PROFESOR Y MAESTRO

06 febrero 2011

Antenor Orrego Espinoza

El profesor te enseña para que puedas repetir la lección de la cátedra; el maestro te enseña para que puedas construir tu vida. El primero te imparte generalidades abstractas, es decir, teoriza tu propio ser y te empotra, como una simple pieza estándar manufacturada en serie, dentro de un esquema rígido. El segundo desciende a la intimidad concreta de tu alma, aflora tu riqueza interior y se constituye en el compañero de tu pasión, de tu agonía interna y de tu drama personal.
El profesor te esclaviza a un oficio; el maestro te libera hacia la vida. Con el primero la habilidad de tus manos puede llegar hasta el escamoteo perfecto de la vedad; con el segundo, es preciso que asumas la responsabilidad de tu dolor y que desciendas hasta el hondón abismático de la vida, por sombrío, por tenebroso, por lacerante, por trágico que sea.
Lo que te da el profesor está siempre fuera de ti y te fija siempre un gesto; lo que te da el maestro está siempre dentro de ti y vigoriza tus alas para el impulso. El primero es como el agua infecunda y dispersa que no alcanza la raíz de la planta porque no se sume en las entrañas de la tierra, el segundo, es linfa creadora que bate el limo, que lo impregna, lo empapa y lo fecunda empujándolo hacia el estallido de su luz en floración maravillosa.
El profesor se dirige a la memoria, anaquel de tu alma, y sus palabras resbalan sobre el recuerdo, como por sobre una losa impermeable, sin lograr infiltración alguna. A lo sumo se dirige a tu vanidad y a tu buena economía.
El maestro se dirige a tu espíritu, pozo de creación y sabiduría, y sus palabras siempre urticantes se instalan en el futuro, abolición del pasado muerto. Sólo por él tu posibilidad será mañana realidad creativa y su verbo admonitivo es siempre parta ti una tensión dolorosa.
La palabra del profesor se esfuma, se deshace sin dejar huella sangrienta; la palabra del maestro desgarra tu entraña y se incorpora a tu ser para trascender, como un mandato, en cada uno de tus días.
Texto aparecido en Discriminaciones (1965)
Cortesia de Angel Gavidia.

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