CONTARLO TODO, PERO ¿QUÉ?

13 enero 2014


Por Jorge Rendón Vásquez

La escritura, o la acción de escribir, es una actividad común a todos los seres humanos que saben leer y escribir, desde el registro de unos cuantos datos en una nota hasta la redacción de volúmenes íntegros.
En algunas ocupaciones, la importancia y la frecuencia de la escritura es mayor, y sus reglas y técnicas se particularizan por su complejidad. Son los casos de la práctica del derecho, del periodismo y de la literatura.
Un abogado no podría redactar una demanda, un juez, una sentencia; un periodista, una noticia; y un literato, un poema o un relato, si no supieran escribirlos.
Pero, además, todos ellos deben tener algo que decir.
Es imposible ponerse a escribir, a lápiz, con un bolígrafo o con una computadora, sin saber lo que se desea expresar, con la mente en blanco, esperando el golpecito de la varita mágica en la frente, aplicado por alguna hada buena mientras revolotea sobre nosotros, mirándonos curiosa y compasivamente.
Para los abogados y jueces hay siempre un contenido: lo que piden o mandan, respectivamente; y para los periodistas también: la noticia que llega a su conocimiento y “voltean”.
En cambio, los literatos de ficción, para tener un contenido, deben inventar una trama y, si se proponen exponer un tema trascedente, definir un mensaje o bosquejar un sentimiento o una pasión. Luego, ya les es posible desarrollarlos a medida que los escriben para luego corregirlos, modificarlos y hasta cambiarlos, casi siempre entregándose a un duro, paciente y, por lo general, dilatado trabajo.
El quid de un escritor de ficción es, por lo tanto, concebir un argumento y esbozar sus pasos principales que, según la retórica clásica, son el planteamiento, el nudo y el desenlace. El nacimiento de un escritor es imposible si no tiene qué contar; y puede considerarse acabado cuando su imaginación ha cesado de retoñar tramas.
Me ha sido necesaria esta introducción para exponer mi punto de vista sobre la novela “Contarlo todo” de Jeremías Gamboa, a la que por algunos bóviles móviles el poder mediático le ha atribuido tanta importancia.
Es la historia de un joven mestizo de padres provincianos, llamado Gabriel Lisboa que, en 1992, a los diecisiete años, siente curiosidad por saber qué hay más allá del barrio popular donde vive con sus tíos en Ate, y descubre “una ciudad tugurizada. A punto de caer al asedio de los grupos subversivos de extrema izquierda; un inmenso y desordenado conjunto urbano que casi por casualidad era la capital de un país prácticamente ingobernable”. Ingresa a la Universidad de San Marcos. Pero se horroriza ante “las paredes de la ciudad universitaria (con) inscripciones violentas en las que un pulso agresivo llamaba a todos a emprender la lucha popular y la guerra de guerrillas contra el Estado peruano”. Poco le importa al narrador, y a su médium Gabriel Lisboa, que en esta Universidad estudien varias decenas de miles de estudiantes que desdeñan esas pintas como expresión de minúsculos grupos aislados.
Su tío, mozo de una pizzería de Miraflores, lo ayuda a postular a la Universidad de Lima a la que ingresa. En lo sucesivo, toda su vida girará en torno a esta Universidad para jóvenes de las clases propietarias y otros de modesta condición para quienes las relaciones con aquéllos pueden tenderles los peldaños hacia el éxito profesional, sirviendo a grandes empresas.
¿De qué vive Gabriel Lisboa? De la benevolencia de los tíos y de algunos giros de su madre desde el interior. La Universidad de Lima le confiere un préstamo y luego una beca. Gracias a su inteligencia y ganas de aprender, comienza a relacionarse allí con algunos jóvenes diletantes que le permiten visitarlos en sus casas de ciertos barrios para gente con poder económico. Eso le encanta, aunque luego tenga que retornar en bus a altas horas de la noche a la casa de sus tíos.
Su ingreso al periodismo es posible por una gestión de su tío ante el subdirector de una revista que viene a comer a la pizzería. Gabriel Lisboa aprende el oficio y gana la amistad del director, Saúl Vegas, un sujeto gordo y dinámico, que valora su interés y capacidad. Vegas ambicionaba ser escritor de ficción hasta advertir que le sería imposible serlo, hallándose capturado por el periodismo —se lamenta—, al que no abandonaba por cobardía.
Gabriel Lisboa va a trabajar luego en la revista del diario La Industria (el Comercio). Allí asciende y gana la consideración de sus colegas.
Y, entonces le salta la chispa: quiere hacerse escritor y se da cuenta de que el periodismo no se lo permite: no le deja tiempo ni tranquilidad para escribir ficción.
Mientras tanto, en la Universidad de Lima se ha relacionado con un grupo de cuatro intelectuales con los que forma un grupo al que llaman El Conciliábulo. Con ellos se entrega a la bohemia, al alcohol y a la cocaína hasta caer desvanecido.
Para hacerse escritor renuncia a seguir trabajando en el periodismo,  y se empeña en escribir, pero inútilmente. Las ideas no le brotan. No tiene nada de qué escribir, aunque permanezca horas y horas frente a su computadora. Gana su vida como jefe de prácticas en la Universidad de Lima.
Entonces interviene una enamorada, estudiante de la Universidad de Lima e hija de un matrimonio rico que vive en Miraflores. Las cosas van bien mientras permanecen en el ambiente universitario y ella, animada por la expectativa del placer, acepta visitarlo en su cuarto de la urbanización popular donde él vive. Esta situación se fractura cuando los padres de ella, blancos y ricos que lo desprecian ostensiblemente por ser mestizo, lo invitan a su casa de playa un fin de semana, donde rehúsan albergarlo, y lo dirigen a un hotelucho de mala muerte en el pueblo. Gabriel Lisboa percibe el vejamen y empieza a predisponerse mal con su enamorada que sigue viniendo a su cuarto a hacer el amor insaciablemente sin que le interese la angustia que él vive por no poder escribir. Rompe con ella y luego se da cuenta de que lo engañaba con un hombre que hubiera podido ser su abuelo.
Gabriel Lisboa termina por entender que lo único sobre lo cual puede escribir es su propia vida. Recién entonces comienza a escribir su novela, como una gran crónica periodística, cuya técnica domina, y no parará hasta terminarla.
Parecería ser que el título “Contarlo todo” y la relación entre el periodismo y la literatura se originaran en el libro de Gabriel García Márquez “Vivir para contarla”, que es la historia de Gabo desde la adolescencia hasta los treinta años, de su paso por el periodismo y de sus primeras incursiones en la narración. La diferencia estriba que con ese libro García Márquez terminaba casi su ciclo de escritor, apelando a su nostalgia de una juventud sin complejos, plena de optimismo y esperanza, y ya como un consumado maestro en el oficio de narrador, en tanto que Jeremías Gamboa con el suyo comienza su vacilante ciclo de novelista con un paisaje humano oscuro y pesimista.
La vida de Gabriel Lisboa es claramente la marcha de un pequeño arribista, una suerte de producto juvenil de la década del fujimorismo, de tono menor frente a Julián Sorel, otro arribista descrito por Stendhal en su novela “Rojo y negro”. No se sensibiliza para nada con la miseria social de la que procede. Al contrario, la aborrece. Él ansía insertarse en la cúpula de la sociedad, a pesar de que ella lo rechaza por su origen y su mestizaje de caracteres indios, salvo cuando puede utilizarlo y a condición de someterse ignorando la naturaleza y la significación de la estratificación social. La novela describe algunos ambientes de esa cúpula como escenarios limpios y naturales. Resulta normal, por lo tanto, que Gabriel Lisboa adopte los patrones ideológicos de los intelectuales procedentes de las clases acomodadas, a quienes glorifica como paradigmas.
Es verosímil que Gabriel Lisboa tenga como alter ego a Jeremías Gamboa y que “Contarlo todo” sea una autobiografía.
Se entiende, por consiguiente, por qué una editorial del sistema, como Mondadori, publica su libro “Contarlo todo” y por qué Mario Vargas Llosa, un oficioso paladín del neoliberalismo, le dedica unas palabras de compromiso, con las cuales recompensa, además, a Gamboa por haber declarado en su libro que el laureado escritor es uno de sus maestros. No es el amor al chancho, sino a los chicharrones. A la derecha económica le interesa renovar el plantel de escritores aplicados al entretenimiento y a la alienación de los lectores, con cierta dosis de novedad, y, lo que es más pernicioso: modelar los gustos e inclinaciones de los jóvenes, ya obnubilados por los estereotipos del cinematógrafo, la televisión y la prensa del poder mediático, mostrándoles el género de vida de los actores de la novela como prototipos de modernidad.

(12/1/2014)

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