Cronicar e salvar. Escritor Cubano: Reinaldo Cedeño Pineda

18 marzo 2014

(Conferencia dictada por el autor como parte del panel “¿Cómo escribo mis crónicas?” desarrollado en el VIII Encuentro Nacional de la Crónica Miguel Ángel de la Torre, Cienfuegos, 24-26 de octubre de 2013)

 
Tal vez mis primeras crónicas debieron escribirse en la vieja senda de las carretas, por los trillos que llevaban a mis padres y a mis primos, San Luis adentro. ¿Qué tenían aquellos caminos donde todos se volvían más jóvenes?

Debieron escribirse cuando mi madre, salida del Infierno, de las vendas, del fuego; pudo alzar su brazo marcado hasta lo alto del pizarrón, y escribir, uno por uno, el nombre de sus alumnos. Debieron escribirse el día en que un prendedor con la efigie de Lenin y su largo alfiler, fueron a parar a mi garganta. El cirujano explicó científicamente que el metal estuvo a tres milímetros del final y me bautizó como “El niño que se tragó a Lenin”; pero mi abuela replicó con indiferencia —con insolencia casi—, que aquello era un milagro y apretó la efigie de la Virgen de la Caridad que llevaba en su cartera. Y digo debieron escribirse, porque estos pedazos de mi niñez, solo vieron la luz en 2011 en el libro El hueso en el papel (Editorial Oriente). Crónicas íntimas las llamé entonces, no tenía otro nombre para darles, ni lo tengo ahora. Allí estaban, en algún sitio de la memoria, aunque todavía no eran otra. ¿Desde la perspectiva de la evocación, desde esa revisitación, pueden construirse las mejores crónicas? También me lo pregunto. Me temo que tengo más preguntas que respuestas.

Siempre he creído que la crónica no está en el hecho, sino en la mente. Un cronista es ojo avizor y carne viva. Su fruto, la crónica, es una flama resguardada de todos los demonios. No creo en los purismos —estoy muy alejado de ellos—. Son tiempos híbridos, tiempos de fusión. Nunca he tomado parte en las bizantinas discusiones de si, acaso, la crónica es periodismo o es literatura.
La grandeza no se mide por la realidad o la ficción que encarna un texto, ni por la brevedad de una plana o la holgura de un libro; sino por otras profundidades, esas que hacen posible hallar luz donde una mayoría pasa de largo.Se ha perdido demasiado tiempo en eso. Otros que levanten los muros o los puentes entre periodismo y literatura: yo escribo.

Una crónica es una síntesis perfecta — conociendo de antemano que la perfección es una quimera en vuelo permanente—. Lo es la frase martiana “Dicha grande” de su diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos. En dos palabras retrató el momento en que las ansias de patriota toman suelo cubano, aunque fuera en la estrecha faja de costa, en los peñascos de Playitas.

Una crónica es el relato emocional de un hecho. Es esa una definición escueta y racional, pero tenue como la luz de un quinqué. La crónica es una gota destilada por mil filtros. Es una ópera en miniatura y como tal ha de vibrar. Es el latido más que el corazón, la pincelada más que el cuadro. La crónica es intensidad, por antonomasia.

Dulce María Loynaz escribió en su libro Un verano en Tenerife — ¿relatos o crónicas de viaje?—, unas líneas que se refieren al modus operandi del director de un diario de Canarias, pero que deberían eternizarse en bronce en todas las escuelas de periodismo: “(…) tiene esa mente alerta. Ágil, inconfundible del periodista. Sea cual fuere el tema, extrae de él, con precisión de abeja, lo que sirve, y del resto prescinde, va a otra flor” (1)

Un cronista es eso, un libador de esencias.

Soy un cinéfilo empedernido. Hace muy poco me detuve en la cinta Cecilia, del esteta del cine cubano, Humberto Solás. La madre de Leonardo que interpreta Raquel Revuelta avanza por el largo pasillo, imponente, hierática. El sonido de sus tacones solo dice una cosa: estoy aquí. Toma asiento. Escoge las palabras para dirigirse al Capitán General de la Isla, las susurra:

—Excelencia, vengo a denunciar un caso de conspiración contra el poder de su majestad… Mi hijo Leonardo ha sido víctima de los enredos, de los vicios de una mujerzuela…

El rostro de la señora se demuda, se contrae. Las manos sarmentosas acarician el pañuelo. La atención del Capitán General es absoluta. Un instante de duda… y la madre sube el tono, remarca su abolengo y sus posesiones. Su objetivo es uno: salvar a su hijo. Todo vale. Lo ha rendido en su propia mesa. Y al final, se esfuma por el largo pasillo, como una aparición.
 
Así deberían ser las crónicas: entrada imponente, recursos expresivos en función del propósito trazado, creación de atmósfera y cierre mágico. Como dijera el viejo conocido Martín Vivaldi: “es lo que pasa por dentro del acontecimiento... la noticia exprimida, quintaesenciada” (2).

Tal vez albergo algunas herejías. Muchos textos más o menos académicos, más o menos prácticos, hablan del uso de “recursos literarios” en la crónica como una de sus marcas. Seguimos al pelo sobre los clichés. Esos recursos no son privativos de la literatura, son inherentes a la lengua. No se toman prestados ad hoc y se obvian en el resto de los géneros. No constituye un “pecado” profesional. Lo pecaminoso debería ser soportar tanto trabajo anodino, decantado inflado, que muere antes de nacer Esos “recursos literarios” surgieron por una necesidad comunicativa, no solo por imperativos estéticos. No hay sofisma alguno. Esas concepciones in extremis han llevado a cobijar mucha prosa meliflua, mucha poesía de quinta en nuestros medios. El lenguaje metafórico, las construcciones más complejas, el afán de la belleza, la suspensión… toda esa fuerza expresiva ha de estar —eso sí—, a la par de su función comunicativa. Un río por su cauce, porque los desbordes,
inundan.

Se impone una revisión a fondo de las jerarquías y rutinas productivas de nuestros medios. ¿Qué cronicar? Una crónica es una llamarada íntima, y en consecuencia, imposible de planificar. Por supuesto, usted podrá amalgamar datos e incluso agregar música al coctel; pero si nada lo tocó, si no escuchó el callado estruendo del que hablara Lezama, solo logrará — si algo logra—, una mezcla inodora e insípida, agua que no calma la sed.

La crónica nunca es un adorno, sino una penetración.
 
En 1996, Gabriel García Márquez visitó Santiago de Cuba. Estudié sus propuestas sobre el idioma, leí Memorias de mis putas tristes, volví sobre Cien años de soledad… Preparé mis preguntas para toda una página si era menester. El Nobel de Aracataca se asomó a una sala del teatro Heredia. Bolígrafos, libros, agendas… hasta servilletas, reclamando sus autógrafos. Salían de todos los rincones. Respondió unas pocas interrogantes y cuando todo parecía listo para el abordaje definitivo, un señor hizo la señal que dio por terminada la improvisada conferencia. Quedé tirado, prendido al suelo, como una piedra. Le conminó a irse, le dio un pequeño empujón y lo subió a un auto negro. Fue solo exceso de celos en su cuidado, pero mi página soñada se convirtió en unos párrafos. Resultó a la larga, una crónica obligatoria: “El secuestro de García Márquez” El Gabo había dicho una vez que el secreto del periodismo está en fabular. Así que le di una taza de su propio chocolate.

A veces la crónica va rumiándose en la mente, hasta que “fluye de manera natural”, como Chaikovsky, que pedía a gritos sacar la música que sonaba en su cabeza. Otras, la crónica te asalta: Puente de Aguilera, Guantánamo, río Guaso —río niño al que miraba todos los días desde mi altura—. Su crecida alcanzó las barandas del puente. Vi chocar árboles desgajados contra los pilotes, vi morir a varias personas en el corazón indomable de las aguas. ¿Qué habré dicho? ¿Qué colores tendría aquella crónica en vivo? A veces las palabras son como la sangre.

Permítaseme aún ilustrar con otras dos vivencias. Todo valía un potosí en medio de del período especial. Mi familia necesitaba incrementar sus fondos, era cuestión de supervivencia. Tomé un caldero y empecé a tostar maní. Al fin, era un trabajo honrado. Mi habilidad para lograr el punto exacto y para hacer los conos de papel, fue creciendo hasta que me sentí un especialista. La crónica llegaría después: “Si vieras que libros van cayendo. Si me vieras bajo este sol mulato, si vieras mis zapatos. Si me vieras, Rita Montaner”. Son unos fragmentos recuperados a memoria.

Sandy, ese nombre, debería estar proscrito Después de once días sin electricidad, fuera de la civilización, llegó la caravana de eléctricos a mi bario. La bandera cubana al frente. Nunca la vi flotar así, nunca la vi surcar el aire con tanta gallardía. De esos ardores, de esos
dolores salieron mis “Crónicas oscuras”.
 
Como hierro candente ha marcado mi memoria una crónica dedicada a un nido de bibijagua, obra del maestro Rolando González en su inolvidable programa televisivo Guión 5; o el “Canto por el último lugar” de Víctor

Joaquín Ortega sobre al célebre corredora polaca Irene Szewinska. Todavía la veo —gracias al cronista—, con el labio mordido, derrotada por los años más que por las rivales. Lo confieso: jamás se me hubieran ocurrido esos temas; pero la lección va aprendida: Nada hay tan pequeño, que no pueda engendrar una crónica grande.
 
En una entrevista sobre mi blog La Isla y la Espina, me preguntaron si vivir en provincia no me limitaba en cuanto a las historias a contar.

“Es cierto, se vive en una especie de cimarronaje”, respondí. “Tal vez no escriba de los hechos más famosos o de los personajes más populares; pero eso nunca me ha preocupado. Hay otras historias esperándonos, igual de estremecedoras”.
 
La crónica es una apuesta profunda al ser humano. La crónica es el mar,
el cronista es la ola. Cronicar es estremecer. Cronicar es salvar.

NOTAS
 
(1) Dulce María Loynaz. Un verano en Tenerife, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1994, p. 101
(2) Winston Orillo: Cesar Vallejo: los géneros periodísticos, Editorial
Félix Varela- Pablo de la Torriente, La Habana, 2009, pp.62-63.

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