EN EL PERÚ MATAN A LOS POETAS

22 marzo 2009

¿Regresa la barbarie?

Por: Javier Garvich

Cuando hablamos de la tortura y el asesinato de artistas e intelectuales, solemos pensar en tiempos remotos y en otros países. La España bajo el franquismo, el Chile de Pinochet, las dictaduras de Grecia y Turquía. Desgraciadamente, en esa memorabilia de la infamia, tenemos que hablar del Perú de hoy.
James Oscco Anamaría, joven poeta apurimeño, autor ya de tres libros y convertido en la gran promesa literaria de la tierra de Arguedas, terminó sus días en un basurero en las afueras de la ciudad. Había sido asesinado después de innumerables torturas. Sus asesinos, antes de matarlo, le habían arrancado las uñas, roto las costillas, vaciado un ojo, quemado parte del rostro y triturado el esternón.
Al iniciar las pesquisas, nuestra bizarra policía tuvo la ocurrencia de sugerir que se trataba de un suicidio. Constatada la evidente estupidez de dicho razonamiento, las autoridades filtraron la tesis del crimen pasional: Una novia despechada había mandado sicarios para cometer semejante crimen. Versión cinematográfica (además de mentirosa) para seguir en lo mismo: Ocultar lo que es, sin lugar a dudas, un asesinato político.
James Oscco, además de poeta, fue un luchador social y un docente particularmente carismático y popular entre su alumnado. Como muchos peruanos, tuvo el honor de ser encerrado por sus avanzadas ideas. Como poeta de raza, nunca se calló cuando veía una injusticia. Llamó al pan, pan. Y al corrupto, corrupto. Cuando la policía intentó sabotear el develado de la placa conmemorativa en un colegio donde estudió José María Arguedas, Oscco fue el primero en encararlos y demostrarle la bajeza de sus intenciones. Se cuenta que, antes de su violento asesinato, Oscco estaba a punto de denunciar una grave malversación de fondos de un instituto de enseñanza.
De una generosidad singular, James Oscco dedicó esfuerzos y horas extras en ayudar a otros compañeros de letras para sacar adelante el III Encuentro Nacional de Escritores “Manuel J. Baquerizo” que tuvo lugar en Abancay el año 2004. Un evento que, al estar desfinanciado por la súbita retirada de patrocinadores, anunciábase como un fracaso. Oscco tocó puertas de todas las instituciones de la ciudad, movilizó a todos sus colegas y se encargó de trasladar en persona planteles enteros de colegiales que pusieron la nota de frescura y pueblo en el evento que, como ya supondrán, fue un éxito redondo.
Si James Oscco hubiera nacido en Lima y no en una lejana pedanía de Antabamba, si su arte lo hubiera dedicado a cantar a las musarañas y no al pueblo, si su generosidad la hubiese aplicado en regalar panetones en las parroquias y no en solidarizarse con los perseguidos; su asesinato hubiese saltado a los titulares, la fiscalía de la nación ya estuviese buscando a los culpables y los medios ventilarían su vida como modelo de conducta. En un país de tremendas desigualdades e injusticias, Oscco se alineó con esa enorme mayoría de peruanos que no existen a los ojos del Perú oficial como poeta y como ciudadano. Y lo pagó caro.
¿Estamos regresando a la barbarie? La impunidad de los asesinos de Oscco es una acusación terrible no solo contra el gobierno de Toledo sino contra toda la estructura del Estado. Un Estado carcomido por la corrupción y el crimen, reverencial ante los poderosos y hostil frente a los peruanos de a pie. Hoy vemos a los candidatos a la presidencia pavoneándose ante cámaras y ladrando pomposos discursos ¿Saben ellos que en el Perú matan a los poetas? ¿Saben ellos la cantidad de periodistas asesinados en lo que va del año? ¿Saben de la existencia de niños trabajando desde los seis años por un plato de comida, del incremento de la prostitución adolescente, del colapso de nuestro sistema educativo? James Oscco lo sabía y por eso lo mataron.
Amigo lector, sé que cree que estoy exagerando. Total, Abancay queda muy lejos. No se confíe, amigo lector. La bestia habita entre nosotros. Y si no la expulsamos, la bestia terminará por devorarnos. Recuerde el agudo poema de Bertolt Brecht . Sí, primero se llevaron a los comunistas y no me importó hasta que al final me llevaron a mí. En el Perú matan a los poetas. Y esa sangre irredenta algún día llegará a nuestros pies.
Fuente :"Universidad de San Martín de Porres Facultad de Ciencias de la Comunicación"

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