Nicolás Hidrogo Navarro : A esa hora del día

15 febrero 2010

Nicolás Hidrogo Navarro (1968-?), es un narrador lambayecano, licenciado en Lengua y Literatura por la Universidad Nacional “Pedro Ruiz Gallo”-Lambayeque.
Este libro de cuentos recoge sus reminiscencias y obsesiones de colegial. Creaciones, en algunos casos ganadores en Lundero y publicados en los Suplementos Dominicales del Diario La Industria de Chiclayo. Desde su perspectiva ya madura, recoge el argot juvenil y adopta el entramaje de sus experiencias para levantar una visión provinciana de anhelos y decepciones. El pretexto de las historias triviales contrasta con el lenguaje trabajado, a veces a nivel de prosa poética. Su descriptivismo supera quizá al monologuismo, desde donde levanta el crisol de unos cuentos cargados más de vida y experiencias que de experimentación literaria.
Nicolás Hidrogo es fundador y coordinador del Conglomerado Cultural que desde hace siete años se ha convertido en el ariete de la promoción e integración literaria en esta parte del norte del Perú.

A: Maritza, Jomara, Childre y Nadesha
Mis impulsos y latidos.

PRESENTACIÓN

Parte de mis recuerdos desparramados de colegio constituyen el principal filón de mis historias, trucadas a veces por mis obsesiones y reminiscencias estudiantiles, allí donde todo era leal y bueno. Creo que la Universidad hizo aflorar mi perversidad de escribir, me quitó mi inocencia provinciana, restó mi fe y estigmatizó ese concepto cándido de “amistad pura” que tenía sobre los demás.. Creo que no hay mejor cantera que la universidad para explorar el maquiavelismo de sus docentes y alumnos. Es una jungla donde sobrevive o sale a flote el más pendejo o el que mejor actorea de cojudo, el que sabe calcular el poder, el que sabe sintonizar la emisora de turno, para hacerse el loco entre los locos. Tus palabras no corresponden a los gestos ni la semántica corresponde a la praxis.

Es la escuela la más grande fábrica de ilusiones y el espacio más propicio para llenar de fantasías las tardes. Allí petrificas para siempre el fósil de tu imaginación. Allí se puede ser sin que nadie te lo prohíba, allí se forma sólidamente la ilusión, que la universidad se encarga de volatilizar. En la escuela una mentira del profesor es catastrófica; en el colegio, es fatal; en la universidad, es algo normal. La escuela me humanizó, el colegio consolidó mi temple y me hizo quien soy; la universidad me atiborró de conocimientos confusos y teoréticos –que a la distancia escucho como un recuerdo borroso de campanas desecualizadas y desorquestadas- y me enseñó a ser mañoso, frío, displicente, irascible, contestatario, irreverente y compulsivamente patológico en mirar a los ojos de los demás tratando de hallar su frecuencia y su esperpentez.

El colegio es un espacio donde se sueña, se alucina el futuro, y para mí fue un enamoramiento de los libros y de una que otra mujer. Allí tu palabra titubea, allí ya no miras a la cara y de frente, allí tu palabra ya huele a malicia, ya atas cabos y te explicas la vida, empiezas a matar la fantasía y mandarla al cadalso cuando llegas a la universidad.

Mi primera gran biblioteca fueron las revistas de comics de alquiler de la peluquería de mi padre. Allí aprendí a leer las viñetas aún antes que en la escuela, luego transfugé a las novelitas de cow-voy de Marcial La Fuente Estefanía y finalmente di un gran salto cualitativo cogiendo de casualidad Hamlet y La casa verde, (esas obras me las sé de memoria, el segundo sobretodo autografiada por Mario Vargas Llosa dos veces inusualmente casi 26 años de haberme ofuscado con el entramado de las Madres de la Misión, Fushía, el Sargento Lituma y la Chunga; esas obras me atraparon en sus vorágines estigmatizadora para siempre) allí empezó mi fascinación por la literatura, palabra casi mágica y demiúrgica y que la he hecho tan mía que es casi mi amuleto y mis campanadas en las frustraciones. Un cuento que efectué en 5to. grado de primaria con el encuentro imaginario e imposible entre Tarzán y Turok –héroes de los comics de la época- , celebrado y comentado –entre mis compañeros y el mismo profesor- por lo imaginativo me pigmaleonó y casi abruptamente me convertí en un lectorcillo maniático de todo lo que encontraba a la vista; papeles, revistas, libros, recetas, santorales, afiches, carteles, volantes, oficios, es decir, casi todo, cartas, memoriales, recetas de médicos, etc. sin que ello signifique necesariamente literatura.

He comprobado que el querer ser sabiendo vale poco cuando no se actúa según conveniencias. He conocido a toda la fabulería hipócrita y cínica en la universidad y me ha explosionado en la cara la esperanza humanizante, he visto la risa rabelesiana con su máscara insuflexa, tiznada de la peruanísima huachafería de la viveza y el arribismo con cara decente y de docente y una mueca plúmbea, mediocre.

Por eso simpaticé con la irreverencia de Rimbaud y Baudelaire con sus coterráneos y hasta el “Círculo Ubicuos Malditos” (1991-2004) que fundáramos Luis Ernesto Facundo Neyra, Luis Yomona y yo, fue una trinchera contestataria con actos antes que con poses teoricistas o principistas. Fuimos lo que quisimos ser, nos burlamos de quien queríamos y como queríamos y escribimos automáticamente como quisimos en grandes duelos nocturnos y sibilinos hasta la pesadilla.

Me gusta el impulso del improntus, de la adrenalina surgida de la nada porque me despierta de mi aletargamiento y -a cualquiera que lo podría atolondrar- me vitaminiza a convertirme en un arrojadizo. Ese elan vital permite mantener un equilibrio entre la apática quietud y la fulgurante agresividad exógena.

Quizá una aventura extraescolar como fue la quemazón del Puesto Policial de la ex Guardia Civil en Bagua Grande en la década del 70, quedó en mí recesivo hasta que lo expulsé en 1992, cuando obtuve una Mención Honrosa en Lundero y que forma hoy parte de este trabajo. “A esa hora del día”, fue mi obsesión contenida durante quince años hirviendo en mi cabeza. Mi rabia afloraba ya desde niño, recuerdo cómo los carbones de las vendedoras nocturnas de pescado frito se convirtieron en el principal combustible para que el puesto se hiciera chicharrón. Es de notar que la policía siempre tenía fama de represiva y abusiva, pero aquí estos ribetes sobresalieron del cuadro y la policía de tener por función seguridad ciudadana pasó a ser sinónimo de inseguridad, arbitrariedad y abuso compulsivo.

La muerte de un soldado fue el pretexto y todo el pueblo fue a una como en Fuenteovejuna. Esa noche la luz de la hoguera brilló con una intensidad sádica y refractó en los rostros sudorosos de los baguagrandinos –por cierto la dureza del temerario acero con que se confeccionada los famosos Smith Wesson quedó convertido en un pasta de alfeñique- y vimos, a los otrora envalentonados policías, huyendo por los techos a gatas. Se había consumado un ajusticiamiento popular que quedó como ejemplo y a los pocos meses fueron quemados una veintena de puestos policiales a lo largo de toda la selva hasta el Iquitos de Reátegui que aparece en La casa verde.

La lluvia es una de las experiencias más gratificantes de la zona. Uno escucha el rum-rum de la lluvia y le apetece un sueño magníficamente amodorrante hasta el punto de producirle un insomnio placentero. Me he quedado muchas veces semidespierto con la lluvia a todo volumen, aunque al día siguiente no se podía caminar. Aquí se da la gran dualidad calor- lluvia. La ceja de selva tiene ese matiz de estar al mediodía maldiciendo el calor infernal y estar carajeando a la mañana siguiente la lluvia caprichosa y las pelotas de barro que arrastramos al caminar en medio del fango, chapoteando y viendo una plúmbea alfombra inusual por encima de nuestras cabezas.

Si hay algún acto más sublime, es hacer de la vida y la literatura una sola, zurcidamente invisible, que no se note lo uno ni lo otro; que no sea ni artificialmente literario, ni simplistamente un querer reflejar la vida de uno, que por supuesto no le interese a nadie. Con la literatura no tienes que esperar favores de nadie, la puedes construir y ganarte a los demás; con la literatura no tengo que andar de rodillas, con la literatura siempre ando armado: con la palabra franca, demoledora y obnubilante de la creación verbal

Literariamente,
Nicolás Hidrogo Navarro
LLUEVE

Una película compacta de polvo viscoso recorre agresivamente las calles –de sur a norte y desde aquí y de todas partes- agitando el silencio y las cortinas, las puertas de calamina y centrifugando el aire somnoliento de las casas. Por los costados se abalanza una chúcara ráfaga de tierra volatizada, impetuosa, sobre la tarde hasta hacerla naufragar. Se escucha el golpeteo chillón de las calaminas sin clavos ya y las vigas escurren su sonido de rendición. Los portazos a la distancia
Impulsan a la gente a embutirse más en sus casas. Un mediano remolino se ha metido a bailar una cumbia solitaria con no sé qué melodías en media sala y sale coqueta a hacer lo mismo en el corral, esfumándose raudamente avergonzada. Allí va el mismísimo diablo, sentado y empanzado de la risa. Al fondo, el fogón se ha avivado y una ola de ceniza se dispersa bullente intoxicando el corral. Hay una alarma invisible, sintonizada y denunciada por un cacareo concertado intercorrales. Es la enunciación de la lluvia inminente que quiere jaquear a la tarde, remeciendo su quietud, pero aquí no pasa nada. Eso es algo normal aquí; aquí mañana todo volverá a ser igual.
Dicen que la balsa de Cajaruro se mandó río abajo con la vehemencia de un otorongo desenjaulado, con veintisiete vadeantes. Al otro lado del Utcubamba hay gente tiritando, el agua está desafiante, arremolinada y se siente su embestida contra las chacras amarillentas de arroz y dispuesto a tragarse al más práctico de los prácticos. A lo lejos, se han escapado de la iglesia las tres campanadas roncas de la tarde y el sonido se escucha muerto en el parque, tragado por el viento y absorbido por el rumor disperso de las hojas. El viento Silva, restregando los techos de las casas, como si quisiera pegarle un tajo decapitador. Huele a pescado frito con yucas sancochadas y hay un reguero de olor a pan de manteca sobre el pueblo, escapado del horno de don Berna.
Se escucha un cascabeleo achacoso de la superestructura del techo del mercado a siete cuadras de aquí. De las calles, en la mañana polvorientas, han desparecido los mercachifles y todo cuanto rastro de fruteras pululaba por doquier. La avenida Chachapoyas tiene cuatro kilómetros de remolinos esparcidos y alocados que aparecen y desaparecen y una andanada de papeles y cachivaches -flotando en el aire-, crea el efecto vértigo de una licuadora a plena velocidad. Las revistas de comics de la peluquería “Okey” yacen suspendidas en el espacio a dos kilómetros a la redonda sin tener cuándo aterrizar. Los carros a Naranjitos y El Salado han perdido todos sus pasajeros y parece que no arrancarán hasta mañana, que todo pase.
Sobre el horizonte etéreo, un peñasco de nubes plateadas y negruzcas, flasheadas eléctricamente por una ramificación venosas de rayos y reventazón de truenos racimados, amenaza desprenderse de cuajo esa tarde con la fuerza de un río embrutecido. Seguro que esa tarde, como todos los días, el cielo le pega un baldazo de agua a toda aquello que se apoye sobre tierra.
El soplido quejumbroso de una solitaria corneta de panadero recorre fantasmalmente las calles desiertas y convulsas, se escucha difuminada y arrastrada por el viento, entreverada con el ruido de la tarde; su puntual y tenaz pregón del pan de manteca y cachitos y roscas, disminuye el miedo a la lluvia y abre un apetito locuaz.
Son las cinco y cuarentaiseis en punto, como todas las tardes, y el cielo se despacha una andanada sincronizada y nutrida de racimos de agua que termina por cerrar el telón oscuro de la tarde y abrir los latigazos de la lluvia sobre las cabezas y el rostro. Suena el traqueteo de las calaminas y se inicia el más grande espectáculo de acordes de miles de manitas que tocan presurosas y nerviosas el zinc de las calaminas como un gigantesco piano que silencia y apaga toda comunicación terrenal. Allí solitos, temerosos, insignificantes y contritos en un rincón de la tarde, esperamos el descargue de la furia inmensa y total. Una nube de vapor se levanta por encima de nuestras cabezas en un primer instante, inundando la atmósfera de un ligero frío inusual, que perfora nuestros huesos hasta hacerlos tiritar. Luego, la lluvia empieza a rampar y carcomer las paredes más altas de adobe y caña, a lamer la mirada triste de las aves en el corral y a peinar los árboles más mugrientos y oxidados. Ahora se puede pensar ancha y tendidamente. Hay una mirada de silencio entre las cosas y una dosis de nostalgia que ofusca la razón, se siente afuera la omnipotencia de la naturaleza demostrando su fuerza arrolladora, el espejo borroso me devuelve mi imagen frígida, gusánica, pírrica y vencida por el empuje de la resignación. Hay tiempo para regresar al pasado y quedarse evadido unas horas allí, pero la lluvia no permite ir al futuro, te aprisiona en la congoja, te mantiene actual –incapaz, inepto, inútil, vasallo-, te hace prisionero de su soledad y te arrincona su guadaña como asalto final a tu esperanza.
Se empieza formar riachuelos sobre riachuelos y lluvia sobre la lluvia, que van delineando un cauce frenético, improvisado y caprichoso, por intermedio de las casas hasta perforar sus cimientos y desatorar su estructura. La iglesia está hecha una mazamorra. La plaza parece una laguna de patos. El puesto de la Guardia Civil se ha convertido en una isla, que atrae como imán toda el agua del cielo. El colegio “Alonso de Alvarado” ha sido arrastrado unos metros con todo y carpetas.. Pronto las sánoras rebasan su capacidad y hacen flotar hasta lo inflotable, arrastran palos, basura, perros muertos, monte, escarban lo putrefacto de lo putrefacto, cordeles de ropa y parece llevarse medio pueblo, pero no, eso es normal aquí.
El fragor de la lluvia arrecia cataclísmicamente en la distancia y aquí a unos centímetros de mis narices; Bagua Grande se ha vuelto una tinaja de agua, la tierra está ensopada hasta el pescuezo, las paredes de adobe parecen galletas remojadas a punto de deshacerse, los árboles temblequean desasidos de sus raíces y se bambolean inconscientemente, los nidos de las tórtolas han sido absorbidos por los ríos de lluvia, Utcubamba abajo. Las calaminas han sido martilladas y aplastadas por los trozos de lluvia hasta perder la forma de sus canaletas y ahora una carpa gris oculta el cielo y todos nos sentimos ahogados con el sopor del agua insípida, penetrando hasta en nuestros pensamientos.
La noche llegó apagada, silenciosa, cabizbaja y en cámara lenta, prendiendo un concierto fúnebre de grillos, luciérnagas, chicharras y sapos que a la distancia daban señales de vida entre los charcos y los matorrales de cushina. Se habían formado charcas que reflejaban como fosforescentes a cada pestañeo de la luna entre las nubes de reserva, allí más arriba de nuestras cabezas.
La mañana apareció consolada y escrupulosamente límpida de sus abluciones, pareciera que la vida ha vuelto a ser y ha resucitado más diáfana y rejuvenecida. La lluvia fungió de una gran escoba estelar que filtró del aire toda impureza e imperfección, dejándola desmaquillada, al natural. La gente camina como los saltamontes, dando brinquitos entre elusión y elusión de las charcas, los carros avanzan dificultosamente, zig-zagueando y, aprisionados por el barro, patinan desesperadamente despidiendo un mordisqueante olor a llanta quemada. El sol ha salido con la fuerza bravía de un horno abrasador, como para las diez ya todo debe estar seco, como todos los días, a las once los carros ya soplan polvo con sus llantas y sus tubos de escape. Pero, ¡uy, ya se acerca la tarde y el viento empieza de nuevo a hacer sus piruetas matutinas! Una estructura polimorfa, compacta de nubes, empieza a delinearse en el firmamento y, caminando raudamente como sapos en huida, traen el rostro abetunado y esbozando una sucia carcajada.

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