JOSUE ENRIQUE BARRON ALOR

09 mayo 2011

Fórmula 1

Acabamos de enterrar a papá. Fue una ceremonia conmovedora. Bajo un frondoso cielo ceniza se confundía la sucia niebla ondulante, la tristeza, el bolero que tocaba la banda de música, y el olor sereno del ramo de rosas que llevaba mi madre.
El comité número cinco, donde trabajo mi padre, le rindió un conmovedor homenaje a los últimos choferes que tenía un alto nivel de miopía. Oblitas le decían, y no porque jugaba como el mítico jugador peruano; sino por la constate negligencia de pasarse la luz roja de los semáforos, de recibir papeletas por estacionarse en lugares donde no se debía, y porque cotidianamente recibía insultos de los transeúntes que encontraban su parachoque delante de sus narices. Mi padre siempre tenía una sonrisa careada para tales circunstancias.
Mi abuelo me repetía que mi padre acabó con toda la flota de autos que él contaba, En realidad fueron tres los que deshizo, y tres fueron los accidentes que por iluminaciones de nuestra señora –así decía mi abuela- se había salvado de milagro. Eran esos autos que parecían naves espaciales, que para voltear necesitaba todo el ancho de la calle. Todos eran Ford de los años setenta y tres, setenta y cinco, y setenta y siete. Uno era color rojo como un meteoro, el azul como el cielo de mi niñez y el último amarillo con rayas negras como el sol que me cegaba al atardecer. Mi abuelo todavía posee una foto de los tres autos estacionados a las afuera de su taller; junto a ellos está mi padre, mi tío Chano, mi tío Mañuco, y los mecánicos que trabajaban en esos tiempos
La afición que tenía mi padre por los autos, lo pernoté cuando solo tenía cinco años. Mi habitación era una galería de exhibición de automóviles en miniatura que salían al mercado. Todas las noches, al acostarme, mi padre se acercaba a mi cama para contarme, animosamente, los adelantos tecnológicos que habían ocurrido con los autos a comparación de los años anteriores. Los fines de semana, me levantaba temprano para mirar juntos la Fórmula Uno en el canal cinco, era lo único que compartíamos juntos. Con mis cinco años no comprendía nada. Yo solo veía como autos muy pequeños de diferentes colores daban vueltas y vueltas sobre una pista larga. El aburrimiento siempre provocaba que me quedase dormido en el sofá de la sala. Sólo despertaba para oír los comentarios finales de la carrera y así poder conversar con mi padre en la hora de almuerzo.
Mi padre nunca pudo inculcarme el amor por los autos así como él nunca pudo concretizar su sueño de correr la fórmula Uno. Sólo le quedó la dicha de manejar una combi vieja y destartalada que le alquilaba la vecina. Se levantaba muy temprano para enrumbar por las pistas resquebrajadas de la ciudad. Él nunca se quejó por las diez horas sentado en esa combi vieja. Ni porque no tenía dinero para la gasolina, ni por el carburador que se le malograba cotidianamente, ni por la reventada de llanta al mediodía, ni por el dineral que le había dado al policía de tránsito porque había descubierto que el brevete había caducado hace cinco años.
Yo me había hecho la idea que mi padre era invencible, que su hobby era destartalar combis, chocar tres autos en una sola vía, de reírse de sus accidentes en el hospital, de pedirme dinero porque no tenía para el combustible.
Coloqué esa tarde los dos carros en miniatura, que me los regaló cuando cumplí diez años, en su ataúd. Llevé mis manos al bolsillo y decidí que hoy compraría un Ford amarillo con rayas negras del año setenta y siete.

1 comentario:

Pablo Q Taes dijo...

Historia conmovedora que trae a mi memoria también a mi viejo. Una mezcla de realidad y futuro. Excelente amigo Josué.

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