Posibilidad de la fábula

19 febrero 2016

Por Gabriel Arturo Castro*
*Poeta y ensayista colombiano
Hoy en día la lectura activa, creativa y crítica, entra a la experiencia de la dislocación y el alejamiento, porque en cada lector hay una lucha interna, dramas y contradicciones, al tiempo que busca un espacio imaginativo, su propio intervalo, explora rupturas y teje continuidades y conexiones. En lugar de repetir conceptos uniformes, homogéneos e incólumes, concibe la diferencia a través de la ruptura y de la disyunción.
El profesor Alfonso Cárdenas Páez sustenta que la lectura, “además de su capacidad lógica, también debe entrar a los dominios del afecto y la imaginación, ya que ella interactúa y, en consecuencia manifiesta una visión integral frente al universo que la rodea”.
Leer es interpretar y sospechar, sostiene Luis Alfonso Ramírez Peña: “Es necesario descubrir intenciones, deseos, ideologías y creencias. Al fin y al cabo los contenidos de los textos, además de ser representaciones del mundo, están enfocados desde una subjetividad de quien los produce y desde una relación establecida con su interlocutor”.
La lectura debe apuntar, por lo tanto, a la formación de todos los sectores críticos, no sólo desde el plano intelectual o de las instancias lógicas.
Ruptura, porque la lectura irrumpe en un espacio de posible error, indeterminación y equívoco, pues según Blanchot, no existe un sentido último, ni verdadero, debido a que éste se encuentra  desestabilizado.
Al respecto Bergson afirma: “Las palabras no tienen siempre el mismo sentido. Hay que entrar a la tercera dimensión y poner palabras en su contexto y en su atmósfera para aprehender sus sentidos justos, para escuchar sus resonancias sin fin”.
Fuerte y alta tensión entre movimientos de continuidad y discontinuidad, de reflexión y creación, ejercicio que pasa por comprender-entender y hacer el mundo.
La lectura como diferencia y experiencia distinta e irreductible. La lectura entendida desde la experiencia y no sólo a partir del estudio de un objeto. Incluye la vivencia, los afectos y la memoria, es decir, hace de lo emocional, lo intelectual y lo práctico una totalidad. O lo que es lo mismo: informa, interpreta y siente, porque según Dewey, la experiencia es vitalidad elevada, siendo la emoción el elemento que unifica.
El lector se interna dentro del texto, dialoga en su interior, descubre y aprecia. Se instaura entonces la idea de la lectura como riesgo, incertidumbre y ambigüedad, nociones fundamentales de toda obra.
El lenguaje interpretativo sólo se puede dar con el contacto profundo con la obra, desde su incursión personal por medio de la pasión de la lectura. Así el lenguaje sería “el más peligroso de los bienes”, en palabras de Holderlin.
De este modo la lectura deja de ser objetiva, porque interviene el deseo y la sugestión, el dominio subjetivizante, la percepción honda del hombre.
El lector realiza el viaje ontológico al fondo del libro, recupera la experiencia original de la escritura y abre una distancia al interior de la obra, la cual se convierte también en un espacio creador de búsqueda, imaginación, valoración de la experiencia propia y ajena. “La lectura auténtica es la que devuelve la obra a esa pasión de lo incierto que es su origen”, de acuerdo con la concepción de Blanchot.
Desde tal perspectiva, la lectura es un desafío a la razón, una resistencia a la verdad absoluta, a las posturas mecánicas y anquilosadas, “a la seca pobreza del entendimiento”.
El lector no repite, inventa, piensa a la medida, porque los problemas, según Bergson, se plantean en función de las cosas. En este estadio no hay fórmulas hechas, ideas aprendidas, o tesis sistemáticas. El esfuerzo del lector es “comprender una parte con el espíritu y adivinar el resto con el corazón”. Y sólo inventa quien tiene una vida interior profunda.
Tal esfuerzo creador se encuentra al principio de nuestro ser. Por ello el acto de la lectura es un acto de interioridad que se inicia por el principio de simpatía que se advierte tras las palabras el espíritu que las ha engendrado.
Conocer es conocer desde adentro, es asumir la raíz de la interioridad donde se concibe la idea creadora. Tal fuerza fundadora hace surgir un mundo, un lenguaje, que vuelto sobre sí mismo, trata de sobrepasarse a sí mismo.
Leer es, entonces, una voluntad de elección y acuerdo fundamental, no un acto mecánico, intelectualista, egoísta o perezoso, la lectura interesada que ve al texto como materia inerte, pieza de museo o de laboratorio.
De tal forma leer es participar también de la esencia originaria: conocimiento espontáneo, convivencia, ansia creadora, tránsito de la ciencia a la fe, dominio de la probabilidad, dinámica y elevación del espíritu, un acto metafísico referido al fin último, al fundamento y naturaleza de las cosas, donde comienza a obrar el conocimiento intuitivo dirigido a lo interno, a lo singular, a la intimidad de la conciencia.
Dicho espíritu activo deja un rastro inmóvil, un resto inefable sin expresar y que únicamente la intuición puede captar.
La intuición se traduce en imágenes que sugieren, ya no en conceptos que señalan una sola dirección y no se pueden contradecir.
La lectura pone el instinto en acción, aprehende los objetos en interioridad y los provee de aliento, movimiento vital por intensidad y tensión.
Aquí coinciden por un instante y en un punto, la inteligencia y el instinto a través de una intuición breve y profunda.
Luego de la interiorización sucede la transfiguración de las cosas, de la realidad henchida de espiritualidad. El lector viene a descubrir existencias latentes y revive acontecimientos en su duración real, o sea que la lectura se vuelve un acontecimiento o en palabras de Blanchot: “La lectura hace que la obra se convierta en obra”: esfuerzo, conquista, marcha aventurera, libertad, exigencia, génesis y revelación.
La lectura es también motivo de una vivencia, expresión de  la vida del hombre.
Es menester, por lo tanto, la verificación constante del saber del lector con el hacer del autor, como dos sujetos activos y recreadores al mismo tiempo. La fábula y la recepción estética del lector, esclarecen la importancia que tiene el hecho de la interpretación de un texto cuyos significados no siempre están explícitos en la superficie.
Para el lector, la actualización del contenido debe moverse de manera cooperativa, activa y consciente, lo cual significa que debe estar emotiva y psicológicamente dispuesto a recibir la mejor información que contiene el texto, obteniendo así su comprensión y transformación. La realidad de la fábula es el mundo probable, imaginario, fantástico, lúdico y creativo del lector, quien al recrear el texto efectúa una ruptura en la idea tradicional de la comunicación, iniciando un debate y un diálogo, una actividad reflexiva que implica el propio hacer en el que cada individuo, al mismo tiempo que descodifica un mensaje, puede deconstruirlo y construirlo, en fin, logra expresarse a través de él.

Ello supone la superación de la idea tradicional de la fábula, pues ésta configura un lector pasivo que acata la disposición de la trama y acepta las conclusiones dadas de antemano por el autor. Este lector es reprimido por la dictadura del texto, termina por asumir e interiorizar las reglas que lo gobiernan. La fábula así pretendida no es más que una forma de adoctrinamiento y de dogma moralizador, simbiosis entre literatura y religión por medio de la parábola preconcebida y el apólogo memorístico.
Los hacedores de fábulas tradicionales, como si la fábula fuese un género literario, realizan el elogio de la suma sencillez, sin asomos de la menor erudición dando a comprender de modo simple, asequible y concreto, una idea que, por su abstracción, resulta de difícil entendimiento para el “vulgo”.
No existe en estos autores la noción del lector como ente digno y transformador, ni la lectura como un hecho complejo que cierra e inicia un proceso de comunicación. Libros fáciles de valores y trampas para lectores recatados, respetuosos, gregarios y obedientes, contrarios a los verdaderos creadores de fábulas que acuñan los mejores sentidos secretos en un texto, intérpretes que divulgan profundas alegorías y metáforas sobre la condición humana. Fabulaciones de escritores que alientan el profundo riesgo de la lectura, el ejercicio que precede a la creación literaria. Libros difíciles, estimulantes y exaltantes, como los que anunciara Franz Kafka a uno de sus amigos:
 Me parece además, que sólo se debería leer aquellos libros que nos muerden y nos pican. Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leer? ¿Para qué nos haga felices, como tú me escribes? Por Dios, nosotros seríamos igualmente felices si no tuviéramos libros y los libros que nos hacen felices podríamos, si es necesario, escribirlos nosotros mismos. Al contrario, tenemos necesidad de libros que obren sobre nosotros como una desgracia con la cual sufriéramos mucho, como la muerte de alguien que amáramos mucho, más que a nosotros mismos, como si estuviéramos proscritos, condenados a vivir en las selvas lejos de todos los hombres, como un suicidio - un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado en nosotros.
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