Ritual de Títeres

12 agosto 2015

La vida; imágenes en tránsito

Por Mauricio Palomo Riaño
*Narrador y ensayista colombiano
 Ritual de títeres es un elocuente riesgo, un salto al abismo, y en ese caer  en cada línea en la que transitan imágenes maravillosas asistimos al resquebrajamiento del género de la novela en su tratamiento tradicional, género revelador que se resignifica aquí con la escritura de Márquez Cristo. En esta obra cada renglón insta al lector a las distintas variables que se pueden hallar dentro de la prosa, aquellas que van más allá de la tradición narrativa y del agotamiento de sus elementos clásicos. Existe una insistencia en la prosa dislocada, que se fractura dejando ver en cada recodo cómo vuelve y se construye en destellos la imagen poética, para de nuevo volverse a dislocar. Todo está desprendido, pero todo está unido, es el orden desde la entropía, bienvenida la trasgresión de los géneros, la poesía narrada.
La novela deambula entre espacios externos e internos, es decir, un trasiego entre realidades intangibles y tangibles, entre filosofía y literatura. Gonzalo Márquez Cristo no deja recuperar al lector de la profundidad de una imagen cuando le atraviesa otra, sale uno dulcemente herido en esta arena de tinta, por necesidad. Lo indescifrable se percibe, la narración pasa de un personaje a otro como en un juego coral y todo parece estar roto, hasta el mismo lector que se introduce en su universo.
Los personajes son caminantes en este museo de la nostalgia, en este laberinto sin Teseo. Ariadna, la prostituta que maneja y entreteje el hilo de los títeres que son los otros personajes (todos masculinos) en la trama, es la piedra angular en el desarrollo de la historia de los dos planos, el ser y el no ser. Su tejido narrativo se quiebra y se construye, se construye y se quiebra, como una tela de araña. Es una genial propuesta; transgresora, arriesgada y bien cuidada en cada forma, en cada palabra. Estos son pues, los matices que hacen precisamente de Ritual de títeres una novela cautivante, que te reta como lector y que te insta a múltiples reflexiones sobre el miedo, el olvido, la ausencia, el tiempo, el dolor, los adioses, la desesperanza, la soledad y esta Bogotá que se desdibuja y se afianza a un mismo tiempo entre grises y amarillos, y algo más, el odio, un odio erótico como fuerza de afirmación con la vida, trasgrediendo al amor como eterno y tradicional protagonista de la afirmación con el mundo.
Cada vez hay más sorpresa en el lector, cada vez más magia en el recurso, en la construcción. Se trata de un asalto tramo a tramo producido por una veta de imágenes en emergencia, en una narración de conversaciones abstractas a la par de reales, sin piso preciso, pero con asidero propio, todo esto siempre originado desde el interior de nosotros mismos. Una voz femenina y un puñado de voces masculinas dialogan en entramados poéticos impecables, para destinatarios(as) que no debieron haber venido nunca. Los personajes como títeres en medio de un aura nostálgica fácilmente percibida van desarrollando el ritual que no viene a ser otro que el de la vida en la novela misma tejida por los hilos temporales de Ariadna.
Una respuesta a los críticos y académicos acartonados desde formas, estilos y contenidos que desencasillan a los creadores de moldes establecidos por la ciencia de la literatura (si es que ha de existir esta suerte de Escila). Márquez Cristo lo reafirma en sus propias líneas: “Si es necesario hablar contra el crítico es simplemente para cumplir con este lugar común de los escritores”.
Es poesía la novela, el lector la lee cual versos y empieza a pretender encontrarse el asombro de una verdad en la siguiente línea, en esa deliciosa carrera se va hilando la historia, pero, para el lector que lee por leer será su destino perderse. Los dos espacios que confluyen, realidad y esencia interna (si es que son distintas) provocan en el lector el maremágnum de ficciones y realidades, de silencios y confesiones, y sin embargo, es seguro que saldrá de la novela entendiendo que quizá, olvido muchas cosas más en esos renglones.
Hermandad de géneros que se hibridan, personajes conviviendo dos planos a la par, un mundo de afuera y un mundo de adentro; ritual de la vida, Eros y Tanatos, amores, desdichas, fracasos, todo en una radiografía de fuego que nos permite la pregunta del final ¿Asistiré al regreso del hombre? Que el ritual prosiga.
“Literatura es algo que nos recuerda: no lo que está escrito, es el viaje del ciego con un candil por abismos interiores. El poeta: verdadero durmiente, está condenado al insomnio. La genialidad sería repetirse: un incesto de la mirada: una carencia.
Exceptuando la poesía, lo demás es pérdida”


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