20 abril 2014

ME DIVORCIÉ DE ELLA

 Escribe: Danny Eduardo Marcos Lanegra.
Comunicador Social - Periodista

Lo confirmé en mis inicios en periodismo. Varias veces corrí detrás de ella, sinsaber qué tenía preparado para mí. La primera vez con ella, me impresionémucho. Y casi me desanima de ser alguien mejor en la labor. Pero en eseprimer contacto supe que no viviría mucho porque se venían cambios que ladejarían en el olvido.No sentía que era necesario competir por ella, pero generaba éxtasis o placercuando yo la encontraba primero. Me hacía sentir con seguridad lo digo -, elmejor: elevaba el nivel de un ego muy vanidoso. No lo decía, pero estoy seguroque varios lo notaban. Ella era como una droga, si la sentías era difícil dejarla.Me fui superando en mis quehaceres mientras convivía con ella en la ciudad.Cuando iba a mi encuentro con ella se me veía como un simple mortal, nadiepodía adivinarlo, eso era sensacional: saber que el resto del mundo seguía enlo suyo; y, cuando yo mismo lo decía, recién hacían un alto y me escuchaban.Hubo días donde me felicitaron por haberme encontrado con ella.La primera vez, fue una llamada con voz desconocida, que me dijo que vayaadonde estaba ella. Eran las seis de la mañana y no titubee en ir. En aquelentonces supe que me había conquistado. No podía controlarme, sucumbía asu poder de seducción. Lo que sí es cierto es que muchas veces me hizo sentiralegría de estar vivo y otras me hizo sentir muy cerca la muerte.El tiempo avanzó y yo con él. De repente, yo ya no era el que iba por ella. Era otro. Y no me inmuté, ni me puse celoso. Solo me resigné a tener informaciónde ella para que un tercero sienta su magia y poder. Pero ella se ibadesvaneciendo en mi mente. Yo lo sabía, su final tenía que llegar ylamentablemente con paciencia y muy dolorosa para quienes no tenían laoportunidad de alejarse y abandonarla en el camino. Su poder de seducción loshabía sumido en la más profunda actitud de adicción hacia ella.Un día desperté y supe que debía mostrarle a parte de no buscarla personalmente-
 todo mi desprecio. Lo decidí y lo hice. Tenía la oportunidadporque había generado mi propio espacio. Era mi elección, y marcar unadiferencia. Hubo varios que calificaron y criticaron mi decisión: o era quedado o
no sabía competir 
No hice caso y lo hice. No hacía mi trabajo condicionadoa ella. Tenía que cimentar mi propio estilo.Decidí rechazar todas las llamadas que me hablaban de ella. No la mencionabapara nada. La eché al olvido. Hoy sé que el tiempo que vivimos juntos no fuedecisivo para recordarla, soñarla, ni ir de rodillas y caer a sus pies. Entendíque sin ella también se puede vivir y trabajar. Es más, se puede pensar mejor 
Tener una mirada de la realidad más segura, confiable y promisoria. Fuedefinitivo y el tiempo me va dando la razón. Eso sí, no puedo negar que mehizo descubrir lo que vivía escondido en mí: la fuerza del autocontrol, laperseverancia y el poder de aplacar el vicio de necesitar de ella, y sobre todoaprendí a ir más allá de su terreno: compartir mejor, con tiempo y tranquilidad,un hecho de la vida. Me impuse una propia filosofía de trabajo: analizar einterpretar los sucesos y compartirlos con quienes me escuchan, ven o leen. Así terminó mi relación con ella. Su magia fantástica la remplacé por larealidad más pura. Hace poco pregunté por ella y me dijeron que aún hayvarios que no la dejan. Que viven pendiente de ella y que les fascina el poderde sentirla cerca o junto a ellos. Me he sentado un rato, haciendo una pausa,en mi trabajo. De pronto, he mencionado su nombre:
¡Primicia!,
 dije con vozfirme y confirmé que ya no es necesaria en mi vida laboral. Pero no porque yolo decidí, sino por el avance de la tecnología en el periodismo. Como una vez lodijo Gabriel García Márquez:
"La calidad de la noticia se ha perdido porculpa de la competencia, la rapidez y la magnificación de la primicia". "Aveces se olvida que la mejor noticia no es la que se da primero, sino laque se da mejor". (Semanario "Radar", Argentina, 1997).

Gracias, Gabo 
Me siento bien al saber que trato de no dar primicias, sino noticas que - almenos esa es mi intención-, se conozcan mejor …y sin ella.
 Ese es mi estilo. Y si algún día ella vuelve, será para no quedarse, solo porque sea necesario utilizarla.




EL CÓLERA EN LA FICCIÓN DE GARCÍA MÁRQUEZ*

Escribe   Ángel Gavidia**

            -No hay en mis novelas una línea que no esté basada en la realidad- le dijo Gabriel García Márquez a su amigo y compatriota Plinio  Apuleyo Mendoza.
            -¿Estás seguro?- retrucó Plinio-. En “Cien años de soledad” ocurren cosas bastante extraordinarias. Remedios, la bella, sube al cielo. Mariposas amarillas revolotean en torno a Mauricio Babilonia…
            -Todo ello tiene base real –contestó el Nobel,  y siguió conversando (1).
            Pocos años después de esta conversación, en 1985 aparece “El amor en los tiempos del cólera”, y en esta historia de amor, de amor trascendente, aparece también, a manera de palpitantes hitos,  una (iba a decir exótica) epidemia de cólera (2).
            Muchos médicos peruanos vimos al cólera, hasta antes de ese fatídico 23 de enero de 1991,  como una patología ajena a la patria y, por extensión, a América. Unainfección con connotaciones al Islam y a los ríos sagrados de la India cuya relación con nosotros escapaba, acaso ingenuamente,  a nuestra propia retina. Por eso iba a calificar de exótica a la enfermedad que García Márquez coloca desde el título en la novela que pretendemos comentar.

EL COLERA EN LOS TIEMPOS
            Sin embargo, ya en el siglo XIX, siguiendo las rutas del comercio, el cólera había desbordado varias veces sus linderos asiáticos. Seis grandes oleadas azotaron al mundo, y el coletazo de cuatro de ellas tocó trágicamente el continente americano. La Organización Panamericana de Salud refiere la ocurrencia de cólera  en la casi totalidad de países de nuestro continente (3). No se sabe, por otra parte,  cuando el cólera abandonó América. Pudo ser entre 1880 y 1895. Es decir 100 años antes de su devastador retorno y, esta vez, desde Chancay, en el Perú. Debemos anotar, sí, que desde 1973 vienen  ocurriendo casos esporádicos y muy localizados de cólera en Luisiana y Texas, al parecer, sin relación con la tragedia de 1991 (5).
*Ensayo escrito en 1994, 3 años después que la epidemia del cólera entrara por el Perú  a América del Sur y a 9 años de la sorprendente  aparición de “El amor en los tiempos del cólera”. Fue publicado en el Boletín de la Sociedad de Medicina Interna.
**Médico Internista asistente en el Hospital Belén y profesor de la Universidad Nacional de Trujillo-Perú.

            La novela de García Márquez se ubica entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX. Transcurre fundamentalmente  en los tórridos parajes del caribe colombiano. La historia termina  unos años después de 1924 y termina en el mar, cerca de la desembocadura de La Magdalena. El cólera pasa, de ser el recuerdo de una hecatombe que en
dos semanas llenó los cementerios y en once tenía en su haber las más grande mortandad que haya visto esa región, a ser,  durante más de 50 años de trajines de amor, más que una comprobación, una sospecha: todo cadáver, todo malestar por mínimo que fuera, convocaba relaciones con esta enfermedad. Cuando el Dr.  Juvenal Urbino, distinguido médico formado en Francia y en otras escuelas de Europa, retorna a su ciudad natal “Su padre, un médico más abnegado que eminente, había muerto en la epidemia del cólera asiático que asoló la población seis años antes”. Y  el flamante  Dr. Urbino tiene que afrontar al poco tiempo de su arribo un aumento de los casos de cólera “pero al término del año se consideró que los riesgos de una epidemia habían sido conjurados”. “Desde entonces – dice el narrador-, y hasta muy avanzado este siglo, el cólera fue endémico no sólo en la ciudad si no en casi todo el litoral del Caribe y la cuenca de La Magdalena, pero no volvió a recrudecer como epidemia”.
            Según la OPS, Colombia fue visitada por el cólera en varias oportunidades a partir de 1848. Parece ser que el último caso aconteció en 1859 (6). Es decir, la tierra de la cumbia soportó algo más de una década la presencia de esta enfermedad. Todos coinciden, por lo demás,  que América inicia el siglo XX sin cólera. Sin embargo, en la obra del Gabo aparecen, de trecho en trecho, a lo largo de más de 50 años, cadáveres o vomitadores agonizantes o simplemente temores cuyo origen es el cólera. El autor costarricense Leonardo Mata, comentando la epidemia que asoló su país en 1856, dice: “La experiencia debió dejar profundas huellas en la salud, bienestar, estructura poblacional e incluso estilo de vida, afectándose  el contrato social las uniones matrimoniales,  la relación entre padres e hijos, y la percepción del cólera y de la muerte que a ella se asocia. Su huella es el terror trasmitido de abuelos a nietos hasta nuestros días…” (7). El amor en los tiempos del cólera no podía esquivar esa huella. Esa huella de miedo.

LA CIUDAD
            Gabriel García Márquez se detiene en varias oportunidades a describir las condiciones sanitarias de “la ciudad”: En invierno-dice- , unos aguaceros instantáneos y arrasadores desbordaban las letrinas y convertían las calles en lodazales nauseabundos”. “Al anochecer,  en el instante opresivo del tránsito,  se alzaba de las ciénagas una tormenta de zancudos carniceros, y una tierna vaharada de mierda humana, cálida y triste, revolvía en el fondo del alma la certidumbre de la muerte”. “Las casas coloniales bien dotadas tenían letrinas con pozas sépticas, pero los dos terceras partes de la población hacinada en barracas a la orilla de las ciénagas hacía sus necesidades al aire libre”, el mercado“Estaba  asentado en su propio muladar,  merced de las veleidadesdemar de leva, y era ahí donde los eructos de la bahía devolvían a la tierra las inmundicias  de los albañales”.  Por otra parte, el agua que bebían las personas más acomodadas provenía de “aljibes subterráneos donde se almacenaban bajo una espesa nata de verdín las aguas llovidas durante años”. El escritor revela con precisión el deplorable estado de salubridad que, dígase de paso,  era común en la mayoría de ciudades del mundo durante el siglo XIX. El Vibrio choleraetenía, pues aquí, en esta ciudad hecha de  páginas, un poderoso y a su vez acogedor referente de la realidad donde vivir.

LOS SÍNTOMAS Y SIGNOS
            Los síntomas atribuidos al cólera ocupan en la novela escasas y dispersas líneas. Florentino Ariza, el gran enamorado de Fermina Daza, sufre, esperando una carta de la amada, diarrea y vómitos verdes, además de pérdida de la orientación, desmayos repentinos, “pulso tenue, respiración arenosa, y los sudores pálidos  de los moribundos”. Su madre piensa que ha contraído el cólera; pero un médico homeópata descarta esta posibilidad porque no tenía fiebre ni dolor en ninguna parte y  “le bastó un interrogatorio insidioso, para comprobar una vez más que los síntomas del amor son los mismos del cólera”. En otra oportunidad el mismo Florentino Ariza, navegando por el río La Magdalena, estuvo “tiritando de calentura” por lo que es aislado en el camarote de cuarentena por el médico de a bordo temiendo que fuera un caso de cólera. En otra parte se describe a un hombre procedente de Curazao “un enfermo de caridad que tenía coloración azul en todo el cuerpo” “el enfermo murió a los cuatro días, ahogado en un vómito blanco y granuloso”. En otro momento, Fermina Daza, probablemente la mujer más amada en la literatura mundial, encuentra cadáveres “achicharrados al sol”  con grumos blancos en la boca.
            El narrador recoge, pues,  varios síntomas compatibles con el cólera: diarrea, vómitos, respiración arenosa (¿acidótica?), cianosis, diaforesis, desmayos, pulsos tenues. Estos últimos son signos de pacientes que han  perdido grandes volúmenes de líquidos. Los vómitos son descritos como “blancos y granulosos”. Las deposiciones, sorprendentemente, son referidas en menos ocasiones que los vómitos y sólo son enunciadas sin detenerse a describirsus características, en esta enfermedad, tan llamativas como particulares. La fiebre y los dolores son referidos, en la novela,  como síntomas muy importantes a tal punto que la ausencia de fiebre aleja en unaoportunidad la posibilidad de cólera y en otra, su presencia induce a pensar en él. En realidad la fiebre es sumamente rara en esta entidad, sin embargo, entre los viejos nombres que recibió el cólera,  se halla el de “fiebre álgida grave”. Quizá la explicación que nos da el Dr. Mata con respecto a la epidemia costarricense sirva para justificar al Nobel colombiano (si es que caben justificaciones en literatura): “Es  bastante probable que la disentería precedió al cólera traslapándose ambas epidemias”. Este mismo autor, analizando la información de otro médico, testigo de la epidemia mejicana, concluye “algunas personas tuvieron diarrea con fiebre, retortijones y dolores abdominales, síntomas que son típicos de la disentería y no del cólera” (8). En efecto, los dolores abdominales son muy infrecuentes, no así los calambres que tanto,  torturan al enfermo.

ENFRENTANDO AL CÓLERA
            El novelista sintetiza así la participación de los dos médicos que enfrentaron el cólera: “Apenas terminados sus estudios de especialización en Francia, el doctor Juvenal Urbino se dio a conocer en el país por haber conjurado a tiempo, con métodos novedosos y drásticos,  la última epidemia de cólera morbo que padeció la provincia. La anterior cuando él estaba todavía en Europa, había causado la muerte de la cuarta parte de la población urbana en tres meses, inclusive a su padre, que fue también un médico muy apreciado”. “El doctor Marco Aurelio Urbino, padre de Juvenal, fue un héroe civil de aquellas jornadas infaustas, y también su víctima más notable. Por determinación oficial concibió y dirigió en persona la estrategia sanitaria, pero de su propia iniciativa acabó por intervenir en todos los asuntos del orden social, hasta el punto de que en los instantes más críticos  de la peste no parecía existir ninguna autoridad por encima de la suya”.
            No está claro qué hizo Marco Aurelio en su fallido intento por detener la epidemia. Sólo figura un “bando del cólera”en el que se imponía a la guarnición local disparar un cañonazo cada cuarto de hora, de día y de noche,  “de acuerdo a la superstición cívica de que la pólvora purificaba el ambiente”.Esta práctica es coherente con la teoría de los “miasmas” que dominó buena parte del siglo XIX. La teoría de los miasmas  sostenía que el contagio se daba por el aire. Era este el que transportaba descargas de contagio desde los cadáveres y  las materias putrefactas. No obstante que ya 1849 el médico inglés John Snow publica su clásica obra “Sobre el método de trasmisión del cólera”  en la que establece el papel protagónico del agua, un grupo importante de autoridades médicas seguía sosteniendo que el cólera era una materia que se difundía por el aire y también era distribuida y diseminada  por la interacción humana (9). Volviendo a la novela: “Años después, revisando la crónica de aquellos días, el doctor Juvenal Urbino comprobó que el método de su padre había sido más caritativo que científico, y que de muchos modos era contrario a la razón, así que había favorecido en gran medida la voracidad de la peste”.
            En cambio Juvenal Urbino, que citaba a Charcot y a Trusseau“como si fueran sus compañeros de cuarto” y que “mandó para el desván los tratados de ciencia virreinal y de la ciencia romántica” de su padre y puso en los “anaqueles vidriados los de la nueva escuela de Francia” se movía por los tiempos del cólera con pasos firmes y precisos:
1.      Apeló a las instancias más altas para que cegaran los albañales españoles y construyeran  en su lugar alcantarillas cerradas cuyos desechos no desembocaran enla ensenada del mercado, si no en algún vertedero distante.
2.      Trató de imponer en el cabildo un curso obligatorio de capacitación para que los pobres aprendieran a construir sus propias letrinas.
3.      Luchó para que la basura no se botara en los manglares y para que se recogiera por lo menos dos veces por semana y se incinerara en despoblados.
4.      Consciente de la acechanza mortal de las aguas de beber y de la falsa seguridad que daban los filtros de piedra de los aljibes,  pensó en construir un acueducto e inclusive en mineralizar el agua de dichos depósitos, aunque para ello tuvo que luchar con enraizadas supersticiones.
5.      Cambió de lugar el mercado y lo construyó cerrado y lejos del muladar en el que estaba.
6.      Alertó a sus colegas y a las autoridades de los puertos vecinos a fin de poner en cuarentena a las embarcaciones contaminadas.
7.      Sometió, igualmente, a cuarentena individual y barrial a las personas de los lugares donde se presentaran casos de cólera.
8.      Consiguió imponer la cátedra obligatoria de cólera y de fiebre amarilla en la escuela de medicina.
Casi la totalidad de sus propuestas, más temprano que tarde se llevaron a cabo. En menos  de un año los riesgos de la epidemia fueron conjurados y “Nadie puso en duda que el rigor sanitario del Dr. Juvenal Urbino, más que la suficiencia de sus pregones había hecho posible el prodigio”.  Desde nuestro escritorioy en los albores del siglo XXI, imaginando a Juvenal Urbino y con él  a la formidable ficción del escritor de Aracataca, decimos: Efectivamente, fue el rigor sanitario, pero fue también la inmunidad que 6 años atrás había dejado el cólera en la población sobreviviente.

LA TERAPÉUTICA
            Al contrario de la enérgicas y variadas medidas de prevención, nada hay en la novela  de la terapéutica en los casos de cólera. El pasaje aquel cuando enferma el Dr. Marco Aurelio ilustra esta ausencia: “Cuando reconoció en sí mismo los trastornos irreparables que había visto y compadecido en los otros, no intentó siquiera una batalla inútil, sino que se apartó del mundo para no contaminar a nadie”.  Tampoco se dice nada nada del enfermo cianótico que venía de Curazao pese a que permaneció cuatro días en el  Hospital de la Misericordia en donde laboraba Juvenal Urbino. Hay escondida en una línea, la referencia a una “buena carga de bromuro” en una persona sospechosa de cólera que presentaba fiebre y escalofríos. Y nada más.
            Llama la atención que el autor haya omitido, casi desperdiciado,  este “suculento” aspecto que en la historia de esta enfermedad es frondoso y hasta estrambótico. En el año 1832, por ejemplo, el presidente de la Sociedad Médica del Estado de Nueva York, al parecer muy frustrado por los resultados, aconsejó el taponamiento del recto de los enfermos con linóleo y cera de abeja. En Costa Rica, en la epidemia de 1856, el Dr. Carl Hoffman recomienda  utilizar  en los pacientes que presentan enfriamiento, frotaciones con sustancias irritantes y si esto no fuera suficiente, aplicación de ladrillos calientes o “paños de agua hirviendo hasta levantar ampollas”. Otro intento por calentar el cuerpo era tomar “de media a media hora una cucharada de aguardiente alcanforado hasta que se desvanezca el hielo del cutis y se produzca un sudor caliente” (10). En otros lugares, comentaba el profesor Carpenter,  se aconsejaba transfusiones de leche para combatir la cianosis. Con razón Bushman se queja desde Londres, en 1850,  que en los dos brotes epidémicos de los que fue testigo, los médicos no hayan reducido un ápice la  mortalidad. “La mortalidad en cualquier parte de Europa y bajo cualquier variedad de tratamiento médico,  de empleo común, ha sido la misma”-decía (11). Y es que la solución de Perogrullo dereponer líquidos a quienes los están perdiendo no halló en el siglo pasado el camino correcto. O, si es que lo encontró, sólo fue para extraviarse rápidamente de él. Porque Latta en 1932 introduce  el empleo de líquidos intravenosos, pero los pacientes que al principio experimentaban mejoría terminaban siempre sucumbiendo. “un caso de demasiado poco, demasiado tarde” dice Gerald Keusch, tratando de encontrar una explicación (12). La rehidratación oral también fue intentada (Marsde, 1834) con éxitos modestos y abundantes fracasos. Por lo tanto,  estos procedimientos fueron desalentados hasta su “redescubrimiento” un poco más allá de mediados de este siglo. El conocimiento de la composición de la diarrea que en el cólera es muy semejante  al del plasma sanguíneo y la observación trascendental de Phillips y sus colaboradores que la adición de glucosa en la solución hidratante aumenta la absorción de agua y electrolitos en quienes la beben, permitieron establecer conductas terapéuticas de cuyo éxito todos somos testigos, todos menos los abnegados médicos del “Amor en los tiempos del cólera” que no tuvieron la vida suficiente para conocerlo.

LA EPIDEMIA
            En la historia del cólera a nivel mundial se tienen registradas siete pandemias que se iniciaron en los años 1816, 1829,  1852,  1863, 1881, 1889 y la actual iniciada en 1961 (14).
            Teniendo en cuenta la edad de los protagonistas y otros acontecimientos que,  en la ficción, les tocó vivir la epidemia de “El amor en los tiempos del cólera” sería parte de la cuarta pandemia. Es decir de  aquella   que se inicia en 1863 y que se extiende por el mundo, sea  por tierra o por mar, durante 10 años. El Boletín Epidemiológico de la OPS no se refiere explícitamente a Colombia como país involucrado en esta cuarta pandemia como si lo hace  en las dos anteriores;  sin embargo por lo extenso del territorio americano EEUU, Canadá,  Nicaragua, Belice,  Paraguay, Argentina, Brasil, Bolivia e incluso Perú, es probable que Colombia también hay sido tocada.
            El cólera en la novela, se presenta en dos ondas claramente establecidas. La primera, se produce seis años antes que el Dr.  Juvenal retornara de Europa. Y fue la más grande: “había causado la muerte a la cuarta parte de la población urbana en menos de tres meses”,las “primeras víctimas cayeron  fulminadas  en los charcos del mercado” y “en once semanas había causado la más grande  mortandad de nuestra historia”. Por otra parte, “El cólera fue más encarnizada en la población negra, por ser la más numerosa y pobre, pero en realidad no hubo miramientos de colores ni linajes”. Hay otra curiosa característica: “Cesó de pronto como había empezado”
            En la ficción, la segunda onda aconteció seis años después de la primera. Una persona que había llegado aparentemente sana de Curazao falleció en el hospital de la ciudad. Después de varias semanas unos niños hicieron cólera y hubo once casos más en tres meses. En  el quinto mes se presentó “un recrudecimiento alarmante, pero al término del año se consideró que los riesgos de una epidemia habían sido conjurados”. Por lo demás “todos los casos habían sido en  los barrios marginales, y casi todos en la población negra”. Dice la novela también que “desde entonces y hasta muy avanzado este siglo el cólera fue endémico en casi todo el litoral del Caribe y en la cuenca de La Magdalena”.
            A esta altura del camino yo no sé si es el zapato de la ficción el que calza mejor  en el pie de la realidad  o viceversa; pues el comportamiento de una epidemia de cólera  es así:  su primer ingreso es devastador y compromete preferentemente a la población expuesta,  ¡y qué mejor lugar de comienzo que el mercado! (¡y  ese mercado!). El segundo  episodio es más atenuado y esto tiene que ver con el grado de inmunidad que alcanzan las personas ya que no todas las que hacen contacto con el Vibrio choleraehacen la enfermedad y no todos los que hacen la enfermedad mueren;pero, sí, adquieren un grado de  respuesta inmune protectora;sin desmerecer, obviamente,  los denodados esfuerzos de Juvenal Urbino. Por otra parte, son los niños los que inician  el segundo episodio en la novela, como si se hubiera tratado de una infección intradomiciliaria, aunque era una pequeña de cinco años y su hermano que, acaso,  ya podían salir de su casa y jugar en los charcos de la calle. Sin embargo, la presencia de niños  en el segundo episodio es una anotación muy interesante. Por lo demás, en el cólera, los sectores más pobres son  los mayormente afectados por el hacinamiento y la ausencia de agua y desagüe que propician una cohabitación mayor entre el ser humano y sus excretas.
            El brusco final del primer episodio no es infrecuente: “duran varios años y luego desaparecen inexplicablemente”, dice Wallace (15). Mucho más si el Vibrio cholerae de esa pandemia fue el biotipo clásico que tiene menos capacidad de adaptación al medio y por lo tanto de sobrevivencia que el biotipo El Tor responsable de la pandemia actual.
            El cólera se hizo endémico en el litoral del Caribe y en la cueca de La Magdalena permaneciendo así hasta muy entrado el siglo XX, dice el narrador. El continente americano quedó libre de cólera a fines del siglo XIX dicen los textos que tratan el tema. He ahí una controversia. Punto.

LOS DOS MÉDICOS
            -¿Es cierto que ella descubre fácilmente la clave de tus novelas?- preguntó Plinio Apuleyo Mendoza, refiriéndose a doña Luisa Santiaga, la madre del escritor, en la misma conversación  con la que iniciamos este ensayo.
            -Sí- contestó el Gabo-,  de todos mis lectores, ella es la que en realidad tiene más instinto, y desde luego mejores datos para identificar en la vida real a los personajes de mis libros. No es fácil, porque casi todos mis personajes son como  rompecabezas armados con piezas de muchas personas distintas y por su puesto con piezas de mí mismo. El mérito de mi madre es que ella tiene en este terreno la misma destreza que tiene un arqueólogo cuando logra reconstruir un animal prehistórico completo a partir de una vértebra encontrada en una excavación… (16).
            El cólera era, en los tiempos que de la novela,  una enfermedad mortal en alto grado. El cólera era en el mundo, en esos mismos tiempos,  escenario de grandezas y mezquindades, territorio de sacrificios y renuncias, privilegiado espacio de pasiones, de muchas pasiones, en fin, campo de batalla de inteligencias lúcidas y obnubiladas. Por esos tiempos, John Snow, el primero en administrar anestesia a la reina de Inglaterra, logra,  en base a cuidadosas observaciones, concebir y postular que el cólera se trasmitía por el agua contaminada (17), pero el prestigioso Colegio Real de Cirujanos rechazó esta afirmación. Unos años más tarde, Koch consigue en Egipto, examinando el contenido intestinal de personas que habían muerto por cólera, visualizar por primera vez el inimaginable Vibrio; poco después, su obstinado opositor y coterráneo von Petterkofer se traga temerariamente, y previo bicarbonato, el cultivo fresco y letal de esta bacteria… ¡y no le pasó nada! . Los caricaturistas, también en estos tiempos, ilustran jocosas fugas de médicos dejando tras ellos a multitudes reclamantes de enfermos de cólera. Pero, por este tiempo, también,  y aún más atrás, aparecieron médicos como el guatemalteco Nazario Toledo batiéndose en el estado de Chapas, sí, el mismo estado de los zapatistas con su subcomandante Marcos de hoy, entonces azotado por la peste; el mismo doctor Toledo aparece, luego, asesorando al gobierno de Costa Rica en la confección  de los decretos “para preservar al país de los estragos del cólera” poniendo énfasis especial en la higiene personal, de la vivienda y de los alimentos (y esto ¡en 1836!).
            Gabriel García Márquez construye, para esos tiempos, dos personajes a la altura de las circunstancias. Aurelio y Juvenal son médicos, para decirlo en una palabra, dignos.
            Aurelio, limitado por los conocimientos de la época, lucha y muere por sus enfermos. Es más, muere “Encerrado solo en un cuarto de servicio del Hospital de la Misericordia, sordo al llamado de sus colegas y ala súplica de los suyos”. Muere escribiendo “ para la esposa y los hijos una carta de amor febril, de gratitud por haber existido, en la cual se rebelaba cuánto y con cuánta avidez había amado la vida”. Su mujer no perdonaba el hecho que “se hubiera sacrificado a conciencia por una montonera de negros”. Aurelio es un médico de su tiempo ante el que no puedo evitar  un sentimiento de admiración pero también de solidaria congoja.
            Juvenal, por otra parte, constituye la llegada a esta provincia del Caribe de lo más adelantado del conocimiento europeo de la segunda mitad del siglo XIX. No solo en el campo médico sino también en la literatura, la música, el teatro, etc. Juvenal llega, además,  poseído de un gran amor por su ciudad natal y una obsesiónpor la epidemia del cólera, cuya inminencia pronostica. Pronostica y enfrenta lúcida y responsablemente, saliendo victorioso.
            Un comentario aparte merece la relación de estos dos médicos con el poder político. Juvenal Urbino, como su padre,  tiene acceso directo al poder. Acceso logrado en función a su prestigio y ascendencia. Es una relación que va más allá de la asesoría, es  capaz de cambiar el rumbo de los acontecimientos. De otro modo no podría explicarse las obras de infraestructura sanitaria, entre otras, en su lucha contra el cólera.
            En resumen, “las vértebras” que encontramos sugieren pertenecer a excelentes especímenes de la familia humana y por ende de la profesión médica.

LA COINCIDENCIA
            “En ‘Funerales de Mamá Grande’-dice García Márquez a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza- cuento un inimaginable viaje del Papa a una aldea colombiana. Recuerdo haber descrito al presidente como calvo y rechoncho, a fin de que no se pareciera al que entonces gobernaba el país, que era alto y óseo. Once años después de escrito este cuento, el Papa fue a Colombia y el presidente que lo recibió eracalvo y rechoncho. Después de escrito ‘Cien años de soledad’, apareció en Barranquillaun muchacho confesando que tiene una cola de cerdo” (19).
            “El amor en los tiempos del cólera”  fue publicada por primera vez en 1985. En la novela, cuando Juvenal Urbino volvió a su tierra “sintió desde el mar la pestilencia del mercado, y vio las ratas en los albañales y los niños revolcándose desnudos en los charcos de las calles”, entonces “no sólo compendió que la desgracia hubiera ocurrido, sino tuvo la certeza que iba a repetirse en cualquier momento”. Pero estos sucesos que en la ficción ocurren  en las últimas décadas del siglo XIX, volvieron a repetirse más de un siglo después. La certeza de  Juvenal Urbino, a manera de un extraño anfibio, vivió oculta en el tiempo de la ficción y la realidad hasta el 1º de marzo de 1991 en que saca la cabeza con el primer caso de cólera que aparece en Colombia, el mismo que un mes después asciende a 112 (20) y en seis meses a 5477 casos con 115 fallecimientos.
            Transcurridos los años, la convicción de Juvenal Urbino nos sorprende mucho menos. Es el huevo de Colón que nadie (o muy pocos) imaginó; pero huevio de Colón al fin y al cabo: la extrema pobreza, la educación precaria, la ausencia o mala  calidad de los servicios básicos hacían previsible por no decir inevitable el retorno del cólera. Y aquí está ahora entre nosotros, poniendo el dedo en la llaga, evidenciando la desidia del pasado, la baja prioridad concedida a la salud y al saneamiento y  la gestión deficiente de los escasos recursos existentes” (21). El pronóstico de Juvenal Urbino mantiene su vigencia terrible, porque está vigente también, esa “deuda social” impaga desde siempre a nuestros pueblos.

COLOFON
            “El amor en los tiempos del cólera” es, repitámoslo,  una larga historia de amor donde el cólera es  apenas una sucesión de hitos espaciados.
            Quise confrontar la huella de esos hitos con la que dejó la realidad o lago oficialmente parecido a ella (para ser más exactos).
            Y he constatado que la mayoría de veces el cólera pasó dejando por la realidad y la ficción un rastro semejante.
            Sin embargo hay detalles que hacen pequeñas diferencias. Los hemos señalado.
            Por lo demás, creo que he concluido a tiempo. Justo en el momento donde aparece el riesgo a las complicidades.



REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
1.      García Márquez G, Mendoza Apuleyo P. El olor de la guayaba. Editorial La Oveja Negra, Perú, 1982, p 37.
2.      García Márquez G. El amor en los tiempos del cólera. Editorial La Oveja Negra, 1ª Ed., Colombia, 1985.
3.      OPS. Antecedentes  históricos del cólera en las Américas. Boletón Epidemiológico, 1991; 12(1): 10-12.
4.      Gonzales SN, Saltigeral SP. Cólera Conceptos Actuales. Interamericana. Mc Graw-Hill. México, 1992, p 2.
5.      Benenson AS. El control de las enfermedades trasmisibles en el hombre. OPS, 14ª Ed. Washington, 1987, p 48.
6.      OPS. Op. cit. p 11.
7.      Mata L. El cólera historia, prevención y control. Editorial de la Universidad de Costa Rica. Costa Rica. 1992, p. 55.
8.      Mata L. Op. cit. p. 60.
9.      Mata l: Op. cit. p. 9.
10.  Mata L. Op. cit. p 77
11.  Keusch GT. Cólera enFeigin RD, Cherry JD eds. Tratado de enfermedades infecciosas pediátricas. W. B. SaudersCompany. España, 1981, p. 500.
12.  Keusch GT. Op. cit. p. 501.
13.  Mata L. Op. Cit. p. 13.
14.  Kumate J, Gutiérrez G, Muñoz O. Manual de Infectología. Méndez Editores. México, 1992, p.76
15.  Wallance CK. Cólera en Braude AI. Enfermedades Infecciosas. Editorial Médica Panamericana. Bs Ac 1984, p. 288.
16.  García Márquez G, Apuleyo Mendoza P. Op. cit. p.36
17.  Guerreo R, Mendoza G, Medina E. Epidemiología. Editorial Addison-Wesley Iberoamericana. México. 1986. p. V.
18.  Mata L. Op. cit. p. 12-17.
19.  García Márquez G. Apuleyo Mendoza P. Op. cit. p. 36
20.  OPS. Casos de cólera en Colombia. Boletin Epidemiológico, 1991; 12 (1): 9-10.

21.  Bol Of SanitPanam 110 (6), 1991, p.i.

Dr. Ángel Gavidia, Poeta, Escritor y Médico Trujillano.


19 abril 2014

Norka Bríos Ramos: Poemas

SOY EL PERÚ


Por Norka Bríos Ramos

Según el sentir nacional

soy un país prodigioso;

según la mirada universal

soy un país bondadoso,

un país de espíritu bravío,

herencia del Imperio Incaico

de sangre precolombina;

raza noble y generosa

del Sacsayhuaman vigoroso,

hijo del magnánimo Inti y la dulce Killa,

alas de cóndor y corazón de vicuña,

estirpe de ternura y roca

del Machu Picchu maravilloso;

país de los apus y la flor de la cantuta,

del caballito de mar y la balsa de totora

del curare y la cerbatana,

de selvas tropicales y vistosos plumajes;

país de imponentes glaciares,

de azules lagunas y serpentinos ríos

que endulzan los mares del mundo;

país de múltiples legados

donde florece la danza,

la canción y el sabor nacional;

país de valles fecundos y humedales,

desiertos, bosques y manglares,

casta de nobles chasquis

y manos alfareras,

del Ayllu y la Minka

de la papa y la quinua,

fruto del Ayni y la Pachamama

de los andenes milenarios,

del Gran Tahuantinsuyo,

¡SOY EL PERÚ!

GUERREO DE LUZ

Norka Brios Ramos

Alguna vez escuche decir:
Sigue tu camino
trazando rutas,
dejando huellas
huellas de paz.
en tu largo caminar.

Si ahora me vez
cansada en la orilla
del camino de la vida
levántame y dame la mano
Alientame y dime 
que aún puedo.

Tal vez sea esto 
 lo que me hacía falta
una voz de aliento
que queria escuchar
una mano que me levante
y una caricia que me de ternura.

Si me escuchas decir que la vida 
 es dura , insípida y sin razón
porque ya no puedo 
 seguir con mi rutina

Recuérdame que aún
 hay mucho por hacer
y porque vivir.

Pero dime como sigo 
cantando , bailando
 si no hay motivo alguno,
si siento que mi vida 
va llegando a su letargo
Ponme un desafío y dame
un motivo para seguir viviendo.

Entonces empesare a vivir 
 a reir nuevamente  a reunir
mi alma y mi sentir
aliviaré el fuego de mi antorcha 
retando al tiempo y al viento

Entonces estaré lista 
para el nuevo reto  de vivir 
y seguir luchando
  como una guerrera de luz.

Si me vez pesimista, 
sin ver mas espacios 
sólo abismos y peñazgos
recordare que hay puentes,
 alas y mundos nuevos,
aún por conocer
personas guerreras  porque 
saben luchar y luchar
contra la adversidad
por sus ideales.

Si me vez cansada 
fuera del camino
recuéstame bajo un árbol
para llenarme de energía 
a pesar de ser mecido,
 agitado,  deshojado
sigue erguido y retoñando.

Si aún asi me vez cansada
 al borde del camino
lleva mi mirada hacía 
tu camino, toma mi mano
y dame tu aliento para
seguir tus huellas marcadas
en el tiempo que tienes 
de caminante y guerrero de luz.

San Isidro 17 de 01. 14

A MI MANERA

Norka Brios Ramos
A mi manera........my way..
expreso  en este poema,
versos que siente el alma mía.,
 para dar gracias a Dios
por la vida,
por lo que tengo 
por lo que doy 
por lo que valgo 
por lo que siento 
y por lo que soy.. 

Gracias a la vida y al amor
disfruto el momento
con alegría
Ami manera......
Tengo sueños cumplidos 
y muchos por cumplir y
vine a la vida ..así como soy
con virtudes y defectos
asi soy feliz 

Ami manera....  my way.

San Isidro, 10 de junio 2013.

MAÑANA SERÉ MARIPOSA

Por Norka Brios Ramos.

Me levante con la luz del sol,
me cubrí con copos de nubes blancas,
envuelta en un cálido manto
de cinturón azul cielo.

Mi desnudez se cubrió de tul blanco
adornado con hilos de plata.
Cuando ya divisa el medio día,
creció el sol en aura punzante.

Es un acto de acción un saludo a la vida,
el canto a la alegría.

Que comiencen las danzas
remontando en vuelo 

sobre los andes del Perú,
así llegar al Huascarán y cubrir
su blancura a perpetuidad
con el reflejo de mis alas blancas
entonces ofreceré a la sabia de las flores
la blancura de la nieves.

Surgirán vástagos en el aire circundante
y yo seré una blanca mariposa 

luminosa y excéntrica, con las alas tendidas
y el instinto del vuelo que aún estoy
dentro del capullo.
Ya el lucero desciende y la luna plateada
cubre con su manto.

Hace frío y esta oscuro acaso
seré todavía una crisálida.?

Espero en silencio deseosa de ver la luz del día
y dar las gracias a Dios,
aún tengo las cintas doradas,
la desnudez no ha sido ofendida,
ahora me preparo para dormir
y me rindo a los brazos de la noche porque
mañana seré....una blanca MARIPOSA 

y volare a Miami llevando
un mensaje de paz y amistad.

EL POETA DE LA CONFRATERNIDAD

Por Norka Bríos Ramos

Un día miércoles de madrugada vino al mundo,
fruto del amor de sus padres Rodrigo y Laura;
ocurrió el 27 de enero de 1937 en Piscobamba,
mes de campos que reverdecen en la Sierra;
por eso Juan es la savia que nutre y cuida
las hojas de los arboles natales, 
y descifra con su pluma
el secreto que guardan sus raíces milenarias.

Seres humanos bendecidos como él,
colman de simiente los surcos poéticos
e iluminan con su fulgor los mitos y leyendas;
son los heraldos que ponen alas a los recuerdos
en el vuelo trashumante de la añoranza
que en el fragor de los años atiza la memoria,
recuerdos de río, de aguacero, de rocío…
como el agua clara que baja canora de los glaciares,
dando vida a raudales, antes de su beso con el mar;
son los que reparten con fe y esperanza
el pan y el vino de la amistad ancashina,
con las manos solidarias del Perú profundo.

Mis ojos han visto amigos de AEPA,
acompañar a Juan al hermano de ruta,
desde la primera, hasta la última lágrima.

Callao, 27 de enero de 2013

POEMA
Norka Brios Ramos

Así, todo el pueblo comenta
más ello no se inventa
¿Qué es un zorro o es un lobo?
quién sabe si es un bobo.
Es gris el pequeño lobo
se enamoró como una lombriz
Que paso por una nariz
Su amor por ella es zalamero
Así su cola parece un plumero
su cara es de zorro fulero.

Que va saltando y cantando
Esta enamorado y va gritando
A todo pulmón su gran amor
A la luna por quien da su honor
Todos los días aun de noche
De cerro en cerro sin roche
En su intento de alcanzar
y su delirio de besar y abrazar
Sueña y fantasea para cazar
Con su pequeño hocico
que parece un perico
El zorrolobo espera muy ansioso
a su bella deslumbrante amada
Y la luna muy horonda
Completamente toda redonda
Admira a su amado embelesada
Desde la cumbre muy alta rodo
El zorrolobo lanzoce y quedo
Plasmado en el corazón de la luna
Así estampado quedo por una vida.

Desde entonces la luna
Encantada quedo enamorada
Y ostenta una gran mancha
Gris oscuro de su amado
En noches de luna llena
ve la figura del zorro lobo
del gran aventurero Ventura
que en ello sello su corazón.

  ACARICIAME

Acariciame amor
como si fuera 
la última vez.
Acariciame, hoy
con la ternura  eterna
de tu corazón de poeta.
Acariciame lentamente
para no sentir  luego
 nostalgias de tu usencia.
Acariciame  suavemente
como si fueran
pusilámines aleteos  
de una gaviota de espuma.
Acariciame, como cuando 
una mariposa se posa
 sobre una  blanca rosa  
que con el simple viento
 se deshoja perfumando.
Acariciame, como la suave 
brisa marina que en tardes
 veraniegas murmuran
 melodias del recuerdo

Norka Brios Ramos

San Isidro 01 de febrero 2014



RECORDANDO A CÉSAR VALLEJO EN EL 76 ANIVERSARIO DE SU MUERTE - POR NORKA ZULEMA BRÍOS RAMOS (AEPA, BOLOGNESI)


Por qué Garcia Marquez emigró a México? hoy se rasgan las vestiduras de hipocresía‏

TRIBUNA:

Punto final a un incidente ingrato

Nunca, desde que tengo memoria, he dado las gracias por un elogio escrito ni me he contrariado por una injuria de Prensa. Es justo cuando uno se expone a la contemplación pública a través de sus libros y sus actos, como yo lo he hecho, los lectores deben disfrutar del privilegio de decir lo que piensan, aunque sean pensamientos infames. Por eso renuncié hace mucho tiempo al derecho de réplica y rectificación -que debía considerarse como uno de los derechos humanos- y, desde entonces, en ningún caso y ni una sola vez en ninguna parte del inundo he respondido a ninguno de los tantos agravios que se me han hechoo, y de un modo especial en Colombia.Me veo obligado a permitirme ahora una sola excepción, para comentar los dos argumentos únicos con que el Gobierno ha querido explicar mi intempestiva salida de Colombia la semana pasada. Distintos funcionarios, en todos los tonos y en todas las formas, han coincidido en dos cargos concretos. El primero es que me fui de Colombia para darle una mayor resonancia publicitaria a mi próximo libro. El segundo es que lo hice en apoyo de una campaña internacional para desprestigiar al país. Ambas acusaciones son tan frívolas, además de contradictorias, que uno se pregunta escandalizado si de veras habrá alguien con dos dedos de frente en el timón de nuestros, destinos.
La única desdicha grande que he conocido en mi vida es el asedio de la publicidad. Esto, al contrario de lo que creo merecer, me ha condenado a vivir como un fugitivo No asisto nunca a actos públicas ni a reuniones multitudinarias, no he dictado nunca una conferencia, no he participado ni pienso participar jamás en el lanzamiento de un libro, les tengo tanto miedo a los micrófonos y a las cámaras de televisión como a los aviones, y a los periodistas les consta que cuando concedo una entrevista es porque respeto tanto su oficio que no tengo corazón para decirles que no.
Esta determinación de no con vertirme en un espectáculo público me ha permitido conquistar la única gloria que no tiene precio: la preservación de mi vida privada. A toda hora, en cual quier parte del mundo, mientras la fantasía pública me atribuye compromisos fabulosos, estoy siempre en el único ambiente en que me siento ser yo mismo: con un grupo de amigos. Mi mérito mayor no es haber escrito mis libros, sino haber defendido mi tiempo para ayudar a Mercedes a criar bien a nuestros hijos. Mi mayor satisfacción no es haber ganado tantos y tan maravillosos amigos nuevos, sino haber conservado, contra los vientos más bravos, el afecto de los más antiguos. Nunca he faltado a un compromiso, ni he revelado un secreto que me fuera confiado para guardar, ni me he ganado un centavo que no sea con la máquina de escribir. Tengo convicciones políticas claras y firmes, sustentadas, por encima de todo, en mi propio sentido de la realidad, y siempre las he dicho en público para que pueda oírlas el que las quiera oír. He pasado por casi todo en el mundo. Desde ser arrestado y escupido por la policía francesa, que me confundió con un rebelde argelino, hasta quedarme encerrado con el papa Juan Pablo II en su biblioteca privada, porque él mismo no lograba girar la llave en la cerradura. Desde haber comido las sobras de un cajón de basuras en París, hasta dormir en la cama romana donde murió el rey don Alfonso XIII. Pero nunca, ni en las verdes ni en las maduras, me he permitido la soberbia de olvidar que no soy nadie más que uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca. De esa lealtad a mi origen se deriva todo lo demás: mi condición humana, mi suerte literaria y mi honradez política.
He dicho alguna vez que todo honor se paga, que toda subvención compromete y que toda invitación se queda debiendo. Por eso he sido siempre tan cuidadoso en mi vida social. Nunca he aceptado más almuerzos que los de mis amigos probados. Hace muchos años, cuando era crítico de cine y estaba sometido a la presión de los exhibidores, conservaba siempre el pase de favor para demostrar que no había sido usado, y pagaba la entrada. No acepto invitaciones de viajes con gastos pagados.
El boleto de nuestro vuelo a México de la semana pasada -a pesar de la gentil resistencia de la embajadora de aquel país en Colombia- lo compramos con nuestro dinero. Pocos días antes, sin consultarlo conmigo, un amigo servicial le había pedido al alcalde de Bogotá que hiciera cambiar el horario del racionamiento eléctrico en mi casa, pues coincidía con mi tiempo de trabajo, y tengo un estudio sin luz natural y una máquina de escribir eléctrica. El alcalde le contestó, con toda la razón, que Balzac era mejor escritor que yo y, sin embargo, escribía con velas. Al amigo que me lo contó indignado le repliqué que el señor alcalde cumplió con su deber, y que contestó lo que debía contestar.
La gente que me conoce sabe que esta es mi personalidad real, más allá de la leyenda y la perfidia, y que si quedé mal hecho de fábrica ya es demasiado tarde para volverme a hacer nuevo. De modo que no, ilustres oligarcas de pacotilla: nadie se construye una vida así, con las puras uñas, y con tanto rigor minuto a minuto, para salir de pronto con el chorro de babas de asilarse y exiliarse sólo para vender un millón de libros, que además ya estaban vendidos.
El segundo cargo, de que me fui de Colombia con el único propósito de desprestigiar al país, es todavía ni ellos consistente. Pero tiene el mérito de ser una creación personal del presidente de la República, aturdido por la imagen cada vez más deplorable de su Gobierno en el exterior. Lo malo es que me lo haya atribuido a mí, pues tengo la buena suerte de disponer de dos argumentos para sacarlo de su error.
El primero es muy simple, pero quiero suplicar que lo lean con la mayor atención, porque puede resultar sorprendente. Es este: en ninguna de mis ya incontables entrevistas a través del mundo entero -hasta ahora- no había hecho nunca ninguna declaración sobre la situación interna de Colombia. ni había escrito una palabra que pudiera ser utilizada contra ella. Era una norma moral que me había impuesto desde que tuve conciencia del poder indeseable que tenía entre manos, y logré mantenerla, contra viento y marea, durante casi 30 años de vida errante. Cada vez que quise hacer un comentario sobre la situación interna de Colombia lo vine a hacer dentro de ella o a través de nuestra Prensa. El que tenga una evidencia contra esta afirmación le suplico que la haga conocer de inmediato, de un modo serio e inequívoco y con pruebas terminantes. Pues también suplico a mis lectores que si esas pruebas no aparecen, o no son convincentes, lo consideren y proclamen desde ahora y para siempre como un reconocimiento público de mi razón.
El segundo argumento es todavía más simple, y no ha dependido tanto de mí como de la fatalidad. Es este: tengo el inmenso honor de haberle dado más prestigio a mi país en el mundo entero que ningún otro colombiano en toda su historia, aun los más ilustres, y sin excluir, uno por uno, a todos los presidentes sucesivos de la República. De modo que cualquier daño que le pueda hacer mi forzosa decisión lo habría derrotado yo mismo de antemano, y también a mucha honra.
En realidad, el Gobierno se ha atrincherado en esas dos acusaciones pueriles, porque en el fondo sabe que mi sentido de la responsabilidad me impedirá revelar los nombres de quienes me previnieron a tiempo. Sé que la trampa estaba puesta y que mi condición de escritor no me iba a servir de nada, porque se trataba precisamente de demostrar que para las fuerzas de represión de Colombia no hay valores intocables. O como dijo el general Camacho cuando apresaron a Luis Vidales: «Aquí no hay poeta que valga». Mauro Huertas Rengifo, presidente de la Asamblea del Tolima, declaró a los periodistas y se publicó en el mundo entero que el Ejército me buscaba desde hacía diez días para interrogarme sobre supuestos vínculos con el M-19. El único comentario que conozco sobre esa declaración lo hizo un alto funcionario en privado: «Es un loquito». En cambio, el primer guerrillero que se declaró entrenado en Cuba provocó, de inmediato, la ruptura de relaciones con ese país. Pero hay algo no menos inquietante: a la medianoche del miércoles pasado, cuando mi esposa y yo teníamos más de seis horas de estar en la Embajada de México en Bogotá, el Gobierno colombiano fue informado de nuestra decisión, y de un modo oficial, a través del secretario general de la cancillería colombiana, el coronel Julio Londoño. A la mañana siguiente, cuando la noticia se divulgó contra nuestra voluntad, los periodistas de radio entrevistaron por teléfono al canciller Lemos Simonds y éste no sabía nada. Es decir: casi ocho horas después aún no había sido informado por su subalterno. El mi-
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nistro de Gobierno, aún más despalomado, llegó hasta el extremo de desmentir la noticia. La verdad es que las voces de que me iban a arrestar eran de dominio público en Bogotá desde hacía varios días y -al contrario de los esposos cornudos- no fui el último en conocerlas. Alguien me dijo: «No hay mejor servicio de inteligencia que la amistad». Pero lo que me con venció por fin de que no era un simple rumor de altiplano fue que el martes 24 de marzo, en la noche, después de una cena en el palacio presidencial, un alto oficial del Ejército la comentó con más detalles. Entre otras cosas dijo: «El general Forero Delgadillo tendrá el gusto de ver a García Márquez en su oficina, pues tiene algunas preguntas que hacerle en relación con el M-19». En otra reunión diferente, esa misma noche, se comentó como una evidencia comprometedora un viaje que Mercedes y yo hicimos de Bogotá a La Habana, con escala en Panamá, del 28 de enero al 11 de febrero. El viaje fue cierto y públicar, como los tres o cuatro que hacemos todos los años a Cuba, y el motivo fue una reunión de escritores en la Casa de las Américas, a la cual asistieron también otros colombianos. Aunque sólo hubiera sido por la suposición escandalosa de que ese viaje tuvo alguna relación con el posterior desembarco de guerrilleros, habría tomado precauciones para no dejarme manosear por los militares. Pero hay más, y estoy seguro de que el tiempo lo irá sacando a flote.
La forma en que la Prensa oficial ha tratado el incidente está ya sacando algunas, y más de lo que parece.
Ha habido de todo para escoger. Jaime Soto -a quien siempre tuve como un buen periodista y un viejo amigo a quien no veo hace muchos años- explicó mi viaje en la forma más boba: «El que la debe la teme». Sin embargo, el comentario más revelador se publicó en la página editorial de El Tiempo, el domingo pasado firmado con el seudónimo de Ayatolá. No sé a ciencia cierta quién es, pero el estilo y la concepción de su nota lo delatan como un retrasado mental que carece por completo del sentido de las palabras, que deshonra el oficio más noble del mundo con su lógica de oligofrénico, que revela una absoluta falta de compasión por el pellejo ajeno y razona como alguien que no tiene ni la menor idea de cuán arduo y comprometedor es el trabajo de hacerse hombre.
A pesar de su propósito criminal, es una nota importante, pues en ella aparece por primera vez, en una tribuna respetable de la Prensa oficial, la pretensión de establecer una relación precisa, incluso cronológica, entre mi reciente viaje a La Habana y el desembarco guerrillero en el sur de Colombia. Es el mismo cargo que los militares pretendían hacerme, el mismo que me dio la mayoría de mis informantes, y del cual yo no había hablado hasta entonces en mis numerosas declaraciones de estos días. Es una acusación formal. La que el propio Gobierno trató de ocultar, y que echa por tierra, de una vez por todas, la patraña de la publicidad de mis libros y la campaña de desprestigio internacional. Ahora se sabe por qué me buscaban, por qué tuve que irme y por qué tendré que seguir viviendo fuera de Colombia, quién sabe hasta cuándo, contra mi voluntad.
No puedo terminar sin hacer una precisión de honestidad. Desde hace muchos años, el tiempo ha hecho constantes es fuerzos por dividir mi personalidad: de un lado, el escritor que ellos no vacilan en calificar de genial, y del otro lado, el comunista feroz que está dispuesto a destruir a su patria. Cometen un error de principio: soy un hombre indivisible, y mi posición política obedece a la misma ideología con que escribo mis libros. Sin embargo, el tiempo me ha consagrado con todos los elogios como escritor, inclusive exagerados, y al mismo tiempo me ha hecho víctima de todas las diatribas, aun las más infames, como animal político.
En ambos extremos, el tiempo ha hecho su oficio sin que yo haya intentado nunca ninguna réplica de ninguna clase, ni para dar las gracias ni para protestar. Desde hace más de treinta años, cuando todos éramos jóvenes y creíamos -como yo lo sigo creyendo- que nada hay más hermoso que vivir, he mantenido una amistad fiel y afectuosa con Hernando y Enrique Santos Castillo -a quienes quiero bien a pesar de nuestra distancia, porque he aprendido entenderlos bien- y con Roberto García Peña, a quien tengo por uno de los hombres más decentes de nuestro tiempo. Quiero suplicarles que digan a sus lectores si alguna vez les he hecho un reclamo por las injurias de su periódico, si alguna vez he rectificado en público o en privado cualquiera de sus excesos, o si éstos han alterado de algún modo mi sentido de la amistad. No; he tenido la buena salud mental de tratarlos como si ellos no tuvieran nada que ver con un periódico que siempre he visto como un engendro sin control que se envenena con sus propios hígados. Sin embargo, está vez el engendro ha ido más allá de todo límite permisible y ha entrado en el ámbito sombrío de la delincuencia. Me pregunto, al cabo de tantos años, si yo también no me equivoqué al tratar de dividir la personalidad de sus domadores.
De modo que todo este ingrato incidente queda planteado, en definitiva, como una confrontación de credibilidades. De un lado está un Gobierno arrogante, resquebrajado y sin rumbo, respaldado por un periódico demente cuyo raro destino, desde hace muchos años, es jugárselas todas por presidentes que detesta. Del otro lado estoy yo, con mis amigos incontables, preparándome para iniciar una vejez inmerecida, pero meritoria. La opinión pública, no tiene más que una alternativa: ¿A quién creer? Yo, con mi paciencia sin término, no tengo ninguna prisa por su decisión. Espero.
COPYRIGHT 1981 GABRIELGARCIA MARQUEZ / ACI

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