UN MODESTO AGAPE CON EL CÍRCULO

04 marzo 2014

Por: Omar Cruz Huaranga.

La brisa salina del mar reptaba coqueta acariciando casas, calles, gentes. Al fondo, la agonía del sol era lúgubre y sus últimos rayos doraban los techos de los edificios y, hacían su viaje sempiterno hacia el otro lado del mundo. Entretanto, entre cientos de personas que husmeaban en la plaza huachana, yo devoraba una tajada de badea mirando de soslayo en una televisión –¿absorto, impasible, escéptico?–, las imágenes de un ataque a mansalva, de un grupo de militares venezolanos a varios estudiantes universitarios, mientras que un imperturbable y casi demente Nicolás Maduro clamaba por la cabeza de Leopoldo López.
Acababa de conocer la casa del laureado Poeta huachano Julio Solórzano Murga; pero me inquietaba en extremo conocerlo personalmente y me preguntaba, ¿cómo serán los escritores de carne y hueso?, ¿serán sensibles como Arguedas, bohemios como Alan Poe, irreverentes como Echenique, profundos como Vallejo o Ribeyro? Quería palpar su espíritu, su alma. Mi cita informal debía ser a las siete de la noche y esa bola de fuego seguía muriendo lentamente sobre la ciudad, haciendo larga la espera. Y llegó la hora y, crucé la Plaza de Armas, caminé por la ancha 28 de Julio, volteé por Mariscal Castilla y llegué nuevamente a la casa del Poeta. Una dama de modales educados me dijo que había salido, que no demoraría mucho y que lo esperara tranquilo. Yo seguía ansioso y pedí referencias sobre él. Mediano, moreno, ancho y de bigote ralo, esos rasgos comenzaron a latir en mi mente esperando abordarlo en cuanto lo viera aparecer. En efecto, luego de casi una hora lo vi acercarse portando una enorme bolsa de polietileno. El Poeta me recibió receloso, desconfiado y, como insistí en querer entrevistarlo me invitó a pasar a su modesta vivienda. ¡Y oh, sorpresa! Allí estaban reunidos algunos miembros de la flor y nata de la intelectualidad literaria huachana: Gustavo Riquelme Martínez, Maité Flores Plaza, y Celia Ariza Mendoza, esposa del Poeta. Yo, novato, novel, inexperto e inoportuno arribista quedé minimizado y confundido; pero privilegiado a la vez por tamaña acogida que me brindaron mis hermanos de oficio. Poco después, no tardaron en llegar los compañeros: Erlander Sosa Hijar y Oscar Castillo Banda, este último, Presidente de la Sociedad de Poetas y Narradores de la Región Lima Provincias. ¿Sería cierto lo que me estaba pasando?, yo sólo quise ir a conocer al Poeta, estrecharle la mano y entregarle mi modesta producción literaria; pero llegué en el  momento preciso para integrarme a un círculo por el que tanto soñé durante muchos años. Mientras compartíamos experiencias, intercambiábamos nuestros libros y nos conocíamos poco a poco me enteré que esa noche, y precisamente esa noche, el Poeta cumplía 55 años de vida (17/Feb/1959). Brindamos un vino, una gaseosa y nos servimos un poco de Pollo a la Brasa. El ágape fue modesto y opíparo y, mientras el Poeta rubricaba mi libro para integrarlo a la colección de libros de la biblioteca de escritores de la región, comprendí también que era admitido como un nuevo integrante del círculo.
“Nuestro instinto literario es fuerte y hace que busquemos a personas que realizan la misma actividad que nosotros”, dijo Maité comprendiendo que mi búsqueda había llegado a buen puerto y, era cierto. El trato de aquella noche caló profundo en mi alma y fue la demostración de amistad más sublime que he visto alguna vez en un grupo humano, ¿y a quien? Nada más y nada menos que a un extraño a quien acababan de conocer hace pocos minutos. Esos eran mis hermanos poetas, mis compañeros de oficio, los que perennizaban la cultura de la región Lima Provincias a través de sus prolijas letras. Pero, qué pena no seguir compartiendo semana tras semana sus experiencias allá en La Casa de la Cultura de la Calle Mariscal Castilla, donde todos los sábados se reúnen atraídos por el amor y la pasión hacia las letras. Pero por principio y convicción personal, he quedado comprometido con mi conciencia que, como acto retributivo hacia esa legión de intelectuales, seré un peón más que buscará enriquecer –a través de las ideas–, la cultura de la región. 
Antes de retirarme de la cita, el mismo Julio Solórzano Murga, me hizo entrega de dos buenas obras literarias, el primero una compilación suya titulada: “Personajes en la Literatura de la Región Lima” y, el segundo, una novela metafórica titulada: “Yerbabuena”, del antologado Raúl Gálvez Cuéllar.
Quisiera abreviar esta alocución parafraseando a un gran poeta peruano y que resuena como un compromiso a través de los años: “Hay muchísimo por hacer hermanos…” y, seguro que bajo la batuta del joven y entusiasta poeta Oscar Castillo Banda, se llegará lejos en el “II Encuentro Nacional e Internacional de Poetas y Escritores”, evento a llevarse en el presente año en esta bella ciudad.
Entonces, allí nos vemos hermanos…
Huacho, 2014.

  
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