderines, apretón de manos entre los capitanes, carrera hacia atrás del árbitro y pitazo corto: arrancó el partido.

El primer balón que recibió Hurtado, quedó detenido bajo los tarugos de su botín. El moreno levantó el rostro y vio desmarcado al puntero derecho, el colocho Cumbia Borrero. Le puso la pelota dos metros más adelante con un shot preciso para que complete la faena en busca del arco rival.

Un rugido de admiración emergió del tendido del Ricardo Palma. La habilitación fue magistral. Los defensores del Juventus salieron con la guadaña en alto para detener el peligro pero el Cumbia les cuchareó la pelota en plena carrera, como solamente hacen los cracks.

Con la visión obstaculizada por la confundida defensa, el arquero del Juventus no pudo seguir la trayectoria del balón. Una sombra siniestra pasó sobre su cabeza al tiempo que estallaba el grito de gol y se quedó inmóvil, mirando el travesaño con las manos en la cintura. Gol, la reputa que los parió. Uno a cero.

Las acciones continuaron con la mecha prendida. Menudearon los empujones y patadas a las piernas del rival, lo que el árbitro sancionaba con tiros libres. De pronto, un contragolpe del Juventus culmina en un pelotazo en el parante derecho del Ricardo Palma. Aprovecha el rebote el flaco Vera que venía cuidando el avance de sus delanteros y añade rasante hasta el fondo de las redes. Gol. Uno a uno.

Sin embargo, en la tienda del Ricardo no hubo preocupación. Ahí estaba el negro Hurtado, predestinado para desequilibrar a cualquier adversario. La leyenda insistía que fue seleccionado de los juveniles del Alianza Lima, allá en la patria lejana.

‘Está asentando máquina, pero que no se adelante mucho ¡baja un poco, Hurtado!’, indicó El Guayabón.

Hurtado no jugaba de acuerdo a sus antecedentes. No le salía nada. Cuando esto sucede, hasta los jugadores más ranqueados levantan el brazo pidiendo su cambio. Pero no podían cambiarlo con un partido parejo en uno a uno y ya muy avanzada la etapa complementaria. Tenía que romperse esa paridad. A cualquiera se le podía cambiar, menos a Hurtado, el astro debutante, la sensación de La Victoria, recién llegado a tierras argentinas para estudiar medicina humana.

Un nuevo centro llegó a los pies de Hurtado. El defensa le metió una carretilla y lo despojó limpiamente de la redonda. El artillero del Ricardo trató de recuperarla a como diera lugar pero el defensa le hizo el túnel. Risas y aplausos frenéticos animaron el tendido del Juventus y el mismo defensa, con la euforia de su proeza, pegó un balonazo para habilitar a sus delanteros. Latour recibe el esférico y de potente shot la envía a los palos custodiados por La Araña, un larguirucho arquerito paraguayo, de color aceitunado, que atajaba vestido de negro, como el famoso Yashin. Buen portero, pero esta vez, se perforó la telaraña. Dos a uno ganaba el Juventus.

‘Saquen a ese negrito. Que ingrese Jesús Lozada’, ordenó El Guayabón.

Faltaban cuatro minutos para el final del partido. El árbitro dio cuatro más, total ocho minutos. Los muchachos del Ricardo se esforzaron en todas sus líneas, pero el tiempo corría inexorable. En los tramos finales, un avance peligroso del Tomate Acevedo es detenido de mala manera por la desesperada defensa del Ricardo. El juez de línea levanta el banderín y el árbitro decreta la pena máxima. Penal.

El árbitro llega corriendo al arco del Ricardo Palma. Cuenta doce pasos hacia el centro de la cancha y el capitán del Juventus cede el disparo al Tomate.

Bajo el larguero, La Araña asume su rol con dignidad. Se encomienda a la Virgencita de Ipacaraí. El árbitro da la orden con un pitazo corto y El Tomate trota cadenciosamente. Dispara y La Araña se lanza hacia su derecha, conocedor del estilo del Tomate. Siente en la yema de sus dedos una lija evasiva, cruel, inalcanzable. Gol. Tres a uno. Los hombres del Ricardo no lo pueden creer. El Juventus celebra y se alinean de nuevo en el centro de la cancha, pero ya no hay para más. Pitazo final.

¿Y Francisco Hurtado? Siguió participando como titular en el torneo de los estudiantes peruanos de Rosario, pero ya se sabía que era más malo que maní crudo. En cambio, se distinguió como buen estudiante. Aprobó todos sus parciales y el examen final de Anatomía en el primer intento. Esa noche de celebraciones, Francisco Hurtado cantó un valsecito de Los Embajadores: Luuuuz de amanecer…

Con el tiempo, se disiparon las amarguras de su debut en el parque Urquiza y El Negro Hurtado se convirtió en un connotado especialista en onco para orgullo de la colonia peruana en Rosario y de la familia en el Perú.

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