Rolando Vaccari Ortiz: TAUCA (Cuento)

03 junio 2011

En su semblante había algo que expresaba a la naturaleza, como si realmente formara parte de ese amanecer. La resaca dejaba ver estrellas marinas, erizos y algas.
—Ven —le propuse, tomando una de sus manos.

—Amor… —respondió apenas.

El corazón me da vueltas. De su piel brotan destellos iridiscentes. Sobre las peñas de Tauca pasan las gaviotas de largo. El mar guarda silencio unos instantes como para tomar fuerza y luego arremeter con más ganas.

Tauca es una playa solitaria. Ni los pobladores de Atalaya la frecuentan porque es algo dificultoso bajar por el acantilado. Apenas tres o cuatro pescadores aparecen hacia el amanecer para buscar marisquear. Pero hasta esos momentos no ha llegado nadie. Solamente nosotros.

—¿No quieres? —me dice con un susurro, recostada en la roca. Una de las tiras del vestido de algodón se le ha deslizado. Me hizo recordar algo casi enterrado en el olvido.

—Es peligroso, vámonos —retrocedí.

Debió sonar como una orden. La Doncella de Orleáns, tampoco tenía temor a nada. Igual la quemaron viva.

Había en su figura algo de brisa fresca. Su piel estaba seguramente impregnaba de sal. El mar muestra un movimiento calculado por el paso de los siglos.

De su piel brota vida. Mis ojos la recorren por entero una y otra vez. En la arena, a corta distancia, los carreteros alzan diminutas pinzas. Se quedan unos segundos con medio cuerpo metido a la entrada de sus madrigueras, observándonos, midiéndonos, desapareciendo.

— ¿Peligroso por qué? —se resistía a examinar la situación. Los ojos entreabiertos. Los dientes, impacientes.

—Porque pueden bajar con un cuchillo. Por eso.

-Hay, que me das rabia.

—En estos casos, es preferible la rabia. Mi deber es cuidarte, no exponerte.

Subimos en silencio. Sentí el impulso de decirle que la quería, pero algo me hacía callar como un tarugo. Al llegar al borde del acantilado, avanzó unos pasos y se detuvo de pronto para sacudir sus sandalias, apoyándose en mí.

—Listo ¿seguimos?

La abracé, pero ella se deshizo de mi abrazo con un ademán de reproche.

—Me has humillado, eso no se hace. Qué mala gente habías sido.

En esos instantes mi pensamiento estaba con los crustáceos que viven bajo la superficie arenosa, cerca del mar. Qué hacen, cómo se comunican, se reproducen, cuidan a sus crías. La biología de Claude Villé fue para mí como descubrir el mundo.

—Entiéndelo. Tenía que cuidarte. Debes estar agradecida.

— ¿Y tú quién eres para cuidarme? Yo sé cuidarme sola. No te necesito.

—En cambio yo…—respondí, pendiente de la distancia que nos separaba del camino de asfalto. De haber traído lápices y cartulina, estaría llevando importantes bocetos de los carreteros.

—En cambio tú, qué —atacó, agresiva.

—No, nada.

—Ay, qué tonto eres, miércoles. Me haces rabiar.

Siete y treinta de la mañana. Las sombras aún eran largas. Atalaya muestra sus primeras esteras a escasos metros. La inmensidad azul va quedando atrás hasta que termina por desaparecer.

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