Carmen Amaralis Vega Olivencia: POEMAS

04 abril 2013


Hilo finísimo de la melancolía

Estoy ante esa hora en que la mañana
acaricia el rostro de la tarde.
Se siente una paz extraña,
 tenue  paz infinita que cala hasta los huesos.

Beso los risos de este amor interior
sujeto a los hilos del tiempo.
Hilos finísimos colgados al recuerdo.
Tengo la paz de la sabiduría
que  prende de los dedos.
Dedos que acariciaron su cuerpo,
que en oropeles iluminaron
las noches con melodías de ensueños.
Allí, en un palacio de cristales verdes,
retumbando bóvedas de mieles,
eco sublime de ese ardor primero.

Estoy en ese trance que dejan los deseos,
deseos ardientes de su anhelado fervor ,
La paz se entremezcla con la melancolía,
cual  pálida tonada de un arpa abandonado,
sobre  el cristal quebrado por la desilusión.

Sombras luminosas me previenen,
me inclinan a mirar por el calidoscopio
con prismas que arrancan la última  esperanza
de aliviarme de  este fuerte  amor que aún  duele.

PROMESA EN LA DISTANCIA

Quieres que seduzca tus contornos,
verme aunque sea un instante,
hirviendo en luz,
diluida en tus ojos.

Y me retuerzo impotente
por tu piel soñada,
culebra rígida,
provocando  ardores de lunas y de hiel.

Cuerpo inerte y frío en la distancia,
Imán que hala  muy dentro, muy fuerte,
tortura injusta para el alma.

Más  te digo en sollozos,
prometo entregarme entera con el alba,
salvar distancias con mi brisa en besos,
pidiéndole a la lluvia que moje nuestros cuerpos,
e imaginando delirios entregarnos completos.

Tendrás tu recompensa,
en grata unión sagrada,
ya verás, lo prometo,
la espera será santa.

Oculto mi vergüenza

Oculto mi rostro,
No puedo mirarte.
Han sido tantas las veces  que te he defraudado,
que no he querido cumplir el mensaje del corazón.
Ese que brilla cada vez que me cruzo con la desidia,
con la miseria,
con el frío de la soledad ajena.
No puedo mirar tu espalda flagelada
y cargando sobre tu hombros las cruces nuestras,
las del indigente,
el ciego,
el leproso del alma y el cuerpo.
No puedo tocar las llagas de los clavos, no.
Imposible explicarte la resistencia mental a la fe.
Esa que cree sin tocar, sin verte resucitado.
Y mi llanto lleva un peso de dolor,
de arrepentimiento,
de culpa y amargura por no tener la fortaleza
de ayudarte a cargar las cruces que se cruzan
día a día en mis rutas.
Suplico tu indulgencia,
Prometo mejorar,
dejar de ser esa alma egoísta
que se complace en su ceguera,
y oculta su vergüenza.
No quiero ser  inútil ante tu dolor.



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