Jack flores y "Mufida, La angolesa"

24 octubre 2011

Relatos de un peruano en Escocia 
"Mufida, La angolesa", de Jorge Aliaga

Se suele decir, cuando uno publica un libro: ha nacido tu hijo, y eso es casi una verdad. Digo casi porque si bien el libro es creación de uno, tiene las características de uno,- del autor-, es también la vida en que se reflejan otros. Si no hubiera esa empatía o afición del lector, el libro carecería de ese valor literario añadido y caería en eso que, comúnmente, llamamos, literatura light o literatura intrascendente. Felizmente ese no es el caso de Mufida, la angolesa, un excelente libro de relatos escritos por un peruano residente en Escocia. ¿Su autor? Jorge Aliaga, de vuelta ahora en el Perú. 

 

El libro, para los que no han tenido la suerte de leerlo aún, está compuesto de siete relatos; todos muy bien estructurados, con un estilo impecable y, lo más notable, ambientados entre el extranjero y el suelo patrio -a caballo, como se suele decir-. Hay algo más que sorprende: la característica del habitante peruano: el amor y nostalgia por lo suyo. Pero la obra no se queda ahí -el reflejo del lector-, sino también hay lo otro –la personalidad del autor-; y ahí nos encontramos con una joya: el interés y preocupación social de él. Esta es la vértebra que une a casi todos los relatos. ¿Ejemplos?: KLM vuelo 236, Memorias de Festival, El retorno, La Rectora, etc. Confieso que pocas, muy pocas veces, he leído a un escritor residente en el extranjero tan arraigado a la justicia social, el bien común y el anhelo de un futuro mejor –el sueño americano del peruano-, sin caer en lo panfletario o muy poco convincente. Este libro es la excepción. Para muestra una perla –o dos-: el relato La Rectora -ambientado en un colegio de Lima-, nos narra lo sucedido a un alumno, Pimbolo, quien, por defender a un alumno de color, victima de la discriminación del profesor de aula, es suspendido; y su madre, al enterarse, acude a la cárcel donde está el padre como preso político por haber escrito un artículo denunciando la corrupción del gobierno. Este, al enterarse del hecho, da una respuesta sorprendente, tal como leemos al final del párrafo: 

“El Sexto estaba abarrotado de presos políticos. Don Rogger la vio entrar apresurada y apresurada Dora se aprestó a contarle lo sucedido con Pimbolo. Acentuó su discurso al decirle que Pimbolo se había insubordinado a la autoridad del maestro cuando salió en defensa de un niño mulato. A Don Rogger le amaneció una sonrisa que se vio reflejada en sus ojos.

-Dora, estamos ganando, estamos ganando Dora –repitió dos veces.” El relato termina ahí.

Pero no es el único cuento donde el autor se muestra de cuerpo entero. Está también KLM vuelo 236. El protagonista es un peruano esperando en el aeropuerto Jorge Chávez con sus peripecias por abandonar el país. Con él está su pareja, una mujer extranjera, Bzyana, y buscan ambos llegar a Londres. “Flavio lucía enfermo, esquelético. Bzyana era mas bien reflejo de salud. Flavio pensó que acaso en ella no influyó, como en él, el desgaste infligido por la pobreza, la represión y el hambre que azotaban al Perú de los años ochenta.” La historia continúa con el protagonista detenido en el aeropuerto de Bogotá donde el avión hacía escala, y donde sufre el abuso de los guardias que lo confunden con un traficante de drogas. “¡Arriba las manos, huevón!” “Levantó las sudorosas manos.” Y prosigue con el pensamiento del peruano, “la metodología de la policía de ese país era igual a la que operaba en su patria.” “Pensó que esas cosas solo le pasan a los latinoamericanos.” Y continúa con el temor de ser detenido en el aeropuerto de Londres, cosa que no ocurre gracias a su pareja. El final del relato es feliz, con un fondo de compasión, de tristeza, honda tristeza. “A través del cristal de la ventana de la sala, Flavio percibió diluirse la última luz del día. Se abrazó a Bzyana y cerró los ojos como queriendo abrazarse a la vida. A ella le ganó el sueño. Flavio se sumergió en sus senos y, como un niño, lloró….” 

El protagonista se había salvado y terminaba acogido por el amor…en el exilio.

Pero, ojo, no hay que creer que lo que el autor Jorge Aliaga nos narra ahí, son hechos que le han pasado. No. Una obra es una mezcla de realidad e imaginación, lo que termina por ser una ficción. Digámoslo a todo pulmón: es una mentira, pero una mentira que tiene mucho de verdad; una verdad apoyada, reforzada, acicateada, querida por el lector. ¿Quién no ha sido tentado a exiliarse, expatriarse, huyendo de una dictadura o buscando un futuro mejor? Muchos, cientos. Por eso afirmo que dentro de los pocos libros de escritores peruanos que nos cuentan este hecho, Mufida, la angolesa, acaso sea el único que hace palpable esta triste tradición –tradición peruana- y que, para nuestra suerte, un poco ha cambiado. 

El libro tiene otros valores, -estilo, frases, estructura, puntos de vista, etc.-, pero por razones de espacio –y contagio- yo me quedo con éste: el drama americano del peruano. 

Sin lugar a dudas, uno de los buenos libros, quizá de los últimos, escrito por un compatriota residente en el exterior y que nunca olvidó que detrás de él existe, existió y existirá toda una nación. Aplaudámoslo. 

Lima, 19 de octubre de 2011 

Jack flores vega

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