Lucy Martínez Zuzunaga: SENTIDOS EN LA POESÍA

23 agosto 2012

La percepción es la función psíquica que nos permite recibir, elaborar e interpretar la información proveniente del entorno, a través de los cinco sentidos (vista, oído, tacto, gusto, olfato) Los experimentos realizados con miles de personas permiten darnos una idea aproximada (estadísticas medias) del umbral de sensibilidad de cada uno de nuestros sentidos.


Esta función, si bien está ligada a cuestiones físicas, está también directamente vinculado a la psiquis de cada individuo, determinando que el resultado sea completamente diferente en otra persona. (Información Winipedia) La poesía siempre estuvo y está de moda. Es admirable que en una época que sabe ser al mismo tiempo práctica y disipada, y que podríamos creer bastante distanciada de las cosas especulativas, se dedique tanto interés no sólo a la poesía misma sino también a la teoría poética, entonces nuestros sentidos perciben aspectos de la realidad o de la ficción y cobra sustancial importancia en su creación misma.

La poesía es una forma de encontrarle sentido a las cosas; un espacio de libertad e identidad, con el que se accede al escribir, una manera de completarse como persona y de conocerse a sí mismo, donde los sentidos se involucran, es esa gran cantidad de sentimientos y emociones adheridos, instantes donde la inspiración emerge como un reducto controlado de la naturaleza y un lugar para estar en paz, Entonces, esa multiplicidad de cosas tiene cabida entre esos muros sentí-dos para la poesía.

En la poesía opino que hay muchas voces en conflicto, desencadenantes y adictivas y pienso que eso siempre será bueno, así como positiva será la alternancia conviviendo con esa multiplicidad de voces generando diálogos íntimos y enriquecedores en el acervo o la naturaleza de la poesía, generadora de luz en cualquier tema que nos ocupe como seres humanos, usamos el sentido figurado para dar fuerza, calor y vitalidad a lo que escribimos, así, las palabras transmiten sus significados, pero también poseen una dimensión física; son materia sonora y visual.”

Los poetas son fundadores del ser; son por lo mismo, los depositarios de los mitos fundacionales de un linaje, de una familia y más tarde de un pueblo, son los únicos capaces de revelarnos el origen y la esencia en cuya pérdida estaríamos arrojados a una existencia sin manifestaciones. La poesía es lo resaltante del ser y de la esencia de todas las cosas, un decir por el cual sale a lo abierto por primera vez todo aquello con lo cual luego tratamos en el lenguaje cotidiano. Por eso la poesía nunca toma el lenguaje como una materia prima pre existente, sino que es la poesía misma la que posibilita el lenguaje. La poesía es fundación del ser por la palabra. La poesía es el lenguaje prístino de un pueblo histórico. Un pueblo al que el poeta, como sobreviviente de un paraíso perdido, quisiera regresar, como testigo visionario -hoy forzosamente marginal- de esa edad dorada de lo humano. El mundo del verdadero arraigo.

Por lo tanto hoy voy a permitirme ser un poco abstracta; pero, de ese modo, me será posible ser breve. Propondré una determinada idea del poeta y de la poesía, con la firme intención de no decir nada que no sea pura constatación y que todo el mundo pueda observar en sí o por sí mismo o, al menos, hallar un razonamiento fácil.


El comienzo de esta ponencia de sentidos en la poesía consistirá necesariamente en la consideración de ese nombre, tal y como se emplea en el discurso inicial. Sabemos que esa palabra tiene dos sentidos, es decir, dos funciones bien distintas. Designa en primer lugar un cierto género de emociones, un estado emotivo particular, que puede ser provocado por objetos o circunstancias muy diferentes. Decimos de un paisaje que es poético, lo decimos de una circunstancia de la vida, hablamos del amor y a veces de una persona.

Pero existe una segunda acepción de ese término, un segundo sentido más estricto. Poesía, sentida en los sentidos que nos hace pensar en un arte, en una extraña industria cuyo objeto es reconstituir esa emoción que designa el primer sentido de la palabra. Restituir la emoción poética a voluntad, fuera de las condiciones naturales en las que se produce espontáneamente y mediante los artificios del lenguaje, tal es el propósito del poeta, y tal es la idea unida al nombre de poesía, tomada al instante de los sentidos, sentidos, lo que me lleva a pensar siempre en la emoción poética, del estado emocional y esencial.

Ustedes saben lo que la mayoría de los hombres sienten con mayor o menor fuerza y pureza ante un espectáculo natural que les impone. Las puestas de sol, los claros de luna, los bosques y el mar nos conmueven. Los grandes acontecimientos, los puntos críticos de la vida afectiva, los males del amor y la evocación de la muerte son otras tantas ocasiones o causas inmediatas de resonancias íntimas más o menos intensas y más o menos conscientes de la creatividad. Esa clase de emociones se distingue de todas las demás emociones humanas.

¿Cómo se distingue?, ¿Es importante oponer tan claramente como sea posible la emoción poética a la emoción ordinaria?. La separación es bastante delicada de realizar, pues nunca se ha cumplido en los hechos. Siempre encontraremos esa mezcla con la emoción poética esencial de ternura o tristeza, el furor, el temor o la esperanza; y los intereses y los efectos particulares del individuo no dejan de combinarse con esta sensación de universo, que es característica de la poesía.

He dicho: sensación de universo. He querido decir que el estado o emoción poética me parece que consiste en una percepción naciente, en una tendencia a percibir un mundo, o sistema completo de relaciones, en el cual los seres, las cosas, los acontecimientos y los actos, si bien se parecen, todos a todos, a aquellos que pueblan y componen el mundo sensible, el mundo inmediato del que son tomados, están, por otra parte, en una relación indefinible, pero maravillosamente justa, con los modos y las leyes de nuestra sensibilidad general. Entonces esos objetos y esos seres conocidos cambian en alguna medida de valor. Se llaman unos a otros, se asocian de muy distinta manera que en las condiciones ordinarias. Se encuentran -permítanme esta expresión musicalizada, convertidas en conmensurables, resonante el uno por el otro. Así definido, el universo poético presenta grandes analogías con el universo de los sueños, ya que a partir del romanticismo a estos tiempos modernos, se ha producido una confusión bastante explicable, ni el sueño ni la ensoñación son necesariamente poéticos, pero las figuras formadas al azar, solo por azar, son figuras armónicas, aparecen y se modifican únicamente por las variaciones de nuestra sensibilidad profunda, por esos sentidos que nos invade, que nos gana.

Es aproximadamente así, como el estado poético se instala, se desarrolla y se disgrega en nosotros. Lo que equivale a decir que es perfectamente irregular, inconstante, involuntario y frágil, y que lo perdemos lo mismo que lo obtenemos, por accidente. Hay períodos de nuestra vida en los que esta emoción y esas formaciones tan preciosas no se manifiestan, invernamos, el azar nos las da, el azar nos las retira.


Pero el hombre solamente es hombre por la voluntad que tiene de restablecer lo que le interesa. Así el hombre ha hecho por esta emoción superior lo que ha hecho o ha intentado hacer por todas las cosas perecederas o dignas de añoranza. Ha buscado, ha encontrado medios para fijar y resucitar a voluntad los estados más bellos y más puros de sí mismo, para reproducir, transmitir y guardar durante siglos las fórmulas de su entusiasmo, de su éxtasis, de su vibración personal; y, por una afortunada y admirable consecuencia, la invención de esos procedimientos de conservación le ha dado al mismo tiempo la idea y el poder de desarrollar y enriquecer artificialmente los fragmentos de vida poética de los que su naturaleza le otorga, el don de la palabra sentida.

El poeta aprende a extraer del transcurso del tiempo, a separar de las circunstancias esas formaciones, esas maravillosas percepciones fortuitas que se podrían perder sin retorno si la inspiración ingeniosa y sagaz no hubiera acudido a prestar el socorro de sus invenciones al yo puramente sensible, a sus sentidos para hacer nacer un poema. Todas las artes han sido creadas para perpetuar, cambiar, cada una según su esencia, un momento de efímera delicia en la certidumbre de una infinidad de instantes deliciosos. Una obra no es otra cosa que el instrumento de esta multiplicación o regeneración posible. Poesía, música, pintura, danza, canto, baile, etc. son los diversos modos correspondientes a la diversidad de los sentidos en el arte. Ahora bien, entre esos medios de producir o de reproducir un mundo poético, amplificado mediante el trabajo reflexivo, el más antiguo, quizás, o el más inmediato, y sin embargo el más complejo, es el lenguaje. Pero el lenguaje, debido a su naturaleza abstracta, es un instrumento, una herramienta, o mejor una colección de herramientas y de operaciones formadas por la práctica y sojuzgada a ella. Es por lo tanto un medio necesariamente burdo, que cada cual utiliza, acomoda a sus necesidades actuales, de acuerdo con las circunstancias, ajusta a su persona fisiológica y a su historia psicológica.

Pero no estoy aquí para hacer versos. Trato por el contrario de considerar los versos como imposibles de construir en la lucidez del poeta, no pretendo decir que se escribe en lo irracional o en un aura de cierta locura, creo en los esfuerzos de los poetas, concibiendo con esa temeridad, con sus fatigas, sus riesgos y sus virtudes, para luego maravillarse de su don creativo.

Ahora bien, esa atmósfera, ese hechizo poderoso y frágil, ese universo de los sentidos en que se sumerge al poeta por la naturaleza de su arte ha de crear y recrear a cada instante, para quiénes lo leen e interpretan.

¿En qué estado desfavorable o desordenado encuentra las cosas el poeta? Tiene ante sí ese lenguaje ordinario, ese conjunto de medios tan burdos que todo conocimiento que se precisa lo rechaza para crearse sus instrumentos de pensamiento; ha de tomar prestada esa colección de términos y reglas tradicionales e irracionales, modificadas por cualquiera, caprichosamente introducidas, caprichosamente interpretadas, caprichosamente codificadas. Nada menos adecuado a los propósitos del artista que ese desorden esencial del que debe extraer a cada instante los elementos del orden que desea producir. Para el poeta no ha habido físico que haya determinado las propiedades constantes de esos elementos de su arte, sus relaciones, sus condiciones de emisión idéntica. Ninguna certidumbre, de no ser

la de las fluctuaciones fonéticas y significativas del lenguaje. Ese lenguaje, además, no actúa como el sonido sobre un sentido único, sobre el oído, que es el sentido por excelencia de la espera y de la atención. Constituye, por el contrario, una mezcla de excitaciones sensoriales y físicas perfectamente incoherentes. Cada palabra es una reunión instantánea de efectos sin relación entre sí. Cada palabra reúne varios sonidos y varios sentidos. y se puede tornar grave para los poetas, cuando esos efectos musicales , esas imágenes que habían previsto puedan quedar corrompidos o desfigurados por el acto de sus lectores que con sus propios sentidos, y/o conclusiones les sugiere cada palabra, muchas veces los sentidos del poeta son bastante diferentes , infinitamente diferentes y es así como concluimos que la palabra es cosa compleja, es combinación de propiedades a un tiempo vinculadas en el hecho e independientes por su naturaleza y su función. Un discurso puede ser lógico y cargado de sentido, pero sin ritmo y sin compás alguno; puede ser agradable al oído y perfectamente absurdo o insignificante; puede ser claro y vano, vago y delicioso... Pero basta, para hacer imaginar su extraña multiplicidad, con nombrar todas las ciencias creadas para ocuparse de esta diversidad y explotar cada uno de sus elementos. Puede estudiarse un texto de muchas maneras independientes, pues es sucesivamente justiciable por la fonética, por la semántica, por la sintaxis, por la lógica y por la retórica, sin omitir la métrica, ni la etimología.

He ahí al poeta enfrentado con esa materia moviente y demasiado impura; obligado a especular por turno sobre el sonido y sobre el sentido, a satisfacer no sólo a la armonía, al período musical, sino también a condiciones intelectuales variadas: lógica, gramática, sujeto del poema, figuras y ornamentos de todos los órdenes, sin contar con las reglas convencionales.

Aquí comienzan las inciertas y minuciosas operaciones del arte literario. Pero este arte nos ofrece dos aspectos, hay dos grandes modos que, en su estado extremo, se oponen, pero que, sin embargo, se reúnen y encadenan por una multitud de grados intermedios.

Solamente por una burda confusión de los géneros y de los momentos se le pueden reprochar al poeta sus expresiones indirectas y sus formas complejas. No vemos que la poesía implica una decisión de cambiar la función del lenguaje, el poema no muere, está expresamente hecho para renacer de sus cenizas y volver a ser indefinidamente lo que se propone ser. El sentido que se propone dibujado desde una oscilación, una simetría, una igualdad de valor y de poderes entre la forma y el fondo, entre el sonido y el sentido, entre el poema y el estado de poesía.

Este intercambio armónico entre la impresión y la expresión es a mi modo de ver el principio esencial de la mecánica poética, es decir, de la producción del estado poético mediante la palabra. El poeta escribe desde la iluminación de sus sentidos plenos, entregados, en esas formas singulares del lenguaje, sin rebuscamientos, con libertad genuina que lo aleje del encasillamiento de modos y formas. La poesía así concebida y entendida es simplemente distinta a cualquier prosa, únicamente es, se mueve, actúa y padece con el espíritu.

Si la poesía actúa verdaderamente sobre alguien no es dividiéndolo en su naturaleza, comunicándole las ilusiones de una vida de ficción y puramente mental. No le impone una falsa realidad que exige la docilidad del alma y la abstención del cuerpo. La poesía debe extenderse a todo el ser; excita su organización muscular con los ritmos, libera o desencadena sus facultades verbales de las que exalta el juego total, le ordena en profundidad, pues trata de provocar o reproducir la unidad y la armonía de la persona viviente, unidad extraordinaria, que se manifiesta cuando el hombre es poseído por un sentimiento intenso que no deja de lado ninguna de sus potencias, el poema se despliega en un campo más rico de nuestras funciones de movimiento, exige de nosotros una participación que está más próxima a la acción completa.
Tras intentar definir el dominio de la poesía, debería ahora tratar de considerar la operación misma del poeta, los problemas de la factura y de la composición. Pero sería entrar en una vía muy espinosa. Encontramos tormentos infinitos, disputas que no pueden tener fin, adversidades, enigmas, preocupaciones e incluso desesperaciones que convierten el oficio del poeta en uno de los más inseguros y de los más cansados que existen. El propio Malherbe decía: que después de acabar un buen soneto el autor tiene derecho a tomarse diez años de descanso. En cuanto a mí, escribo y traduzco por sentido, totalmente sentido desde las raíces de la sensibilidad, versos que traducen la propia vida, la ajena o inventada, pero finalmente con esas grandes dosis casi desgastantes del flujo sanguíneo en la entrega.
Pero todos ustedes saben que hay un medio sumamente simple de hacer versos. Basta con estar inspirado y las cosas van por sí solas. Me gustaría que fuera así. La vida sería soportable. Aceptemos, no obstante, esta ingenua respuesta, pero examinemos las consecuencias en un medio donde ejerce la presión por un encasillamiento que pudiera cortarnos las alas de la inspiración.
Aquel que admite que una producción poética es un puro efecto del azar o bien que procede de una especie de comunicación sobrenatural; una y otra hipótesis reducen al poeta a un papel miserablemente pasivo. Hacen de él o una especie de urna en la que se agitan millones de bolas o una tabla parlante en la que se aloja un espíritu. Tabla o cubeta, en resumen, pero no un dios; lo contrario de un dios; lo contrario de un Yo.
Y el infortunado autor, que ya no es autor, sino signatario, y responsable como un gerente de periódico, se ve obligado a decirse:
«En tus obras, querido poeta, lo que es bueno no es tuyo, lo que es malo te pertenece sin ningún género de duda.»

Resulta extraño que más de un poeta se haya contentado -si es que no se ha enorgullecido- con no ser más que un instrumento, un momentáneo médium.

Ahora bien, la experiencia lo mismo que la reflexión nos demuestran, por el contrario, que los poemas cuya compleja perfección y afortunado desarrollo impondrían con mayor fuerza a sus maravillados lectores la idea de milagro, del golpe de suerte, de realización sobrehumana (debido a una conjunción extraordinaria de las virtudes que se pueden desear pero no esperar encontrar reunidas en una obra), son también obras maestras de trabajo, son, además, monumentos de inteligencia y de trabajo continuado, productos de la voluntad y del análisis, que exigen cualidades demasiado múltiples para poder reducirse a las de un aparato registrador de entusiasmos o de éxtasis. Ante un bello poema de alguna longitud percibimos que hay ínfimas posibilidades de que un hombre haya podido improvisar de una vez, sin otro cansancio que el de escribir o emitir lo que le viene a la mente, un discurso singularmente seguro de sí, provisto de continuos recursos, de una armonía constante y de ideas siempre acertadas, un discurso que no cesa de encantar, en el que no se encuentran accidentes, señales de debilidad y de impotencia, en el que faltan esos molestos incidentes que rompen el encantamiento y arruinan el verso poético del que mencionaba anteriormente.

No es que no haga falta en un inspirador algo más, alguna virtud que no se descompone, que no se analiza en actos definibles y en horas de trabajo. Hay una cualidad especial, una especie de energía individual propia del poeta. Aparece en él y se le revela a sí mismo en ciertos instantes de infinito valor. Pero no son más que instantes y esta energía superior no existe o no puede actuar más que mediante manifestaciones breves y/o fortuitas, (es decir, es tal que todas las otras energías del hombre no la pueden componer y reemplazar). Es preciso añadir –y esto es bastante importante-, que los tesoros que iluminan a los ojos de nuestra mente, las ideas o las formas que nos produce a nosotros mismos, están bien lejos de tener igual valor para las miradas extrañas.

Esos momentos de un valor infinito, esos instantes que dan una especie de resplandor de la exaltación, no todo lo que brilla, es oro, pero qué más desearía un poeta que la de construir una hermosa joya reluciendo ante los demás desde ese “yo” que aflora, desde esa identidad de sus más íntimos sentidos, caracterizada por la potencia expresiva espontánea, sensitiva, rítmica que desencadenará en esa esencia viva de la poesía

Pero es al lector a quien corresponde y a quien está destinada la inspiración, lo mismo que corresponde al poeta hacer pensar, hacer creer, hacer lo necesario para que solamente podamos atribuir a los dioses una obra demasiado perfecta o demasiado conmovedora para salir de las inseguras manos de un hombre. Precisamente el objeto mismo del arte y el principio de sus artificios es comunicar la impresión de un estado ideal en el que el hombre que lo lograra, sería capaz de producir espontáneamente, sin esfuerzo, sin debilidad, una expresión magnífica y maravillosamente ordenada de su naturaleza y de nuestros destinos y en mi modesta percepción y aportación, sigo y seguiré considerando que escribir poesía es totalmente desde los sentidos, sentidos.


MIS SENTIDOS

Vagan mis sentidos más allá de percepciones,
a veces en mi contra se arrastran y desgastan
burlonas se acicalan tras hirientes recuerdos
dibujando huellas en el suelo me atropellan
con silencio sigiloso deslizándose en mis dudas.

Mis sentidos vagan por el silencioso ritual de mis espacios confundidos, olfateando
el aroma de sensual aventura que me inspira
pulsaciones de sexo infinitsaboreando cántaros de fuegos sumergidos.

La percepción de mi ser moviliza el tiempo
con el placer de mis alborotados sentidos
sonidos del corazón mío de engañosa soledad,
trato de ver con mis ojos de agua y encontrarme
asomada al umbral de todos mis sentidos,
tan sentidos y plenamente consentidos.

Lucy Martínez Z.
Agosto, 2012

Escritora y Poeta Lucy Martínez Zuzunaga, dando lectura a su Ponencia " Sentidos en la Poesía" en el I Encuentro Internacional de Poetas y Escritores "Raúl Gálvez Cuéllar" en Huaura.

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