Danilo Sánchez Lihón “REGRESAR A LA TIERRA NATAL”

20 marzo 2010

PIEDRAS DEL FOGÓN

"Se había ido y sin embargo estaba” Felipe Arias Larreta
"Y hay quien adora su huerta, su terreno, su gente, su caballo, su perro. "Luis Valle Goycochea

1. Aleros de los techos

– ¡Hijo mío! ¡Dios bendito que te ha traído! ¡Cómo estás hijito! –Y me abraza.
– Bien; abuelita. ¡He venido a verte!
– ¡Ay! –Llora–. ¡Ya me iré a morir! ¡Pasa, hijito, pasa!
Así me recibiría mi abuela ya difunta, en la casa ya vacía y derruida.
Porque con esas palabras me besó unas horas antes de morir cuando nadie podría haber imaginado un suceso tan terrible.
Por eso, escribo mis recuerdos de infancia, vivida en Santiago de Chuco, un pueblo en la cordillera de los andes al norte del Perú.
Tan cerca a las nubes que los niños tenemos que estarlas aventando hacia arriba con un palo, un “eleva nubes” o un “espanta neblinas”.
¡Porque ellas por quedarse se enredan a propósito en los aleros de los techos!

2. ¿Quién es?

Ahí nací y allí me crié, hasta los 16 años de edad. Y adonde, desde que salí –¡hace muchos años!– no he regresado sino dos veces y sólo por breves horas:
La primera al nacer mi última hermana: Elvira, y coincidentemente, horas antes que muriera mi abuela.
Y la segunda vez cuando murió mi padre, 15 años después,
– ¡Es un ingrato!
– ¡Nunca se acordó de nosotros!
– ¡Pero ahora ha llegado!
– ¿Quién es? –, pregunta una sombra joven.
– ¡Es el hijo del maestro! ¿Te acuerdas cómo era? ¡Yo sí me acuerdo!
– ¡Qué! ¿Y nunca había vuelto?
Así es... Tanto que quienes poco me conocen piensan que yo no quiero a mi pueblo y lo he olvidado.

Pero, ¡eso no es cierto!

3. Subido allí

Porque en cualquier lugar donde esté, así aterrice en el polo o caiga en otro planeta o me arrojen al fondo del mar –y durante todos los días de mi vida– cierro los párpados y ya estoy en Santiago de Chuco, la tierra donde nací y me crié.
Sea adormilado en una mecedora en uno de los balcones que dan a los Champs Elysées en París, o en las arenas rojizas de la Praia Urca en Río de Janeiro o adormilado en el Taj Majal frente al horizonte azul verdoso de Atlantic City, aparecen las espigas inmutables de los muros de las calles de mi infancia.
Ni bien se borra de mis retinas la realidad inmediata, cuando ya está mi alma correteando por las veredas, torciendo las esquinas, avanzando por los caminos y campos de mi aldea nativa. O ya estoy trepado en las paredes viejas –no crean que siempre feliz sino con frecuencia desolado– viendo a los toros jalar los troncos de eucaliptos recién derribados en algún bosque.
O, simplemente, subido allí escuchando las voces de la gente que pasa por la calle, sumergido y arrobado en el tono de su manera de hablar, sin preocuparme en tratar de entender lo que dicen.

4. Ya no existen

Todo esto: ¿Qué será? Y, ¿por qué duele tanto?
Santiago de Chuco está palpitante y vívido a esa hora primera de la mañana, cuando despierto. Y huyen o se desvanecen las presencias rústicas de esta realidad, para dar paso a las querencias ¡vivas, tangibles y buenas de mis sueños!
Y sonrío diciéndome:
¿Por qué en la vigilia nunca me acuerdo de ese muro de adobes por el que subía de niño. O de esos peldaños de la escalera. O de ese retazo verde en el cerro que se distingue desde el desván de la cocina. O de ese recodo en la calle.
Ni de esos ojos negros de la niña inmarcesible que luego se esfuma detrás de una ventana?
Y sin embargo ahí están, vivaces y frescos en mi ensueño.
¡Con qué fatalidad –digo yo– se interna mi ser por esos recodos, senderos y recovecos ya perdidos! ¡E inhallables en el trajín cotidiano!
Y que ya no existen para siempre, ni en este mundo ni en otro: salvo en mi calma, o en mi delirio.

5. Mundoinhallable

Y, ¿por qué –me digo– cuando abro del todo los ojos se esfuman como si huyeran o les perturbara la rutina de los días y la claridad de afuera?
Entonces sonrío tristemente por esta magia de mi pobre añoranza, que la entiendo y de veras la compadezco porque no es sencillo vivir así.

En esa especie de dos vidas: una despierta, con preocupaciones ordinarias y la otra en sueños, libre, vagando por sitios y con presencias de aquel mundo tan querido y ahora, para mí, inhallable.
Y es que Santiago de Chuco hechiza, porque es un pueblo lleno de presencias tangibles pero más de fantasmas.
Lo sé, porque he salido a caminar –a altas horas de la noche– por sus calles encubiertas. ¡Y tengo para mí verdades absolutas de cómo lo pueblan los espíritus!

6. Viejos amantes

¡Cómo no ha de ser! Sí son más de cuatro siglos de historia desde su fundación española, en 1565. Pero más: el palpitar de antes, de mis ancestros indígenas que hicieron de esta tierra boca y fabla de oráculos.
Eso hace que uno sienta en cualquier esquina un suspiro que aflora, una queja que estalla, una sombra que se esfuma.
Por eso, yo he tenido un gusto casi trágico y mortal por deambular en sus casas abandonadas y a oscuras.
En las cuales paseaba sintiendo el ser y estar íntimo de las cosas, cada forma y cada atisbo de luz y sonido.
Sabiendo que en cualquier momento iba a estremecerme el abrazo de la muerte, porque ella estaba ahí pero compasiva y misericordiosa conmigo.
Y hasta sentía que me quería, como una madre cuida y quiere a un hijo a quien todo perdona.
Sí, ella la muerte, ¡con quien me encuentro y me deja pasar como si fuéramos viejos amantes!

7. Chispas de luz

Atesoro en mis recuerdos los trastos, minucias y bagatelas de mi casa ya cerrada y desaparecida.
Enseres ya devorados y hundidos por el tráfago de los años.
Chucherías, nonadas, cachivaches; pero para mí: quimeras, milagros y talismanes en mi nostalgia.
Que fueron tocados en mi niñez y que debieron ser sortilegios para haberse quedado vivos, durante tantos años en el fondo de mi alma atribulada.
Así:
El soplador del fogón: un tubo de metal con un huequito al final, por donde a veces, después de un soplido –y al aspirar aire para seguir avivando el fuego– sorbía yo las cenizas que se atoraban en mi garganta ¡y tenía que probar el dulzor del árbol o la madera ya quemada y hecha carbón!
O la plancha de fierro que calentábamos, asentándola sobre una parrilla. Y que puesta en la ventana nos espolvoreaba en la cara sus chispas de luz.

8. Rastrojos o cañas

Aunque útiles para la realidad, si se los mira bien: ¡zarandajas, fruslerías, niñadas! ¡Pero en mi evocación prodigios!
La escalera de callapos amarrados con soguilla, de donde lanzábamos al viento burbujas hechas con lavaza de jabón y sopladas con rastrojos o cañas de trigo.
En realidad, ¡qué valen!, y menos para ti lector caritativo.
El diablo de zapatero que le pedíamos prestado al tío Leoncio, para chancar algún clavo que nos salía por dentro de la suela.
El frasco de goma arábiga con la cual nos apelmazaban el cabello, y su olor a playas y mares encantados.
El peine desvelado en la repisa, cuyos dientes saben más que nadie de los sueños y quimeras que alentaba nuestra pobre fantasía.

9. La piedra con hoyo

El cedazo de la abuela para cernir alverjas. O la máquina de moler café –una tabla con su tolva de lata y manivela.
Grata y afable, porque venía a la hora en que mi madre ofrecía lonche y mi padre nos encargaba traer alfajores y bizcochuelos.
La armella de la puerta, que donde esté debe estar fría, aunque con un temblor oculto tras el metal indolente, donde tiene que estar impreso el temblor de mis venas y la adoración de las yemas de mis dedos.
También la barreta grande y la otra pequeña. Las palomitas de cobre para sujetar las puertas, para que no las golpee el viento.
La piedra con hoyo donde tomaban agua y se sacudían las alas los pajaritos de la tarde.
El tumi de la tía Miguelina que nos prestaba para hacerle tajos a los panes, antes que Iluden y entren al horno.
El perol para freír ñuñas y cachangas.
¡Las tres piedras para hacer el fogón!

10. Flor intachable

¿Si yo, allí, amé? Infinitamente, hasta caer vencido de adoración. Y es que las niñas más bellas del mundo son las de mi pueblo. Y cada hombre de la tierra tiene el derecho de decir lo mismo.
De niño y adolescente yo era intrépido en todo, pero en al amor soy un ser asombrado, pasmado, hierático, ante el cual pierdo la noción de estar en esta realidad.
Por eso, nunca estrujé nada. Todo fue mirarnos. De allí que me duelan tanto las miradas. Y me parezcan tan hondas e indestructibles. Y la mirada de sus ojos negros hasta hoy me hiere.
Quizá por eso sean las espadas que llevo clavadas en el alma. Quizá por eso este arraigo. Quizá por eso el amor sea para mí una flor intachable.
Las imágenes que de esa niña llevo, si la muerte lo destruye todo, no lo alcanzará a destruir jamás, porque es sagrado.
Y siempre me he preguntado adonde van esos amores mudos que se elevan con aleteos fugitivos, sin encuentros ni palabras. Y sé que la colina más enhiesta y hermosa del universo es donde están enterrados. Y en la cual se nos permitirá arrodillarnos antes de morir.

11. Camino de Santiago

¡Todos tenemos nuestra casa y hasta nuestro pueblo adentro!
Hace poco encontré a Javier –mi primo– y me dijo:
– Sólo sueño en nuestro pueblo y en la época de mi infancia. He consultado con un curandero y me ha dicho que para sanarme tengo que volver a nuestro pueblo. Y me pregunta:
– ¿Será? Tú, ¿qué dices? –me insiste.
Yo qué podría decirle. ÉL regresará. De eso estoy seguro.
En cambio yo escribo estos relatos y exorcismos sobre Santiago de Chuco, que es unidad con la metáfora del "Camino de Santiago", como escribió –querendoso y refiriéndose a mi tierra– mi paisano y gran hombre de letras, don Samuel Mendoza, quien lo aludió de este modo:
“Esa nube longilínea suspendida en el espacio sideral y que viene siendo desde la noche de los tiempos una maravilla pirotécnica con que se festeja la obra del creador, porque su pasmoso movimiento de rotación y luz lactescente constituyen bajo el lente telescópico un espectáculo inefable. Siguiendo en la tierra la dirección de esa nebulosa se llega a Santiago".

12. Tremendo y abismal

Mi propósito con estas páginas es ayudar a que la gente quiera a su pueblo, a su tierra y a su gente.
Que nos volvamos buenos recordando nuestra infancia. Por eso, lo que escribo rememora costumbres y sucesos que me acontecieron de niño.
Y que los registro porque son parte de mi vida y de aquella que más valoro, pese a lo humilde y desasida que parezca, o que fuera.
Aunque he viajado por todo el mundo, en travesías que han abarcado todos los continentes, en cruceros vertiginosos y por aeropuertos súper sofisticados; ningún viaje más tremendo y abismal que el que hice de niño.
Cubrió el trayecto de Santiago de Chuco hacia Trujillo, al lado de mí madre y hermano mayor, a quien íbamos a dejar internado en la Gran Unidad Escolar San Juan, cuando apenas él había cumplido los 10 años.
Tres días estuvimos atascados en las jaleas, para luego sobrevivir a una catarata que se llevó la carpa del camión donde viajamos.

13. Afianzar una identidad

Los puentes sobre el río Moche, que cruzamos, quedaron grabados en mí como los verdaderos puentes.
Y el río de aguas barrosas y agitadas hasta ahora representa el concepto que tengo de lo que debe ser un río.
No sentí lo mismo ni siquiera al cruzar el glorioso George Washington Bridge sobre el soberbio Hudson River.
Y la puesta del sol para llegar a Trujillo se ha quedado en mí como el crepúsculo infinito.
También debo confesar que he vivido muchos años atrapado en el prejuicio de que recordar es atraso, como si ello fuera vivir de espaldas al sentido natural del vivir, que debe ser cara al futuro.
Pero ahora considero que cuando se vuelve al pasado con amor y sin despotricar del presente se afianza una identidad.

14. Arraigar en lo nuestro

Y, como hacíamos entonces, ideando el mañana, ahora podemos acercarnos a los bordes del tiempo, pero tratando de bajar –como antes subir– por las cuerdas de la ilusión para asir un tiempo feliz que gracias a la remembranza volvemos a recuperar.
No es nostalgia lo que me embarga, porque si ella me tentara querría yo que se repita lo que quedó atrás; no anhelo eso, pese a que crea que el futuro en nuestras sociedades es regresar a nuestros pueblos de origen pero para construir allí nuevas opciones y perspectivas.
Más bien, considero que es clave arraigar en lo nuestro, volviendo a nuestras fuentes, pero sin negar ni maldecir el presente; porque el hoy es espléndido cuando se lo afronta con valor y con fe; y el futuro mucho más aún. Pero también el pasado es invalorable cuando se lo mira con cariño y a partir de allí se proyectan grandes esperanzas.
Sobre todo, cuando es para afianzarnos en el amor entrañable por lo nuestro. Y, con el coraje que nos da sentirnos ligados a la tierra, cuando es para forjar el porvenir de felicidad que debemos depararle a nuestros pueblos.

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