EL GORDO CAMIÓN

15 febrero 2010

Nicolás Hidrogo Navarro:
Habíamos retornado por el mismo caminito de siempre, ahora lleno de cadillos, rastrojos y una fauna microscópica y mimetizada de rastreros se escondía en el ingente tapiz verdóreo. En tres meses había crecido la hierba elefantiásicamente. No se podía ver por encima de mis hombros, unas lagartijas doradas cruzaron raudamente por encima ¡ay, carajo!, están bravas, tienen hambre masculló, saltando, entre las ramas, Eloy, oye Antonio Montalvo y si nos perdemos, ¡uy mamacita me están persiguiendo!, no seas gafo, allí se ve la bandera, guíate hacia allá huevón. Habían llegado pocos compañeros: Vica tenía el pelo trinchudo, a Amílcar lo habían pelado y a Eulogio, su tío, lo había trasquilado con una tijera de sastre. El profesor César nos esperaba en la puerta, circunspecto, dejando escapar su saliva como cerbatana, entre sus dientes. Era el primer día de clases y estábamos feliz por el reencuentro, luciendo uniforme nuevo, bacán, echa, los bautizos, ya pues no seas vivo a ti si te gusta bautizar, déjame que te bautice las Dunlop, conversábamos mientras el Nuevo escuchaba contrito, tímido, a un lado, se llamaba Chacho y venía de Ñuñajalca, vendía plátanos en el mercado los domingos. Faltaba Misho Flaco, lo habían jalado, ¿¡anda!?, qué te dije, estaba avergonzado y escondido en la fila del otro lado, no le hablen para que crea que no nos hemos dado cuenta, piña lo han sacado al frente a dirigir el Himno Nacional. Nos miraba lloroso, te dijimos Misho, estudia, estudia y tú primero está el juego, qué diantre me aprobarán, ya ves qué te dijimos. Ya no jugaría boliches, ni trompo ni matagente con nosotros, ya no iríamos a los mangos ni a las guabas, ya no más piratas escondiendo el tesoro detrás del árbol grande de la escuela. Se acabó para él los columpios y el subibaja, se iría a ellos pero ya no sería lo mismo. No se despidió nunca, pero se fue para siempre de nosotros y nosotros para él. Pasábamos a quinto grado y todos teníamos once años, a excepción del Camión que tenía como quince, era el más grandote de la fila y pegaba a todos, tosía como una bestia y nos quitaba los panes a la hora de recreo. Nos echaba tierra y se ventoseaba como dragón, hacía competencia de pura brutalidades y él siempre salía ganando. Imitaba una risa draculesca y era tosco para hablar escupiendo. Pero todos nos habíamos aliado para darle una golpiza a la hora de salida una vez y desde allí lo hemos convertido en el más zonzo de los zonzos. Lo mandábamos a comprar y hasta se ponía de mesa cuando queríamos jugar. Hasta terminar la primaria lo tumbamos, como cuatrocientas veces con la técnica del torito y siempre lo mandábamos al suelo con todo su mondongo y su jeta de llanta. Era como su papá: rechoncho, ojón y cara de zapallo, tenía unos dientes chuecos, unos pelos gruesos y renegridos, una voz de tuba y era de Catacaos. Lloraba hasta regar la canchita con sus mocos. Lo volvimos muy maricón para pelear. Era un papanatas, un cero a la izquierda, al inicio. Pero se volvió buena gente, nunca se quejó, aguantó estoicamente y llegó a ser uno de los mejores de la promoción. Veintinueve años después llegó a ser el más valeroso de los tenientes del ejército peruano, se convirtió en todo un héroe al defender el Falso Paquisha, al otro lado de las montañas que siempre mirábamos por las tardes, hoy todos nos sentimos orgullosos de él. Nos tocaba lavar carpetas y nos fuimos en filita hacia el río más caudaloso del mundo para nosotros entonces, el más bravío, el más atronador, el quiebracerros y el arrastragente. ¿Qué acaso no habíamos visto cómo las culebras se iban paradas sacando sus cabecitas cuando se desbordó por en medio de las casas? Nos asustaba. Todas las mañanas radio “Marañón” de Jaén daba noticias sobre desaparecidos y flotantes en el río Marañón, uf casi llegando al Amazonas y luego al Atlántico, imagínense. Allí se moriría el Lolo ocho años después, se quiso reír del río nadando contracorriente y el Utcubamba se lo tragó de un mordisco para escarmiento de todos y lo botó 20 horas río abajo. Lo hacíamos todos los años al iniciar las clases y casi sigo pujando en la cuestita, sube que sube y el Vica empujando y todos cayéndonos encima de las mesas, quebrándolas, quebrándonos, despintándolas, despellejándonos, ¡oye pelos de erizo, no seas así, y todos corriendo para hacerle un callejón oscuro, hasta dejarlo rojo como rocoto, le hicimos brechas y él seguía, una semana después del desbarrancamiento, quejándose que lo habíamos molido y que se desquitaría, que ya veríamos. Habíamos rascado casi toda la madera hasta quitarle la pintura verde y la corriente se estaba llevando las mesas alocadamente. Ese día nos dieron un escarmiento de chapas, y, para rematar todo, la lluvia nos atrapó toda la tarde y la noche. Fue la primera vez que la lluvia nos encarceló aún niños y soportamos los latigazos del agua chispeándonos la cara pelada por la ventana. Dormimos sobre las mesas que no nos logró tragar el río. El profesor Cueva estaba más preocupado por nosotros que por las carpetas y a la mañana siguiente se formó una batahola en la puerta de la escuela con nuestros padres chapoteando en medio del fango y abriéndose paso entre la cortina espesa de la lluvia que se volvía más inmensa sin la salida del sol. El Negro Jetón lloró toda la noche, el Camión tiritaba en un rincón, Vica dormía con los ojos abiertos, Kong y yo empezamos a contar ovejitas en forma intermitente hasta quedarnos dormidos en medio de una azotaina de la lluvia que amenazaba llegar hasta nuestros zapatos, Antonio fue más vivo se metió en el cajón de la vitrina donde se guardaban los fólder y cuadernos. La noche trafagó entre nosotros y allí me sentí por primera vez más minúsculo, casi una cucaracha atrapada en su covacha. No se pudo soñar con otra cosa que con la lluvia estrangulándonos, nos despertaríamos cuando el agua quiera tapar nuestras narices, porque sino, estaríamos fritos. Ella entró con su cerquillo y nos emocionó a todos, se llamaba Imelda y su nombre se me quedó grabado para siempre. Me aluciné con ella, todos se alucinaron, éramos impúberes pero qué bueno sería tener un hijo con ella. No sudaba, eso emociona a todos, se ve un rostro serio y nos mandaba a todos. Era blanquita y tenía unos labios carnosos, coloraditos. Ella no se casaría nunca, le había prometido a sus padres, les había firmado un papel a los seis años con su letra zurda y su firma de espuelazo. Ella vive entre nosotros porque no sabríamos decir dónde desapareció terminando la secundaria. Todos nos quedamos enamorados de ella y ella nunca lo supo ni se interesó de ello, qué manera de vivir y de chotear a todos. Se mandó –finalmente los supimos- con Camión, sí con Camión y están viviendo en medio de la selva, comiendo paiches, ronsocos y guacamayos.

1 comentario:

Maria Fischinger dijo...

Julio
Tu blog es un tesoro de talento

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