FAREWELL: Carlos Toro Ponce, Vicuña, Chile (Investigador y Narrador)

06 marzo 2011

Cansado, como un viejo campesino cargado de años trabajando la tierra ajena, aquel tren elquino que al comenzar el día partía lozano y alegre como un chiquillo hacia el principal puerto de la provincia, y que por años para generaciones enteras de paisanos fue el único medio de transporte en el ir y venir de la costa hacia los serranos pueblos del valle, aquel día, definitivamente el último de su larga vida de trabajo, regresaba triste y cansado con su tos desgarrada por casi un siglo de duro trajinar, carraspeando dolorosa y asmáticamente, como si ya lo supiera que a su vuelta al día siguiente a El Empalme, allá en el lejano centro coquimbano, aquella larga y hermosa serpiente de acero en un futuro no muy lejano, sería vendida simplemente, inservible tal vez, como chatarra y fierro viejo.

Tal vez su cabeza motor, la locomotora, pensando eso llegó a la vieja estación de Rivadavia, como todas los anocheceres de su larga existencia, pues su hermano, el proletario tren de carga, aquel que por décadas había transportado hacia la costa los productos que entregaba la generosa tierra elquina, ya había sucumbido a las nuevas prioridades exigidas e impulsadas por los magos de la cierne economía de mercado, aquellos que en verdad detrás del trono detentaban el poder...

Ahí en aquella vieja estación de Rivadavia, el Jefe de Estación, con su descolorido y viejo uniforme, esperaba parado, tieso como un durmiente de la línea férrea, al borde del andén, para saludar fraternalmente al inspector, al maquinista y al personal de todo el tren en este su último viaje.

Mientras a esa misma hora, los vecinos, sobre todo la gente vieja de Rivadavia y de los fundos comarcanos, se situaba frente a la estación para ver llegar, por última vez, a su querido tren elquino. Aquellas personas que por años habían formado animados grupos de convivencia para despedir, principalmente los domingos cuando los escasos estudiantes con sus ropas lavadas y almidonadas partían, los muchachos, unos al Liceo de Hombres, otros al Instituto Comercial de Coquimbo y a las pocas mozuelas que se le permitía estudiar lejos de la querencia paternal partían al Liceo de Niñas No. 1, a la Escuela Normal o a la Escuela Técnica Femenina de La Serena, esa noche, a todos ellos, se les veía tristes, apenados, amargados.


Al día siguiente, cuando el ruido y la silueta del tren se perdía en el primer recodo que hacía la línea férrea no muy lejos de la estación, triste y cabizbajo en la lejanía para ya no regresar jamás, dejando atrás a su viejo amigo el "terral", a los cerros que pegaditos a su vía compartieron por décadas su compañía, y a tantos huertos verdes y olorosos que vieron su transitar cansino desde la misma desembocadura del flacuchento río Elqui hasta su mismo nacimiento cerquita de Rivadavia. El tren partió para siempre y quizás con su tristeza escondida en un rincón olvidado de su alma de acero.

A más de uno de los comarcanos que vieron su partida se les vio que por sus mejillas ajadas por el viento cordillerano, se les escurrían algunas salobres y amargas lágrimas y que en un sollozo contenido, triste y silencioso, le brindaban así por siempre su despedida. Luego, la gente empezó a regresar a sus querencias hogareñas, ya que sabían que nunca mas volverían a ver a su viejo y querido amigo de acero. Pero para muchos, a pesar de su partida final, el tren seguiría anclado para siempre en la profunda soledad del corazón de los elquinos.

3 comentarios:

courier dijo...

muy buen articulo

hosting dijo...

sigue psoteando asi

diseño de paginas web dijo...

hola, he estado revisantu pagina y es muy interesante, no la descuides, saludos

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