Carmen Amaralis Vega Olivencia: Un mendigo poeta

16 noviembre 2010

Llovía torrencialmente. ¡Que inoportuno ese aguacero! Salíamos del Museo de Botello. Cuanto reí al reconocerme en cada pintura, en cada escultura, pero ahora esa lluvia fría me podía enfermar. Justo en el borde de la plataforma de entrada al museo encontré un banquillo y me senté resguardada de la lluvia. Según salían las amigas se arremolinaban algunas esperando porque el sol decidiera aparecer y la tarde recobrara energía.

Los temas de conversación giraban en torno a ese encuentro de escritoras que nos dejaba una nostalgia en el corazón ese último día de compartir la palabra poética. Así, con la poesía a flor de piel nos encontró aquel joven mendigo, él forrado de miseria y nosotras diluidas en palabras.

Detuvo su marcha y con una sonrisa de dientes carcomidos comenzó a declamar una larga poesía de dolores y miserias contenidas, de ausencias y soledades, de desamores e ilusiones rotas. Poema largo, larguísimo, tan largo que tuve la oportunidad de mirarle bien, de detener mi mirada en sus ojos tristes, en sus pies descalzos, en su ropa mojada y sucia. Emanaba una pestilencia del que no se ha dado un baño en muchos meses. Y sufrí, allí mismo, sufrí intensamente, no soporto la miseria humana, sufrí y no pude contener las lágrimas.

El mendigo calló, y acercándose me pidió que no llorara por él.

- No lloro por ti- le dije. – Lloro por mí, por el hijo que no tuve, por la pena de pensarte mío y abandonado.

- Por eso estoy lejos para que mi madre no sufra por mí- me dijo.

- Y crees que porque no te ve, no sufre.

El mendigo no dijo nada más, y tomando mi cabeza entre sus manos, en un relámpago, me dio un beso en la frente y se fue. Un corrientazo atravesó mi corazón, y lloré, lloré amargamente, por mí y por todos los hijos perdidos en la miseria.

La lluvia cesó, y una amiga me regala la más bella flor de nácar.

Soy fantasma en el recuerdo de un mendigo poeta.

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