DOCTORADOS Y MAESTRÍAS EN EL PERÚ

20 agosto 2012

Por Jorge Rendón Vásquez


En marzo de 2011 fui llamado por el nuevo Director del Programa de Postgrado de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Marcos para reasumir el dictado del curso “Fundamentos Económicos y Sociales del Derecho” en el ciclo doctoral. Tres años antes, el Decano ingresante, un antiguo y crónico dirigente estudiantil, huérfano de todo mérito intelectual, nombró como director del Postgrado a un inepto profesor, quien, corroído por algún viejo y aberrante rencor, rehusó convocarme. Su inquina no se estrelló sólo conmigo. Afectó también a otros buenos profesores. El resultado fue que en los tres años de su desdichada gestión, el Postgrado se despobló de alumnos, decadencia de la que que el nuevo Decano trataba de arrancarla.

Se matricularon treinta y seis alumnos en mi curso, lo que sería un récord en universidades de América del Norte y Europa. Con mi inveterada acuciosidad, yo preparaba mis exposiciones, apoyándome en mi libro El derecho como norma y como relación social, que ya va por la quinta edición, añadiéndole nuevas evidencias y avances. Los alumnos tomaban notas y, al terminar la clase —de dos horas consecutivas los sábados— formulaban sus preguntas en el ambiente de cordialidad y confianza que yo auspiciaba. Su edad promedio, a ojo de buen cubero, andaba por los cuarenta años. Todos eran jueces, fiscales, funcionarios de la administración pública, profesores universitarios y abogados con muchos años de experiencia profesional.

Por instrucciones de la Administración del Programa, el examen debía ser único. Yo suelo exigir un examen escrito con cuatro preguntas, descomponibles en cinco conceptos, y una monografía de no menos de veinte páginas, cuyos temas distribuyo unas semanas después del comienzo del curso. La nota final es el promedio de ambas pruebas, la que, por la modalidad de la calificación, puede llegar a veinte puntos si el estudiante cubre con solvencia todo el curso, y su monografía es un comienzo promisorio de una buena investigación, o cero si nada responde o absuelve mal las preguntas y la monografía es detestable o se ha limitado a transcribir párrafos de diversos libros.

Cuando los alumnos se informaron de la modalidad del examen su entusiasmo decayó. Pero, ganados por el interés de las clases, lo olvidaron transitoriamente.

Las semanas y los meses pasaron y llegó la fecha oficial del examen, que debía ser a fines de julio, antes de las Fiestas Patrias. Convencí, sin embargo, a la Administración para que el examen fuera en la segunda semana de agosto, de manera que los alumnos dispusieran de más tiempo para estudiar y terminar la monografía.

El resultado del examen fue desastroso en términos estadísticos. De los treinta y cuatro alumnos que se presentaron, dieciocho fueron desaprobados. Como sucede en nuestro país en casos como éste cualquiera que sea el nivel de los estudiantes, se suscita una protesta que puede tornarse violenta, a diferencia del comportamiento de los estudiantes en los países de mayor desarrollo industrial y académico que acatan como una ley natural y sobrenatural las decisiones de los profesores y de la administración. Los desaprobados se congregaron en masa en la oficina del Director y le exigieron un nuevo examen, alegando que para eso pagaban. (Sus pensiones son relativamente altas. Con ellas se sufraga la modesta retribución de los profesores y los egresos por administración y el resto, que es una buena suma, va al pregrado.) El Director me llamó y muy delicadamente me pidió que tomara a los aplazados un nuevo examen, lo que no tuve inconveniente en admitir, puesto que soy de la opinión de que al profesor ha de interesarle finalmente que los alumnos estudien. El resultado del nuevo examen arrojó cuatro desaprobados. Y allí terminó este episodio educativo, que podría ser ejemplar como diagnóstico de la marcha de la formación doctoral en nuestro país.

Hace muchos años observo la evolución de este postgrado y de otros de varias universidades del Perú. Mis conclusiones son las siguientes:

1) La mayor parte de alumnos llega muy tarde a las maestrías y doctorados, cuando el intelecto se ha deshabituado a estudiar o a leer simplemente, en muchos casos irreversiblemente, y la capacidad para emprender la elaboración de la tesis carece de fuerza y ganas para arrancar. (Una tesis doctoral, y en menor grado una de maestría, requiere concentración, organización del plan, búsqueda y lectura de numerosos libros y documentos, fichaje, entrevistas, redacción de los borradores, corrección de éstos y otras actividades complementarias hasta la entrega de los ejemplares terminados.) Esa insuficiencia se agrava por la ocupación casi total de los maestrandos y doctorandos en el ejercicio de sus profesiones y empleos, que sólo les permite disponer de un breve tiempo marginal con energías residuales para estudios universitarios que, por su nivel y especialización, exigen dedicación a tiempo completo. A ello se añade la carga de las obligaciones familiares que absorbe otra cantidad de precioso tiempo.

2) La mayor parte de estudiantes de los postgrados busca sólo el certificado de estudios para elevar su puntaje en las calificaciones para el ingreso a un empleo o para promoverse en el que tienen. No se proponen redactar la tesis o, si la comienzan, la abandonan muy pronto.

3) La proporción de estudiantes de maestría y doctorado que culminan la tesis y la sostienen, objetivo de estos programas, llega a un 0.4% del total de alumnos ingresantes, según las universidades, pero no se eleva más del 1%.

4) Las bibliotecas de los programas de postgrado, cuando las tienen, adolecen de una carencia espantosa de libros de las especialidades impartidas y conexas. Muchas sólo disponen de dudosas compilaciones de normas nacionales y de los refritos de comentarios publicados al tun tun. Pareciera que los responsables de los postgrados se dijeran: ¿Para qué habrían de existir estas bibliotecas si no van a ser usadas en la elaboración de tesis y los alumnos se limitan a tratar de aprobar los exámenes sin acudir a ninguna bibliografía?

5) En algunas universidades públicas y privadas, se reciben maestros y doctores con tesis pedestres que serían inadmisibles en universidades de países más adelantados y que, incluso, en el Perú, equivalen por lo general a las desaparecidas tesis de bachillerato o menos. Esto explica la migración de algunos doctorandos y maestrandos a universidades en las que podrían recibirse con cualquier mamotreto.

6) Es altamente improbable que los graduandos de maestría y doctorado dominen una o dos lenguas extranjeras, respectivamente, como exige la Ley Universitaria. ¿Cómo han hecho, entonces, los maestros y doctores para obtener la acreditación de esos idiomas?

7) La exagerada autonomía universitaria permite a muchas universidades crear programas de maestría y doctorado, e incluso de licenciatura, plagados de las deficiencias indicadas, prevaliéndose de la inexistencia de control por parte del Estado y de las organizaciones sociales a los que interesa cuidar la calidad de la educación universitaria, puesto que, en definitiva, ésta tiene como razón de ser el interés del país.

En uno de mis viajes a Madrid, el Director del programa del doctorado de la Universidad Autónoma me presentó a los doctorandos que preparaban la tesis. Eran unos diez que llevaban de uno a cinco años trabajando a tiempo completo en las investigaciones, materia de sus tesis, en el mismo postgrado. Sus edades iban de unos veintitrés a veintiocho años. En la Universidad de París, que conozco bien, y en las demás universidades europeas y norteamericanas la situación de los graduandos es, en líneas generales, la misma. La seriedad de los estudios comprensivos y de la preparación de la tesis y la dureza de la prueba de sustentación están determinadas por una larga tradición y por la necesidad de los respectivos países de contar con un elenco de profesionales de un nivel compatible con su grado de desarrollo económico, social, jurídico y cultural, y sus expectativas de progreso. En todos ellos, el requisito sine qua non para postular a la docencia universitaria es ser titular de un doctorado.

En esos países, la educación universitaria es planeada y supervigilada por grandes organizaciones constituidas por las instancias públicas y privadas concernidas.

De allí que, sin ninguna duda, los doctores recibidos en las universidades europeas y norteamericanas y en las principales de Argentina, México y Brasil están en un nivel ostensiblemente superior al de los doctores de las universidades peruanas. Y es mayor la diferencia si aquéllos salen de universidades colocadas en un puesto más elevado del ranking internacional. Al retornar a sus países de origen, esos graduados son integrados, de inmediato, en empleos donde se requieren sus elevados conocimientos, ya que constituyen un valioso factor del desarrollo económico y cultural. En nuestro país, en cambio, los aparatos productivo, burocrático y universitario no suelen admitirlos. Prefieren a medianías provistos de alguna recomendación y, prioritariamente, si son blancos o blancones.

Mi preocupación por la formación universitaria comenzó muchas décadas antes. Obtuve un primer doctorado en Derecho en la Universidad de San Marcos, en 1966, con una buena tesis, a juicio de muchos miembros imparciales del jurado, compuesto por nueve profesores. Pero yo no me sentía satisfecho sólo con este doctorado, y, gracias a una beca del Gobierno Francés, en octubre de ese año comencé otro en la Facultad de Derecho de la Universidad de París I (Sorbona) donde me recibí de Docteur en Sciences Sociales du Travail, y luego de Docteur en Droit. Al retornar a San Marcos, donde enseñaba, trate de incorporar en mi Facultad los métodos y procedimientos de enseñanza y de investigación de las universidades europeas. No los resistieron y tuve problemas con algunos colegas y con ciertos grupos minoritarios de alumnos, autocalificados de izquierda, que hicieron de su oposición a mi labor su propósito de lucha central. Supe que defendían lo que denominaban “el facilismo”. La mayor parte de alumnos, sin embargo, comprendió mi actitud e intención, correlativas con su interés en formarse seriamente, y se atuvo a mi método. Muchos llegaron a ser excelentes abogados, funcionarios, jueces, fiscales y profesores de derecho.

Entre 1988 y 1994 fui Profesor en la Maestría y el Doctorado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Paris-Nord. Mis alumnos eran franceses la mayor parte, africanos y algunos latinoamericanos. En las evaluaciones, los primeros se situaban largamente sobre los segundos y los terceros. Con la ayuda de las autoridades de esa Universidad y del Gobierno Francés conseguí becas integrales, incluidos los pasajes y una computadora por cada uno, para que doce abogados peruanos jóvenes, recibidos ocho en la Universidad de San Marcos y cuatro en la Católica de Lima, fueran, en diferentes años, a estudiar allí el DEA, equivalente a la maestría peruana, que es el pre-requisito para redactar la tesis doctoral. Se les seleccionó en rigurosos concursos de conocimientos y de lengua francesa. Diez terminaron esos estudios, dos desertaron perdiéndose en Francia, y sólo dos de los diez primeros llegaron a recibirse de doctores tras ocho años haciendo la tesis. Ninguno de los que regresaron fue acogido con los brazos abiertos en las universidades de San Marcos y la Católica. Los profesores de éstas, temiendo su alto nivel de formación, se negaron a franquearles el ingreso a la docencia.

Como epílogo de este comento, ustedes se preguntarán ¿qué sucedió luego en el Postgrado en Derecho de San Marcos? Finalmente, triunfaron los alumnos, y sus Autoridades no volvieron a llamarme. Era obvio que esa regla general de nuestro país no podía dejar de cumplirse.

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