Monólogo cerrado

29 febrero 2016

Por Hernando Isaías Urrutia* 
Ahora que pienso salir a la calle, se atraviesa la fastidiosa enfermera con cara de limón y cuerpo de jeringa y de repeso la tengo que soportar en un espacio tan estrecho como es el del ascensor. Lo de enfermera los sé no porque sea chismoso y le viva averiguando la vida a los demás sino porque un día cuando se me presentó una emergencia  y no sabía qué hacer le pregunté al portero si conocía a  alguien que supiera de primeros auxilios y él me indicó a esa señora que antes no tenía ni idea en que se ganaba la vida.
Como si fuera poco también les da por salir al m ismo tiempo a otros vecinos y no se les ocurre sino  ahora, a lo que se agregan varios rostros que solo se ven en estos espacios con sonrisa fingida y  que de igual manera no sabe uno a qué se dedican. Vidas totalmente anónimas, evidentes en estas aglomeraciones.
Por eso para no tropezarme con nadie, espero a que no haya alguien para poder salir. Tiene sus 
Problemas. A veces se me hace tarde  porque ya voy a salir y preciso tiene que abrir la puerta la pintorreteada de minifalda que parece una guacamaya y se viste  casi que con la bandera de Colombia y otros países juntos y me toca soportar su compañía no sólo en el ascensor sino en el pasillo peatonal para llegar a él.
Confieso que no sé qué decir, cómo entablar  una conversación  mientras transcurren esos eternos segundos, ensayo mentalmente: Cómo se llama? No. Mejor Cómo te llamas?, entre otras cosas a mí que me importa cuál sea el nombre, lo que me interesa es que se abra la puerta de la libertad.
Y si pregunto por el nombre y a esa persona le suena a compinchería? No, mejor fijo la mirada en los números del tablero que me dicen  a cuanto estoy  de salir del sofoco.
Sé que estoy obrando bien porque si pregunto y  a este personaje le da por no contestarme. !cómo será el ridículo¡¡Qué piedra¡¡¡ Quien me manda a ser tan metido¡¡?Qué  se llame como se le dé la gana¡ por cierto que a lo mejor nunca la volveré a ver¡¡.
En mis noches de insomnio me pongo a hacer inventario de los nombres que  me sé de los vecinos y me doy cuenta que  si los supiera, en lugar de ovejas contaría sus nombres, pero no. Y entre otras cosas  pregunto: Para qué  si escasamente el saludo y no se mete uno en la vida de los demás, agradeciendo a los constructores que afortunadamente  las edificaciones modernas se diseñaron para evitar el chismorreo, para que nadie se quedara conversando horas y horas rajando de todo el mundo o sea, cada uno en lo suyo  porque en lo que a mí respecta  no me importa la vida de los demás  para que no se metan con la mía.
Por eso me apresuro a llegar a mi apartamento  lo más pronto posible  y refugiarme en la  soledad, en mi soledad.
Claro  que no hay dicha completa porque a veces interrumpe mi tranquilidad  el ruido de alguna mascota que dejaron encerrada y no está acostumbrada por lo que chilla y chilla Y CHILLA¡¡¡¡.
Penetrando sus sonidos hasta los  tuétanos.
Trato de aguantar pensando en que  ya va a dejar  de ladrar pero nada y no me queda más remedio que llamar a la recepción porque el portero es la única persona que  conoce a todos los habitantes  del edificio. Me quejo de la indolencia del dueño del perro y me contesta que a este irresponsable le dió por enfermarse y dejó encerrada a una  pobre perrita pequinés (no sé si ladra en chino y con las correcciones idiomáticas tendríamos que decir beijinés),!!! y no hay quien la cuide¡¡¡ y uno si tiene que mamarse  día y noche la serenata¡¡.
Por fortuna más vecinos y vecinas se quejan y el administrador se vio obligado a comunicarse con algún  familiar   para       que resuelva el problema.
Qué se aliente o se muera pero que  solucione esa situación¡¡¡
Es de anotar que la perrita no es el mismo piso  mío, pero se oye por todos los rincones como si estuviera en la oreja de uno. Y para rematar esta paredes parecen de cartón, se oye absolutamente todo,  hasta el  punto que se sabe a qué horas empiezan y a qué horas terminan de hacer el amor el matrimonio de al pie y cuando  discuten todo mundo se entera ,lo que ha generado una diversión: existen aficionados a los números  que llevan la cuenta de cada  madrazo  emitido en el conjunto y lo que más risa me da es  aquel contador público del 504 que se porta  tan decente en las asambleas de propietarios, demostrando  una cultura intachable ,con una voz sedosa que deja en el ambiente una grata impresión: Pide la palabra e incluso la cede a alguien que  es más atacado, mide muy bien lo que va a decir  y sus reclamos están llenos de prudencia acompañados por una sonrisa  incluso cuando se genera alguna discusión . Pues ese mismo señor es el que más madrazos tienen registrados   los estadígrafos  en las discusiones con su esposa.
Además….¡Qué belleza de vecinos llegan a veces .Con el cuento de que están en su casa, en su espacio, arman semejantes rumbas que no vale a veces ni echarles la policía, porque le bajan al volumen mientras ellos están ahí pero apenas se van vuelven a subirle al equipo o grabadora o lo que tengan. Lo que más me molesta es que a veces  coincide el ritual del matrimonio con la invasión sonora y no lo deja a uno escuchar lo que sucede en el apartamento vecino.
En lugar de callarse los de la música lo que argumentan es que el resto de habitantes  somos unos amargados. En fin vivir así no es fácil más cuando se le agrega otro ingrediente: esos chinos del carajo!!
Qué la bicicleta, qué el balón, qué la tabla. Esta última es la que he  tenido que cantarles para que no me jodan en la puerta!!,
Qué no tiene en donde jugar. ¿Y yo tengo la culpa que esos constructores avarientos  no diseñen
Un sitio para ellos? pues que pongan a un niño o una niña a diseñar los conjuntos porque los adultos no piensan en ellos. Pero yo tengo la culpa?
Entonces qué hago, me pregunto. Estoy condenado a tolerarme todas estas incomodidades?
Tengo la culpa de los perros desesperantes, de la falta de espacios, de las excentricidades  de
mi vecina, de lo público en un acto íntimo,?.
Debo comprar todo el piso, para  ganar tranquilidad? He buscado afuera pero lo que encuentro es una inseguridad   rampante. Al menos  aquí adentro se siente uno protegido.
Todo esto pienso mientras espero el ascensor y miro para todos lados  “haciendo fuerza” porque no aparezcan  los personajes que no quiero encontrar.

*Cuentista y periodista colombiano

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