El pionero del “roba pero hace obra”

12 febrero 2015

Fuente: Diario uno.
HISTORIAS DE CORRUPCIÓN-II
AUGUSTO B. LEGUÍA
“El oncenio” (1919 – 1930) del dictador Leguía fue el periodo de mayor corrupción del siglo XX, solo comparable con la década fujimorista de 1990. Sobornos, “comisiones”, espionaje, torturas, reelecciones amañadas. Todo un coctel que suena tan actual.

En la última elección municipal limeña, una pregunta maniquea de la encuestadora Datum puso de moda la frase “roba pero hace obra”. No obstante, esto no es nada nuevo en nuestra corrupta historia republicana. Tal parece ser el hado de muchos gobernantes (otros solo roban).
Al que nos referiremos hoy, fue de los que mejor encarnaron tan triste adagio: Augusto Bernardino Leguía y Salcedo, quien con un récord de 15 años, es el hombre qué más tiempo ha gobernado este suelo.
A inicios de 1863, agonizaba el general San Román, siendo presidente del Perú. Al mismo tiempo, en Lambayeque, en una casona de la calle Atahualpa, María del Carmen Salcedo Taforó paría al que sería considerado el hombre más grande del siglo por sus beneficiados aduladores. Dieciocho años después Augusto Bernardino —nombre reducido a simplemente ‘B’ para la posteridad— participaría en la batalla de Miraflores.
CORRUPTELAS
Luego de la guerra, Leguía hizo fortuna en la caña de azúcar, y trabó excelentes relaciones con los norteamericanos, pues trabajó para la casa exportadora/importadora Prevost &Co y para la aseguradora New York Life Insurance. Sin tener estudios universitarios, pronto Leguía se hizo rico y se fue ganando fama de excelente administrador. Dominaba con soltura el inglés.
De las corruptelas de Leguía podemos escribir hasta viejos, pero vamos a entrar en materia y mencionaremos algunos hechos puntuales de su periodo más corrupto, conocido por los once años que gobernó como “el oncenio”. Anteriormente había sido presidente de 1908 a 1912, y fue ministro de Hacienda y premier en los gobiernos de José Pardo y Manuel Candamo, del Partido Civil. Fue con los civilistas que llegó al poder en 1919.
Pese a ser hijo de terrateniente, Leguía no tenía origen aristocrático. Por el contrario, el Partido Civil —que impulsó reformas anticorrupción—, era visto como una “argolla” de pitucos. Un poco la visión que Fujimori supo bien imprimirle, y ciertamente así era, al Movimiento Libertad de Vargas Llosa en los 90.
“Estos, supuestamente le habían dado un trato semejante al que un hacendado daba a su administrador provinciano o mayordomo”, dice Alfonso Quiroz en su “Historia de la corrupción en el Perú”. En buena cuenta los civilistas lo “cholearon” y subestimaron su capacidad para hacer daño, y el hombre se les volteó.

No obstante, Leguía adquirió cierta alcurnia al casar a sus hijas con herederas de familias notables, y extendió así su red de contactos. De hecho, la correspondencia de su primer periodo —que está en el archivo de la Biblioteca Nacional— da cuenta de varios pedidos que le hacían para cargos públicos, muchos de ellos concedidos. El propio héroe de la Breña —ese Dios incuestionable de la familia Humala—, Andrés Avelino Cáceres, sale en las cartas que le solicitaban algún “favorcito”.

EL ONCENIO DE CORRUPCIÓN
A pesar de haber sido electo en 1919, para asegurar su red de poder, Leguía asestó un golpe de Estado aduciendo un complot en contra de su asunción al mando. Mi compañero, el historiador Emilio Candela Jiménez, con quien compartimos largas horas hablando del Alianza Lima en el patio de Letras de la PUCP me escribe que “el origen del ‘oncenio’ es un acto de fuerza y ello influirá en todo su régimen”.
Agrega Candela: “Esto quiere decir que Leguía llega al poder con un discurso claramente confrontacional, enfrentando al llamado civilismo, y por ello su gobierno estará teñido de hechos arbitrarios contra ese sector político y otros que surgirán para criticarlo. Así deben entenderse los exilios de opositores, la violación de normas jurídicas [se zurraron en el hábeas corpus], la intervención en medios de comunicación como el diario ‘La Prensa’, etc.”
La ruleta de la historia quiso que Leguía cogiera el año del Centenario de la Independencia, lo que se celebró a todo lo grande. La joya de la corona de los festejos fue la inauguración de la Plaza San Martín. En tal contexto, contrario a la austeridad del civilismo, Leguía impulsó una enorme política de obras públicas (carreteras, obras de irrigación, puertos, etc.).
Asimismo, conscientes los países vecinos de que aún nos afectaba la derrota de la Guerra del Pacífico, los cinco que nos rodean tuvieron pretensiones territoriales, por lo que Leguía también impulso una compulsiva carrera armamentista.
Tales políticas, en primera instancia, parecen valederas y lógicas, pero fueron caldo de cultivo para desarrollar una corrupción galopante. “Es claro que al ejecutar un vasto plan de obras públicas, la tentación de beneficiarse con fondos públicos fue grande. Desde el solo hecho de que la mayoría de estas obras le fueron adjudicadas a una sola compañía, la norteamericana Foundation Company, hasta los supuestos beneficios que pudieron obtener familiares y allegados al presidente”, anota bien Candela.
EL SUEÑO AMERICANO
En los estertores de la muerte, antes de expirar ensopado en mierda, Patricio Aragonés, uno de los personajes de mi querido Gabo en la novela ‘El otoño del patriarca’, le alcanza a cantar sus verdades al centenario dictador. “…usted no es presidente de nadie ni está en el trono por sus cañones sino que los sentaron los ingleses y los sostuvieron los gringos con el par de cojones de su acorazado…”, le dice. El mundo de Leguía no era real maravilloso, ni llovieron florecillas amarillas, pero sí que fue sostenido por los yanquis.
Casi todas las obras fueron financiadas con préstamos estadounidenses que Leguía conseguía con sus buenas relaciones con los gringos, merced, por supuesto, de jugosas comisiones de por medio. Es más, ya antes del “oncenio”, en la compra de armas, el presidente en su primer gobierno hizo turbios acuerdos con la Electric Boat Company de Estados Unidos, “un proveedor naval que acostumbraba pagar ‘comisiones locales’ (un eufemismo para referirse a sobornos) para asegurar su ventas”.
El propio Quiroz relata en su detallista investigación:“Los masivos préstamos de la banca estadounidense financiaron obras públicas asignadas a contratistas norteamericanos: el monopolio de las obras urbanas y de salubridad por la Foundation Company, la construcción de carreteras y puertos por Snare & Co., y los proyectos públicos de irrigación (entre ellos, el gran proyecto de Pampas Imperial en Cañete y de Olmos en Lambayeque, en los que Leguía tenía sustanciales intereses) a cargo del ingeniero Charles W. Sutton.
Estos préstamos, privilegios y monopolios causaron críticas por parte de otras compañías y representantes extranjeros, en los que generó suspicacia el impacto de la ‘insaciable codicia yanqui’ para la soberanía del Perú.
A pesar de la corrupción institucionalizada, Leguía tenía respaldo popular, pero con el “crac del 29”
de la Bolsa de Valores de Nueva York, la película empezó a quemársele por falta de fondos y el pueblo, que no entiende razones, se le empezó a voltear. Se toleraba su corrupción, con tal que haga obra; pero las jugadas del hijo de Leguía, Juan Leguía Swayne, rebasaron ese “umbral de tolerancia”. Hizo jugos acuerdos con las norteamericanas Electric Boat Company el fabricante de aviones Curtiss, para compras militares. En su momento, un exmiembro de la Marina de los EE. UU. señaló que Juan Leguía cobraba comisiones de entre 2.5% a 1.5% del valor de la compra.
Posteriormente, en una investigación del Senado de los EE. UU. los banqueros americanos testificaron que pagaron comisiones hasta por 415 mil dólares al hijo de Leguía. En realidad, el bribón, que se daba la gran vida gastando hasta 300 mil dólares anuales en sus viajes a Nueva York, llegó a recibir depósitos hasta por un millón de dólares. En fin, los cálculos de Quiroz indican que hasta un increíble 72% de gasto gubernamental se fue en corrupción de 1920 a 1929, es decir, un 3,8% del PBI.

Fujimori y Leguía
Por el tono dictatorial de Leguía, el hacer una constitución a su medida (la de 1920), el manejo pagado de la prensa cuando no la clausura, las convenientes modificaciones a la carta magna para hacerse reelegir, el poco respeto a los derechos civiles, el uso intensivo del espionaje, el desvío de fondos públicos con fines reeleccionistas, entre otras “gracias”, encontramos varias similitudes entre “el oncenio” y el preso expresidente Alberto Fujimori.
No obstante, algunos investigadores hacen salvedades y señalan que fue el entorno familiar de Leguía y sus amigos los que se enriquecieron más que el propio presidente. “Pero él salió pobre y había entrado rico, se corrompió su entorno ante su mirada permisiva. Mientras que Fujimori salió rico y había entrado clase mediero”, nos explica el reputado profesor Antonio Zapata.

La policía secreta
Como Fujimori y Montesinos, Leguía era un obsesionado de los servicios de inteligencia y del espionaje (¡Como hubiera gozado con los equipos de chuponeo de hoy!). La policía secreta de Leguía la dirigía el comisario Enrique Iza, a decir de Quiroz, “célebre por el uso excesivo de la fuerza”.
Dicho servicio se encargaba de hostigar opositores, encarcelarlos, deportarlos y “reglarlos”. Incluso el pacífico historiador Jorge Basadre fue apresado. Narra en sus extensas memorias (“La vida y la historia”) los varios meses que pasó en la Isla San Lorenzo, sin saber bien de qué se le acusaba.
Así también, en noviembre de 1930, Armando Vargas Machuca denunciaba en “El Comercio” que el ‘doctor’ Bernardo Fernández Oliva, un tenebroso jefe de la policía secreta, lo había torturado.
Además de esas luctuosas prácticas, José B. Ugarte, director del Ministerio del Gobierno, declaró en una investigación que 105 millones de soles habían sido mal utilizados en el “oncenio” por la policía secreta. Se les llamaba “gastos reservados”, que no eran otra que sobornos para políticos y dinero para la campaña reeleccionista de Leguía. Tal cual los métodos del ‘Doc’ en los años 90. La historia, sorprendentemente, como si la hubiera escrito Milan Kundera, se hace —otra vez— circular.
Eduardo Abusada Franco 
Colaboración
@eabusad /eabusada@gmail.com

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