LA CASA BLANCA

13 febrero 2013

Cuento de Celia Ariza Mendoza.

Mientras camino por la acera observo con interés un lugar familiar y le digo a mi acompañante en tono bajísimo como revelándole un secreto, aquí viví de niña. Han corrido muchos años desde que me marché con mi familia y mis diez años infantiles. El barrio que dejé llena de tristeza, con la novedad del nuevo hogar y la llegada de muevas aventuras, pronto pasó a engrosar la lista de mis olvidos.


He recorrido incontables veces estas veredas sin que despertaran alguna emoción especial en mí, que no sea apenas un vago recuerdo que se moría con cada paso que me alejaba. Sin embargo, siento que ahora es diferente, hay una fuerza irresistible en mi interior que me impide avanzar y me obliga a detenerme. El lugar tiene aún la misma acera, el mismo cielo celeste y el mismo olor a mar, pero está totalmente diferente. Hay un sin número de casas apiñadas invadiendo aquella extensa pampa que recogía las cálidas risas de los niños y cuyo terral nos envolvía como caricias…

Pero, no son estas tiernas evocaciones las que me tienen paralizada en esta acera de pasaje Olaya, sino otras que fluyen a borbotones de mi interior, otras que estremecen mi alma y me hacen recordar a la mujer que habitó y murió en la casita blanca. Sin quererlo a ella se dirigen todos mis pensamientos.

Al fondo de la explanada, ahora detrás de esos techos incontables, se levantaba la casita blanca. Me parece ver sus paredes despintadas, su techo de esteras y su apariencia gris y sombría. De allí salía la señora Santa cada tarde, cuando corrían las horas de nuestros juegos. A veces veíamos la fuente redonda en sus manos cubierto con un mantelito verde, adivinando su contenido, deteníamos nuestros juegos para aspirar el agradable olor de los dulces. Si teníamos suerte, la fuente regresaba media vacía de la venta. Entonces éramos nosotros los comensales que recibíamos de gratis los postres, y los saboreábamos de prisa llenos de felicidad. La señora Santa se sentaba luego con nosotros en el pampón, como otro niño más en busca de compañía, entonces por unos momentos, con ella hablábamos y nos reíamos de cualquier cosa. Sin importarnos qué edad tenía, era para nosotros nuestra amiga de risas momentáneas, y nuestra adorada dadora de dulces.

Cómo adivinar entonces, que un mes después custodiaríamos como cachorros guardianes y salvajes, sus últimos día de morada en esta tierra.

Por qué nos referíamos al hogar de nuestra generosa amiga, como la casita blanca si estaba lejos de serlo. No cuando la luna lanzaba sus rayos blanquecinos, entonces sus muros oscurecidos por el tiempo recuperaban su color original y brillaban sorprendiendo a pequeños y grandes. La que no cambiaba era la puerta marrón, que de vieja por momentos cedía y se estrellaba con fuerza hasta cerrarse de nuevo.

Y hacía mucho viento en esos días, cuanto todo sonido de voz desapareció por completo de la casa, cuando quedó sólo el silencio, y cuando la furia de la puerta rota se hizo más violenta porque no había mano que la cerrara. Y había extrañeza en nosotros por la partida de la señora Santa. No había respuestas para nuestras preguntas, sólo evasivas y una realidad evidente, que se había marchado para siempre.

Nuestros juegos no se detuvieron por ello, pero ya nada parecía lo mismo, había una ausencia que nos lastimaba porque no lo comprendíamos. Pasó dos y tres semanas, y cada vez la esperábamos menos, nuestros juegos dejaron de detenerse muy seguido para verla regresar de nuevo. La casita blanca fue dejando de ser el hogar de la señora Santa para convertirse sólo en una casa abandonada que nos intimidaba de día y nos hacía correr de noche. El viento más furioso que nunca tronaba sobre la vieja puerta. A veces creíamos escuchar ligeros lamentos en la casa, pero intimidados por los adultos, no nos acercábamos para mirar adentro. Ojalá lo hubiéramos hecho, ojalá hubiéramos entrado.

Éramos niños, pero creo que mostramos más grandeza de corazón que los adultos, el día que por casualidad nos enteramos que nuestra amiga nunca iba a regresar porque jamás se había marchado. Asustados, nuestros ojos miraron con desconcierto la casita blanca. Nuestra amiga estaba dentro de aquel lugar que de pronto dejó de parecernos fantasmal. Ella contagiaba nos decían, pero acaso nos importaba saber de qué contagiaba. La señora Santa se encontraba en la casita de nuestros tontos miedos, no nos importaba escuchar entonces una y mil veces, que ella contagiaba.

Nos sentamos sobre unos adobes frente de su puerta, como cachorritos que cuidan la morada de su dueña, estuvimos allí muy quietos durante dos días, acariciando en secreto las golosinas que le habíamos comprado. En el primer descuido de los adultos, cansados de vigilarnos, entramos corriendo a la casita blanca. A ese lugar que los adultos temían entrar porque contagiaba, tuvieron que hacerlo para sacar a la fuerza a los diez chiquillos malcriados que se resistían a salir. Todos gritaban espantados, nosotros no dejábamos de llamar y mover a la señora Santa para despertarla. Ella recostada en su lecho, más niña que nunca, ya no pudo contestarnos.

Dos días después la vimos cuando salió dentro de un ataúd pintado de blanco. La seguimos para evitar que se nos escapara de nuevo. Esa misma angustia que sentí entonces, la siento ahora, que al fin puedo moverme y marcharme de esta acera.

Me voy con dolientes recuerdos, me acompaña la vergüenza de haberlos olvidado.



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