De un amor y una sonrisa” “La vida sigue igual”. Dos crónicas del escritor Cubano (Santiago de Cuba). Jesús García Clavijo

30 mayo 2012

“De un amor y una sonrisa”


No se si soy de otra ciudad siempre escribo de La Habana, las ciudades marcan y uno no se da cuenta y las bordea.
Santiago tiene otro tiempo. El tiempo siempre es un personaje como la lluvia, el amor, las dudas.
En La Habana estudié con Graciela - siempre se reía - un día me dijo eran los nervios y no por burlarse de mi.

Era muy joven como yo -los dos acabábamos de llegar de un viaje junto a otros muchachos- a estudiar a la capital y nos hicimos novios una noche cerca de un parque donde vivía. Graciela era un poema - además de gustarle la poesía- que según me dijo muchos años después -en Casa de las Américas- era por mí, antes no había reparado en los versos ni otras cosas.

Era muy inteligente y hoy ocupa un cargo muy importante en un centro de desarrollo investigativo del país, pero pongo su nombre porque me autorizó aun sin saber que diría de ella en este relato. Estaba segura que nada feo saldría de los recuerdos de esos tiempos.

En el año 2000 estaba presente cuando me entregaron un premio y me dijo -siempre riéndose- que ella lo sentía como propio. Así era, al menos -lo sentíamos los dos- a pesar del tiempo, sigue tan linda como cuando llegamos a La Habana. El tiempo no ha pasado por ella. Allí estaba su esposo y no sentí celos cuando me dio la mano y me dijo que ya me conocía. No quise saber los detalles. Quizás Graciela…

Graciela es un gran recuerdo.

Paso por el parque de 19 y me acuerdo de ella, de otras noches -otros tiempos y otra gente- pero es por ella que doblo esas esquinas y repaso el texto como un poema nuevo.

Graciela fue un poco más que mi novia sin darse cuenta y lo peor es que yo tampoco.

Ahora la pienso, como un ángel bueno.

Miraba sus dientes lindos, su sonrisa a medias y su ingenuidad a flor de piel.Es raro como se recuerdan las cosas por las partes -nunca se es un todo en la memoria- cuando tenía su edad no me detuve a pensar en los detalles ni en las partes que ahora retengo como mapa de su piel sobre la cama. Como su andar por la ciudad, de donde soy y de la que escribo menos que de La Habana.

Uno deja lugares y después necesita volver como si el pasado atara -como si fuese más importante- o necesario. Es mejor quedarse donde nace el amor, la paz, el sentimiento.

El amor es un axioma, debe dejarse libre, vivirse sin importar diferencias. Nunca se sabe el final de las cuentas; es una suerte. El momento de amar, otra cosa.

Es la ciudad que provoca, la poesía y los encuentros, las esquinas donde paso y doblo cada vez que la recuerdo -cada vez que repito lo que me dijo de espaldas en la cama- cuando mis manos hacían su figura y reparaban en sus contornos. Como si besara sus ojos mientras camino mi ciudad, y su frente siguiera desnuda, y su sonrisa a medias besando cada esquina y sus dientes lindos con su ingenuidad a cuestas retorciéndose entre mis piernas.

Amen siempre -y estén junto a su amor, con una sonrisa- uno olvida los contornos, sus lunares y sus formas, pero nunca olvida la ternura y la alegría que alguien nos dio algún día.

Yo, no las olvido. No es lo mismo.

Siempre -ante una mujer desnuda, más que sexo, apreciaba la obra poética de su cuerpo- en cada parte la mujer tiene motivos, y los hombres debieran verlos y escribirlos, pero más, sentirlos.

Cada acto de amor debe ser una poesía -lo es- pero algunos no se dan cuenta y las desperdician.

El poema es un recurso necesario.

No se, si soy de otra ciudad, siempre escribo de La Habana, las ciudades marcan y Santiago tiene otro tiempo. El tiempo siempre es un personaje como la lluvia -como ella y su inocencia- como ella y la ternura, como ella y yo, doblando las esquinas.

Abril 2010


“La vida sigue igual”

El 23 de enero de 1911 quedó abierto definitivamente el puente del parque Almendares, por la avenida 23 del Vedado – Periódico Juventud Rebelde, domingo 11 de abril del 2010, página 9 - antes de llegar a la punta del mismo, existió el BRAC, Buró de Represión Anticomunista, donde fueron torturados y asesinados muchos jóvenes revolucionarios antes de 1959.

Ahora, en ese lugar hay un parque y en el centro crece un flamboyán.

En un concurso 26 de julio -Manuel Cofiño López- fue premio con un libro que se llama Tiempo de cambio, casi me lo supe de memoria como todos sus cuentos y novelas. Uno de los cuentos del libro se llama Donde ahora crece un flamboyán y fue por donde supe la historia de ese parque.

Conocí a Manuel Cofiño López, perseguía la presentación de sus libros y tenía curiosidad por saber quien escribía tan lindo; gordito, no muy alto, medio calvo, joven, sonriente y buena gente. Cofiño era mi autor preferido de esos años en amores con Ramona.

Murió joven -no pudo defenderse de un artículo que apareció en una revista- donde aseguraban que plagió un cuento. Es una lástima que no hayan reeditado sus obras, son pura poesía. Todo muy sencillo como deben ser las cosas imprescindibles.

En ese mismo parque -debajo del mismo flamboyán- en el banco que da de espaldas a la calle 23, Ramona me dio el si. En esa época se usaba eso todavía. Hoy se acortan las gestiones y los trámites sexuales.

Ramona trabajaba cerca del parque, pero vivía en un reparto muy lejos. Realmente vivía más lejos, era de Guantánamo -la provincia más oriental de Cuba- pero ya estaba parando con una tía en la capital de todos los cubanos, de la cual no ha vuelto más.

En esos primeros años de revolución, se hizo un plan de hacer escuelas para mujeres campesinas en La Habana y prepararlas en diferentes esferas de la vida y para la vida. Toda la Quinta Avenida se llenó de campesinas muy jóvenes y lindas que usaban uniformes de acuerdo a lo que estudiaban y era hermoso recorrer sus calles en las tardes cuando salían de clases.

Entonces los nombres eran normales, Marta, Carmen, Rosa, no como ahora que son anormales, tanto que uno nunca llega a entenderlos ni a recordarlos, Yuniesqui, Yaumara, Yurisnelquis, en fin, eso no importa, pero si se que todos le decían Cebolla a Ramona y así también le decía yo, nunca le pregunté por qué ese sobrenombre. Pero Cebolla era una mujer muy hermosa y tenía medio batallón tras ella -Cebolla y yo nos hicimos novios- lo que me costaba ir a verla al reparto donde vivía -pero Cebolla, era Cebolla- y a esa edad uno no mira las distancias y yo era el hombre más feliz del mundo con mi Cebolla por La Rampa, paseando por malecón o metidos en un cine -luego, fuimos a otros lugares más adecuados para otros menesteres- pero los inicios fueron así.

Por ella tenía un fuerte rival, Pedro -compañero de la carrera- de muchas posibilidades económicas por su familia pequeño burguesa y además era de La Habana, aspectos que me ponían en franca desventaja -automóvil incluido- donde el padre lo recogía religiosamente a la salida de la escuela.

Finalmente Ramona se quedó conmigo y me creí el “duro” de la carrera y afianzó mi confianza en el amor, y en los poemas que dedicaba junto a mis tertulias literarias que creía le gustaban a mi compañera. No duró mucho.

Supe de Ramona casi siempre, por diferentes vías, pues manteníamos la misma especialidad laboral y eran frecuentes los encuentros hasta que perdimos el contacto y muchos años después volví a verla en su casa, por mediación de un amigo común - donde aclaramos cosas del pasado y recordamos esos tiempos de la escuela, del parque y los libros de Cofiño que dejaron gran influencia en mi.

Quedamos de vernos en la noche después que ella saliera del trabajo -me defraudo cuando encuentro a los amigos de entonces- además del último parte de los muertos, veo el tiempo que no siento pasar.

Uno regresa a una ciudad y se da cuenta que nunca se fue. Como muchas veces regresa a una mujer que no se ha ido todavía.

Cuando hablé por teléfono con ella fue distinto, su voz pareció juvenil como en aquellos días, alegre, cómplice y curiosa.

El tiempo; sus formas no serían las mismas, pensaba, ni sus senos aquellos que dibujaba imaginando. Tampoco debo ser lo mismo.

Me confundieron sus conceptos mucho tiempo -la vida para ella tenía tonalidades distintas y no me importaban mucho- con tal de sentir la confianza y la paz que ella me daba y sentía.

Los recuerdos son gigantes.

Su sonrisa de primer año o su cuerpo de tercero, o su despedida de graduados. Su cuerpo ¿Por qué uno siempre anda pensando en el cuerpo?

Recuerdo la tía infiel de Julio el gordo, se masturbaba con la punta de la mesa del comedor mientras yo no sabía qué hacer con aquello que se estrujaba más fuerte. Luego supe que esa era su forma de amor.

Cuando no se conoce, sorprende.

Los cuadrados me recuerdan a ella, que era la única amiga que no le gustaba a Ramona.

Realmente no ha cambiado tanto -la pensaba desgastada, pero es la misma- los mismos ojos y los mismos senos punzantes de las clases de inglés.

- Vivo sola -me dijo- no te extrañes, a veces las mujeres lindas, como decías, somos las más desgraciadas. No tuve suerte y ya vez, trabajo y más trabajo, y ese reloj, para decirme que 24 horas pueden ser muchas, o ninguna. Llamaste con el mismo tono jodedor de la universidad.

- Te equivocas, allí era el más serio, recuerda que nunca tuve suerte con las novias…

- ¿Y yo? Nunca supe qué fui para ti.

- No importa, vine a verte después de tantos años y no para reproches. Cuéntame de tu vida.

- Antes no te gustaban los "cuéntame tu vida", lo recuerdo bien.

- Mañana regreso a mi ciudad y La Habana se queda lo mismo que antes, casi vacía, casi fría, casi sola.

_Como yo. Conservo tus almanaques todavía. Miro tu letra y recuerdo la mano debajo de las mesas en la biblioteca. Pedro me jodió la vida además de joderte a ti.

Ramona me dejó una noche de sábado por Pedro, se casó con él y tuvieron una hija - se llama como ella- y vive con el padre en España. Pero no le guardo rencor, fue su elección aunque no le fuera bien. Nadie predice el futuro, ni que Pedro desertara en España ni que la hija luego prefiriera vivir fuera de su país. Toda su vida se le complicó en un silencio enorme y un aislamiento del mundo, hasta esa noche que la volví a ver y se desahogó en confesiones que reanudaron una amistad que no debió terminar nunca.

El mundo es pequeño cuando el amor descubre.

Ramona -la más linda del aula, la más inteligente de la clase, la muchacha de los senos dibujables, la penosa de las colas- que escondía la cara cuando pedían el último; la de los tres años de espera y dos extraordinarios en inglés; estaba como antes, rodeada de misterios, con las ideas en los jueves de pase -sus piernas abiertas, con la miel rodando entre sus muslos- mordisqueándose el dorso de una mano y la otra rozando lentamente, mi mente y sus rodillas.

Menos mal que el 23 de enero de 1911 quedó abierto definitivamente el puente del parque Almendares, por la avenida 23 del Vedado, porque si no, ¿dónde me hubiera sentado con Ramona a guardar tantos recuerdos? Mayo 2010

Jesús García Clavijo:


Santiago de Cuba. Ingeniero. Bioestadístico. Escritor, investigador y poeta.
Miembro de la Red Mundial de Escritores en Español

http://www.redescritoresespa.com/

Ha publicado en España, Guatemala, Argentina, Italia, Méjico y Uruguay. Premiado en concursos nacionales e internacionales. Sus poemas aparecen en antologías en Méjico, España e Italia, en los plegables A fin de cuentas, Nota de prensa, Abriendo puertas, Todos los poetas, Ayer entonces, Línea del tiempo, Nacida de la espuma, Esa mujer y Años. Sus relatos en los plegables Donde cuento y Cosas íntimas.

Publicó el poemario A fin de cuentas, Guatemala 2003. Sus poemas están publicados en las Antologías 1 y 2 Latinoamericana 2007 y 2008, además en las Antologías Mundiales de Poesía del año 2009 y del año 2010. Autor del libro Cuando los despertadores dejan de sonar (Guatemala - Méjico 2003 y Guatemala-Cuba 2009) y la Selección de Poesía Cuba – Guatemala Del Quetzal al Tocororo año 2009. Mención en la XIII Edición del Concurso Nacional de Poesía "Regino Pedroso" año 2009. Sus cuentos fueron seleccionados para la antología Latinoamericana de cuentos cortos 2011. Obtuvo el Accésit de los XVI Juegos Florales 2011, Premio "Marte" 2011 y Premio "Arte Soy" 2011.

Dirección: Trocha 537, e/ 12 de agosto y Reloj, Santiago de Cuba, Cuba

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