Cuento de Luis Fayad

03 septiembre 2015

El siguiente relato perteneciente a la obra Una lección de la vida (1984) de Luis Fayad, el importante escritor colombiano afincado hace décadas en Berlín, fue cedido por su autor exclusivamente para Con-Fabulación.

LA COMPRA DE UN LIBRO
 La librería de viejo de don Julio, a partir de la puerta, incluida la pesada aldaba en forma de cabeza de león y los goznes embadurnados por manos inexpertas para cubrir la herrumbre, hasta el estante del fondo, y los anaqueles laterales repletos de libros y de revistas que se habían oscurecido con el mismo tono y se apretujaban con un solo olor para todos, e incluido el propietario trajeado con una blusa de dependiente extraída de alguno de los estantes, y el ancho escritorio de caoba que como los mostradores de la entrada desprendía por su antigua fortaleza una combinación de resina y de sudor, y los papeles y los periódicos que desde hacía veinte años aguardaban ser ordenados en sus rincones, constituía una vista más valiosa que cuanto se ponía en venta. Sin embargo, al repasar la sección de las obras de Ciencias Políticas, el abogado Vallejo divisó el canto de tafetán negro de una constitución inglesa del siglo XVI transcrita en su lengua de origen. Aún ignoraba que había sido auspiciada por Isabel I, y nada por el momento, ni el título English Constitution, le hizo fijar más la atención ni inspiró el gesto presuroso de la mano. Luego leyó la fecha de edición en el año 1568, y encandilado pasó por alto lo improbable de la visión. Don Julio, detrás del escritorio en el que llevaba transcurrido el tiempo para que los libros que alguna vez vendió como novedades resultaran ahora atractivos en la biblioteca, había seguido desde su entrada los movimientos del posible y familiar comprador, observándolos por rutina pero con una mirada atenta que regresaba a las páginas que tenía enfrente. Cuando el abogado Vallejo vio la fecha, reaccionó de manera que don Julio sintió el efecto de sus vibraciones. El abogado Vallejo miró apenas la portada y la primera página roída y se dejó llevar por el nerviosismo y por la general apariencia de objeto antiguo, e inquirió el precio levantando la mano con el libro. Don Julio procedió conforme a su experiencia, en la que hacía mucho no descubría un gesto comparable, y desde su distancia y empezando a incorporarse mientras el abogado lo observaba, pretendió analizar el libro cuyo valor era de dos pesos. Pero no lo dijo, calculó que esa emoción valía cuatro veces más y sonrió con benevolencia compartiendo el extraordinario suceso acaecido a su cliente. Caminó hacia él con paso lento y casi arrastrando los pies.
     ---Ocho ---dijo.
---¿Ocho pesos, don Julio? ---se le escapó el asombro al abogado Vallejo e iniciando un ademán para hojear el libro agregó en un murmullo---: no puede ser.
---¿Y cuánto quiere que valga? ---preguntó el otro hombre, cogió el libro de sus manos sin dejárselo hojear todavía y contempló la portada y la contraportada, y para ver si le sacaba al menos los cuatro pesos que consideraba normarles de acuerdo a la primera sacudida, le puso un punto más alto:
---En realidad vale nueve, pero ya se me salió decirle que ocho.
El abogado Vallejo creyó resolver su confusión al suponer que don Julio abreviaba la charla y que cuando decía ocho debía interpretarse como ochocientos o quizá ocho mil. Esta última duda le quedó al abogado, sobre todo por ser posible aunque resultara el valor de una casa, y mirando el libro, que el otro aún retenía, le pidió revelar el precio sin ahorrar ningún cero. Don Julio conservaba la esperanza de obtener los cuatro pesos, y haciendo creer que también él sabía deleitarse con el bello ejemplar de la constitución isabelina, lo contempló de nuevo, se lo devolvió al abogado Vallejo con alegría como si ya le perteneciera y le dijo:
---Esta bien, usted es cliente de esta librería y no me va a dar sino siete pesos.
Sólo entonces el abogado Vallejo empezó a sospechar que el guarismo que le daba don Julio no tenía ningún cero, y ya con la certeza de su despiste se apresuró a hojear el libro. Don Julio no pudo interpretar el cambio del semblante del abogado cuando llegó a la primera página ni el color de sus mejillas al pasar a las dos siguientes.
---Con razón el libro vale eso ---exclamó el abogado. Don Julio pensó: “hubiera podido sacarle hasta veinte pesos”. El abogado Vallejo se apartó y dio una vuelta por el local mientras se recobraba, y empezó a sonreír y a reírse de las emociones que había manifestado. Comprobó que el libro apenas si valía dos pesos, y sin embargo oyó que don Julio le decía:
---¿Se da cuenta de que vale casi veinte?
---Claro, don Julio ---se precipitó a decir el abogado Vallejo, preocupado más en su turbación que en la voltereta de don Julio. Cuando pensó en sus movimientos se volvió hacia él y lo vio con una interrogación en el rostro, y de pronto tan desconcertado como seguramente se mostró el abogado Vallejo hasta hacía un momento. Se veía además que empezaba a cansarse de negociar de pie. Los dos se miraron en silencio, cada uno a la espera de que el otro precipitara el final. El abogado Vallejo blandió el libro y dijo:
---Parece una edición original.
---Si fuera así costaría lo de tres casas ---repuso don Julio.
---Yo le había calculado lo de una mansión ---dijo el abogado Vallejo.
---Y dentro de cuatrocientos años costará lo de diez ---dijo don Julio y enseguida sonrió con un gesto más real---: pero por ahora no vale sino casi veinte.
El abogado Vallejo contempló al anciano darle la espalda, dirigirse al escritorio y descolgarse en la silla liberando al alma del esfuerzo de acarrear el cuerpo, y pensó: “voy a dejarle diez pesos”, y dijo:
---Pues sí, don Julio, entonces cuál es el último precio.
Don Julio hizo un intento por incorporarse que no llevó a su fin y lo único que logró fue acomodar mejor los brazos en la silla.
---Usted sabe que vale casi veinte ---dijo y simuló posar los ojos en la lectura que tenía sobre el escritorio.
---Muy bien ---dijo el abogado Vallejo y a estas palabras don Julio levantó con un movimiento brusco la cara. El abogado agregó---: Le voy a dar diez pesos por este y por este otro ---y tomó de los anaqueles un compendio de viejas leyes.
Don Julio quedó azorado con su logro y escasamente pudo darle las gracias a su cliente y ponerse a las órdenes para cualquier otro servicio, y el abogado Vallejo salió de la librería pensando en lo que llevaba en las manos y olvidando los diez pesos. En cambio don Julio contempló el billete sin que nada más le perturbara la mente, se convenció de que era suyo y lo escondió en el bolsillo. Su primer razonamiento fue: “tengo asegurada la comida de media semana”, y después quiso abstraerse de nuevo en la lectura. Al poco rato lo distrajo un sentimiento que lo hizo pensar: “pobre hombre, cómo se puso de rojo y de nervioso”. Y añadió: “Seguramente está enfermo del estómago”. 
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