CARLOS OQUENDO DE AMAT

16 agosto 2013

Por Ángel Gavidia

Hoy tengo la incomprensible urgencia psicológica de hablar sobre Oquendo. Sí, sobre Carlos Oquendo de Amat. Este hijo de médico, puneño, que se tuberculizó muy joven, que murió igualmente joven, en España, en una tumba "que los cañones de la guerra civil borraron"; que escribió un libro, "5 metros de poemas", extraño en cuanto al contenido y más extraño en cuanto a objeto físico (Parece un acordeón que desdoblado llega, creo, a 5 metros y tantos); este libro extraño, digo, pero que guarda algunas frases entrañablemente cotidianas. Estos poemas inseguros como mi/ primer hablar dedico a mi madre. Así arranca el poemario.La segunda página aconseja: abra el libro como quien pela una fruta. Cuando leí esta página me imaginé subiendo la cuesta Salesipuedes, en Santiago de Chuco, con el sol de las 12 del día, y con una hermosa naranja Huando en mis manos avivando mi sed (sed de sed, diría Vallejo). Ahora que se pretende estimular el hábito de la lectura por todos los rincones del país debería colocarse esta frase en todos los colegios, en todas las colinas.Y a pesar que la vida de Carlos Oquendo había sido "oscura, tercamente infeliz", como dice Vargas Llosa, tiene un verso que coloca en la mitad de su libro como un cartel: Se prohibe estar triste.


"5 metros de poemas" termina con un poema que me gusta mucho. Resume las dos carcaterísticas que reclamo en la buena poesía. Se titula BIOGRAFIA, tiene sólo dos versos: tengo 17 años/ y una mujer parecida a un canto. Así termina el libro de Carlos Oquendo de Amat, con esta magistral lección de síntesis y sugerencia en forma de homenaje a la mujer, como si ella fuera molde y substancia de la biografía del poeta.

Me quedo con la angustia de haber hecho un repaso sumamente superficial y rápido del vate puneño al que tengo un especial cariño. Espero escribir pronto con mayor profundidad de quien, citando nuevamente a Vargas Llosa, fue "un brujo de la palabra, un osado arquitecto de imágenes, un fulgurante explorador del sueño, un creador verbal y empecinado que tuvo la lucidez,la locura necesaria para asumir su vocación de escritor como hay que hacerlo: como diaria y furiosa inmolación".

Un abrazo

Angel Gavidia



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