José Pablo Quevedo: Para relativizar el espacio que no se desea ver

24 febrero 2011

Lo que no se ve detrás de una playa,
en un balneario lejos del mundanal ruido
-sea ese espacio llamado Hurghada o Safaga,
no deja mayor imaginación a cualquier turista europeo.

El solamente necesita la arena y el sol alto,
la crema para encebollarse la piel,
tener la revista con las coronados por cualquier gala mundial,
la finanza de Wall-Stree a su favor,
el buffet esplendoroso sobre la mesa mas larga,
el buen vino y el caviar apetecido de Rusia,
Y sobre las aguas del río Nilo,
que el sol caiga como un globo rojo sobre el mundo.
La nave con velas engalanadas va hacia las nereidas
y las Galateas que musitan la música de los cielos.

Expandir la mirada sobre el horizonte perfecto de la vanidad
es la divisa para relativizar el espacio que no se desea ver.
Nada debe de ser imperfecto en el dios de la imaginación
para extasiar el tiempo detenido y acaso romántico.

Pero en cualquier orilla del Nilo el tiempo estalla en iras.
La Plaza Tahrir en el Cairo hace temblar al mundo.
En Alejandría, Port Saud y Suez, levantan los hombres
sus puños como una ola.
En cualquier calle que une al puente de Kasr-al-Nil
hay bloques compactos de estudiantes.
Acaso el tiempo mide la tempestad que se avecina
contra políticos traidores y generales del lupanar
hechos en las probetas euroamericanas.

Aquí las palabras deconstruyen otros tiempos,
se quiere al tiempo con otra faz, el tiempo del pan
y de la seguridad y del derecho de vivir en paz.
Solamente que a nuestro turista, ni la radio, ni el botones
le hacen acuerdo de tan cercanos acontecimientos.


OH FARAÓN

Oh Ra! Oh Faraón imperecedero!
antes que tú, el sol que pasó también por los desiertos,
y el Nilo en su eterno andar hacia mil orillas,
acaso, el tiempo no vino descansando o corriendo en sus imágenes,
y pasó por miles de hombres y miles de puentes,
y la esfinge fue fructificada para su diario levantarse
y decirnos que la eternidad descansa en la piedra.

Oh Ra! Oh Faraón imperecedero!,
cuántas veces no oraste para decir, que eras como nosotros,
para compartir el mismo pan y la misma leche,
no prometiste sernos fiel y no cambiarte por moneda alguna,
ni dejarte corromper por el poder extranjero,
y acaso, no llevaste sobre tus hombres el único estandarte
blanco y negro y verde de tu pueblo.

Oh Ra! Oh Faraón imperecedero!
Tirano implacable de la muerte!,
no aprendiste a ser bondadoso sino la corrupta alga.
Tus ojos de metal son rayos que ahora arremeten con furia
contra tus propios siervos,
contra mercaderes, labriegos y estudiantes.

Oh Ra! Oh Faraón imperecedero!
Servidor espúreo y mordedura siniestra
en la cárcel de la muerte,
que mutilas las ideas y entregas a tu pueblo a la condena,
que le entregas solamente muletas para sus caminatas,
que le das ojos y quijadas postizas después de mil palizas.
Los labios que haz hecho reventar con golpes de tortura,
cuántas veces no te maldijeron y te escupieron en sus lamentos.

Oh Ra! Oh Faraón imperecedero!
La lava a los cielos caerá hacia tu reino,
se extenderá como hongo pirotécnico y te causará la muerte.
Nada quedará de tu canalla investidura, ni de tus medallas,
ni de las glorias que en miles de artificios construiste.
Todo será lamido por el polvo del tiempo
ante la luna que hace de tu ser un hueso blanco
para quemar esa costra espúrea del pasado.

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